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Destino Brasil

Ouro Preto: Un viaje a la fiebre del oro

Ouro Preto, en el estado de Minas Gerais, es una de las ciudades más importantes de la historia del Brasil, puesto que allí se encontró mucho oro durante la colonia, posee varios monumentos de gran relevancia y fue declarada Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1981.

Texto y fotos: Carlos E. Gómez

Las habladurías y crónicas del oro encontrado por los españoles en el alto Perú y México desvelaron el sueño y despertaron la codicia de los portugueses, que buscaban riquezas en Brasil durante el siglo XVII. Fue así como, organizados en compañías de aventureros, distinguidos por banderas y estandartes, se adentraron a pie y a caballo para conquistar el Brasil profundo con la ilusión de hallar El Dorado. Así surgió la legendaria y rica Ouro Preto, ubicada a escasos noventa kilómetros de Belo Horizonte, capital del Estado de Minas Gerais y considerada la cuarta ciudad más grande y poblada de Brasil.

Al mirar por la ventana del coche durante el recorrido, de un poco más de una hora, a Ouro Preto por un paisaje tranquilo y diverso, me imagino a los bandeirantes atravesando bosques, selvas y montañas con la esperanza de que la fortuna brillara. Un letrero de “bienvenidos a Ouro Preto” me saca de mis cavilaciones, me apeo y tengo la sensación de haber realizado un viaje a través del tiempo o estar en el escenario de una película de época. Casas, caserones, iglesias y calles adoquinadas bien conservadas mantienen viva la riqueza histórica y arquitectónica de la ciudad del oro.

Para disfrutar este precioso pueblo colonial a mil metros de altura, perfectamente atesorado en medio de colinas y rodeado por un parque natural, hay que recorrerlo caminando. Son las nueve de la mañana, el sol ilumina con un sorprendente dorado que invita a inmortalizar el momento. Tengo lista mi cámara y ando mansamente por sus laderas tapizadas de adoquines centenarios, no buscando oro sino las mejores imágenes para el recuerdo.

En la Plaza Tridentes, punto emblemático de la ciudad llamado así en memoria de uno de los hijos de Ouro Preto y mártir de la independencia brasilera, se encuentra el bellísimo edificio del Ayuntamiento. A su lado se encuentran el Palacio Imperial y la Iglesia del Carmen. Aquí Ramón, el guía, hombre culto y alegre, cuenta que el primer nombre de la ciudad fue Villa Rica, luego Villa Rica do Albuquerque y así unos cuantos más hasta llegar a su actual nombre, cuyo origen radica en la leyenda de que por estos lares había una montaña que brillaba con la luz del sol. Este rumor despertó el espíritu aventurero de los portugueses, como el de Fernão Dias Paes, un pionero bandeirante que juntaba piedras preciosas en sus excursiones y que al regresar a São Paulo las enseñaba al gobernador. Un día el gobernador tomó una de las piedras, la miró detenidamente, la mordió y la quebró. Adentro había una pepita de oro recubierta de óxido de hierro, que es negro; fue así como surgió el nombre de Ouro Preto.

Mi guía también narra otra historia de la región: la del mulato Nunes, a quien se le cayó una gema al río y al buscarla se dio cuenta de que algunas piedras oscuras tenían un extraño brillo. Estas pequeñas rocas llegaron a manos de Artur de Sá Meneses, gobernador de Río de Janeiro, quien constató que se trataba de oro cubierto con una increíble capa de óxido de hierro. Lo cierto es que a finales del siglo XVII llegó una expedición al lugar de los hallazgos y se realizó la primera misa en una improvisada capilla. En 1711 ya existían varios improvisados campamentos y casas, a las que se les dio el nombre de Villa Rica. El poblado creció rápidamente con la fiebre del oro y llegó a tener una población de 110.000 habitantes en el siglo XVIII, cuando Río apenas contaba con 20.000 almas.

En 1823, con la llegada de la familia real portuguesa a Brasil, fue elevada al rango de ciudad con la designación de Ouro Preto, capital de la provincia en 1889 y capital del estado de Minas Gerais en 1897. Cuando el oro se agotó, bajo el nuevo régimen, los mineros construyeron la ciudad de Belo Horizonte como nueva sede del gobierno del estado. Así Ouro Preto, con menos población, fue conservada como ciudad monumento en 1933, declarada Patrimonio Histórico Nacional en 1938 y el primer centro histórico brasileño en recibir la denominación de Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1981.

Frente a la Iglesia de San Francisco de Asís, Ramón nos dice que Ouro Preto se distingue de las restantes ciudades mineras por su fina y rica arquitectura vernácula, parecida a las poblaciones portuguesas del Miño y Alto Duero. Es una obra de arte del periodo barroco brasileño, que llegó a su máxima expresión con las geniales obras del pintor de la región Manuel da Costa Ataíde y del escultor Antonio Francisco Lisboa, más conocido como “el Aleijadinho”, cariñoso diminutivo para nombrar a personas discapacitadas como él, que esculpía magistralmente con el cincel atado a sus muñecas, ya que sufría una enfermedad degenerativa.

