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Vistas de Panama

La Calzada de Amador

Tres islas alineadas perfectamente en la salida del Canal de Panamá al océano Pacífico fueron el soporte perfecto para construir un rompeolas como parte de las grandes obras de ingeniería que conforman el Canal. El rompeolas, a su vez, soportó un camino de seis kilómetros que, al pasar de los años, fue evolucionando acorde con los acontecimientos nacionales. Hoy Naos, Perico y Flamenco son algunos de los principales atractivos turísticos de la ciudad.

Texto y fotos Javier Pinzón

Las grandes ciudades del mundo ofrecen vistas que las definen. Imágenes que  permiten evocarlas de inmediato. Panorámicas que en nuestros recuerdos son sinónimos de la urbe incluso antes de llegar a ellas. El Puente de Brooklyn enmarcando los grandes rascacielos de Nueva York; la Casa Rosada, en Buenos Aires, presidiendo la Avenida de Mayo en su carrera hacia el Congreso, el Cristo Corcovado extendiendo sus brazos hacia el mar en Río de Janeiro…

En Panamá, la imagen característica la conforman las aguas del Canal rindiéndose al océano Pacífico bajo el Puente de las Américas y, sin duda, el mejor escenario para observarlas lo constituye el Causeway o Calzada de Amador.

Hace ya más de un siglo, durante la construcción del Canal de Panamá —ruta que uniría los océanos y separaría los continentes—, el ejército estadounidense a cargo de la obra tomó la decisión de unir mediante un pequeño camino tres islas naturales que providencialmente estaban alineadas en la entrada del canal: Naos, Perico y Flamenco. El fin era crear un rompeolas que apaciguara las aguas cuando los barcos entraban al Canal y evitar la sedimentación.

Dicho camino se convirtió en una calle de seis kilómetros de largo. Para hacer la obra, que tardó unos cinco años, se recicló todo el material que era extraído de la tierra a medida que avanzaba la construcción del Canal de Panamá: más de 955.000 metros cúbicos de roca sólida. Tan pronto el Canal empezó a funcionar, en 1914, también lo hizo esta estrecha ruta marina. Sin embargo, al pasar de los años, la calle tuvo diferentes usos y fue evolucionando acorde con los acontecimientos nacionales y de la Zona del Canal.

Durante las dos guerras mundiales, el ejército estadounidense, que gobernaba en lo que se llamó la Zona del Canal —1.432 kilómetros cuadrados de tierra allende la ruta interoceánica—, construyó un grupo de fortificaciones en estas islas con el fin de proteger la entrada del Canal. Bajo la selva tropical que cubre las islas yacían búnkeres ocultos y almacenamientos de armas. Años más tarde, tras la firma de los tratados Torrijos-Carter en 1978, empezó lentamente la devolución de estas tierras al Estado panameño y el dictador Manuel Antonio Noriega estableció una base militar muy cerca a la estadounidense, que todavía estaba en funcionamiento.

Tras las épocas militares, que terminaron con la caída de Noriega en 1989 y la devolución del Canal de Panamá en 1999, el Causeway pasó por una etapa de abandono. Los árboles crecieron despelucados, los mangos inundaron las calles, las antiguas casas fueron habitadas por ñeques, venados y hormigas. Los remanentes de selva conquistaron las edificaciones. Pero fue un morir para volver a nacer, esta vez al son de la paz, el progreso y la armonía. Poco a poco, a comienzos de siglo, los panameños se fueron apropiando del área y entonces empezó a ser el lugar para compartir en familia los domingos y ver el atardecer con “raspa’o” en mano.

El sitio dominguero, renombrado como la Calzada de Amador, se fue haciendo popular: hoteles, marinas, restaurantes y alquileres de bicicletas encontraron allí un lugar para florecer. El destino de los búnkeres de guerra se reescribió, pues se convirtieron en restaurantes, tiendas y hasta lugares educativos. Rápidamente la Calzada de Amador tuvo tantos visitantes, que los carros se desplazaban con lentitud para disfrutar del paisaje urbano rodeado de mar, hasta que su pequeña calle colapsó.

Después de un siglo, tanto el Canal de Panamá como su rompeolas se quedaron chicos. En tiempos de buques más grandes y de muchos visitantes en Amador, Panamá entera tomó la decisión de agrandar tanto el Canal como su rompeolas. Este año la Calzada abrió sus puertas con cuatro carriles, estacionamientos, miradores, áreas recreativas y, sobre todo, un espacio urbano agradable para sentir la brisa marina, compartir en familia y disfrutar de las mejores vistas de la ciudad, su horizonte y los colores del atardecer.

La mejor forma de disfrutar este lugar es alquilando una bicicleta, ya sea personal o familiar. No dude en parar por un helado en Isla Perico, una pizza a la leña o alguna delicia gastronómica en los restaurantes de Isla Flamenco. Además de recorrer los seis kilómetros que unen las islas, por esta zona donde las aguas se unen y los continentes se dividen, programe la visita a dos lugares que le ayudarán a apreciar la vía que recorre: el Museo de la Biodiversidad y el Centro de Exhibiciones Marinas del Instituto Smithsonian.

Biomuseo

El Biomuseo, ubicado en la entrada de la Calzada y del Canal de Panamá, honra la singular ubicación geográfica de Panamá, lugar en donde los continentes se unieron y los mares se separaron hace unos 3,5 millones de años. Este museo, diseñado por el famoso arquitecto Frank Gehry, llama a Panamá el Puente de vida y cuenta la historia de los animales terrestres que cruzaron de Norte a Suramérica y viceversa a causa del cierre del istmo panameño, así como las consecuencias que este cierre tuvo en el clima y en la biodiversidad a escala mundial.

Centro de Exhibiciones Marinas de Punta Culebra

Es el centro de visitantes del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales. Aquí, chicos y adultos pueden ver y sentir con sus manos las diferencias entre las dos costas panameñas: el océano Pacífico, con animales grandes y aguas llenas de nutrientes, y el mar Caribe, lleno de arrecifes de coral, peces de colores y aguas cristalinas. Además, en este pequeño lugar hay una muestra de las playas arenosas y del litoral rocoso del Pacífico y del bosque que solía cubrir todas estas islas.