En el siglo XVIII, cuando las órdenes religiosas multiplicaron las construcciones de la ciudad, se estableció una verdadera competencia por hacer de su iglesia la mejor, la más bonita, la más rica. Por ello, en su interior se esconde el oro: son maravillosos tesoros en altares que brillan como el sol. Con originalidad, supieron sustituir el mármol europeo por materia prima local como la piedra jabón para labrar. Por detrás de fachadas sencillas levantaron columnas retorcidas y esculpieron santos, ángeles, seres mitológicos y escenas bíblicas. Hoy Ouro Preto es uno de los conjuntos más homogéneos y completos de arte barroco del mundo. Iglesias, casonas y palacios son testimonios de las construcciones realizadas durante el llamado Ciclo del Oro.

A continuación, algunos de los lugares que no debe dejar de visitar.

Iglesia de San Francisco de Asís

Es uno de los templos más espléndidos. Su construcción comenzó en 1766 y se considera la primera obra de Aleijadinho, responsable del trazo general, la portada, el púlpito del altar mayor y los altares laterales.

Iglesia Basílica de Nuestra Señora del Pilar

Levantada en 1733, se le atribuye al arquitecto Pedro Gomes Chaves. Las tallas de la capilla mayor, de Francisco Xavier de Brito, incluyen más de cuatrocientos ángeles esculpidos y recubiertos de oro. Su ornamentación requirió un poco más de cuatrocientos kilos de oro y cuatrocientos de plata, según afirma Ramón. En la actualidad el templo alberga el Museo de Arte Sacro, lo que hace aún más interesante su visita.

Iglesia de Nuestra Señora del Carmen

Construida en 1776 por Manuel Francisco Lisboa, fue modificada luego por su hijo Antonio, el Aleijadinho. Se destacan sus torres en forma de campanas rematadas por una pequeña pirámide en forma de obelisco, los altares laterales y el labrado de piedra jabón. Al lado de la iglesia se encuentra la casa del noviciado, donde el artista vivió sus últimos años. Desde 1998 funciona aquí el Museo del Oratorio, con una colección de más de 160 oratorios y trescientas imágenes religiosas de los siglos XVII al XX.

Iglesia de San Francisco de Paula

Es una de las más recientes y menos adornadas. Construida entre 1804 y 1898, se alza solitaria como un faro en uno de los puntos más altos de la ciudad y cerca de la carretera.

Feria tradicional

Ladera abajo de la plaza de San Francisco se encuentra el Centro Artesanal Piedra Jabón, otro de los atractivos de la ciudad. Gerardo Fideles, artesano que atiende su puesto desde hace más de treinta años, me cuenta que los visitantes buscan en la feria recuerdos fáciles de transportar, como tableros de juegos, esculturas, relojes, collares, pulseras, piedras con labrados y acabados típicos de la decoración de Ouro Preto.

Casa Dos Cantos

Edificación de gran valor arquitectónico, fue mandada a construir por João Rodrigues de Macedo, cobrador de impuestos de la Capitanía de Minas, quien estableció allí su vivienda. Actualmente es sede del Centro de Estudios del Ciclo del Oro, el Museo de la Moneda y de Hacienda. La Casa de los Cuentos, como se le llama, posee una galería de exposiciones temporales que cambia cada mes.

Teatro Municipal

Es una joya de la arquitectura colonial minera de Brasil que evidencia la importancia que tuvo el arte en el Ciclo del Oro, con una vida cultural muy activa. Considerado el más antiguo teatro en funcionamiento de Brasil y de América, fue construido en 1769 y se estrenó el 6 de junio de 1770. Las instalaciones son administradas por el ayuntamiento y su nombre original es Casa de la ópera de Villa Rica.

Museo de la Inconfidencia

De regreso a la plaza principal admiro uno de los testigos más importantes de la arquitectura colonial del barroco tardío en Brasil, levantado en 1780. El proyecto original cumplió con las necesidades requeridas del momento: oficinas administrativas, habitaciones de arsenal, capilla, campanario, dormitorio, celdas de prisión, enfermería y carnicería. Las huellas del neoclasicismo se reflejan en el frontón y la columnata fachada. La edificación sirvió como ayuntamiento y prisión, y desde 1944 es sede del Museo de la Inconfidencia, donde se albergan los restos mortales, objetos e historias de varios de los primeros conspiradores del sueño independentista, como los del alférez y dentista Joaquim José da Silva Xavier (Tridentes) que desde esta plaza organizó, junto a otros poetas, curas y políticos contagiados por la independencia de las colonias británicas en Norteamérica, un movimiento para establecer un gobierno independiente de Portugal. Decisión que pagaron con sus vidas.

Es hora de probar la cocina local, otro descubrimiento. Probamos la feijoada: plato típico nacional, cuyo origen se remonta a la época de la esclavitud. Es un guiso de frijoles con trozos de cerdo (que en la época eran desechados por los dueños de las plantaciones); el plato fue ganando sabor y hoy es una delicia muy apetecida. Otro plato para probar es el frango com quiabo mineiro, un ensopado a base de pollo y quiabo sazonado con ajo, cebolla y pimienta. Así me puedo quedar yo aquí probando por días estas exquisiteces. Mientras tomo una bebida para cerrar, llega la hora mágica del atardecer que tiñe de dorado los tejados, adoquines y laderas de esta ciudad señorial.

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