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Cultura

Suspiros de selva en la ciudad

La potente presencia en este espacio de Olinda Silvano y sus compañeras Silvia Ricopa y Wilma Mayas, del colectivo Madres Artesanas, hace parte de un diálogo horizontal entre los saberes ancestrales y el mundo de hoy.

Por: Sol Astrid Giraldo

 

Pequeña. Ágil. Concentrada. Apenas un suspiro (que es lo que significa Reshijabe, su nombre en el lenguaje de los shipibo-konibos, tribu amazónica de Perú). Pero también fuerte y decidida. “El mundo entero está cubierto por diseños”, dice una canción de su cultura y ahora Olinda Silvano (su nombre occidental) tiene el reto de llenar con ellos una superficie desnuda. Aunque esta suele ser una tela, una cerámica o un trozo de madera, esta vez es un muro extenso. Ella ya los ha enfrentado en ciudades como Lima o Moscú. Hoy está en Madrid, antes de ir a Valencia y a Londres.

Entona entonces un canto ritual y mueve su pincel. Vuela. El muro empieza a ser marcado sin titubeos por líneas que no tienen la rigidez y horizontalidad de los textiles aymarás o quechuas, por ejemplo.

Aunque la base de su composición es el rectángulo, el cuadrado, la geometría, esta no se restringe solo a los patrones y ritmos que usualmente se conocen de los Andes. La suya es una geometría orgánica, clara y dinámica. A veces se abre, a veces se cierra. A veces se concentra, a veces se expande. Y se colorea con una alegría cromática intensa pero controlada. No improvisa: aunque no tiene un boceto predeterminado, desarrolla fluidamente una compleja trama de espacio y tiempo.

Los transeúntes que se detienen curiosos solo ven allí a una mujer diminuta, de pelo negro brillante, envuelta en muchos colores y abalorios, con su cara pintada, que dibuja con precisión y calma metros de pared urbana. Desde donde están parados (sus condicionamientos culturales) no notan la corona de poder que le puso su abuelo en la cabeza cuando era pequeña. Ni pueden presentir el piripiri, esa planta amazónica que abrió sus ojos y la volvió una niña diferente.

No ven tampoco las visiones que están desplegándose de los párpados de Olinda hacia adentro y que ella replica minuciosamente en el muro exterior.

En este tampoco reconocen el surco poderoso del río Ucayali, padre organizador de la selva y del dibujo de Olinda. Ni ven como se arrastra allí la poderosa anaconda con su piel tatuada, origen de todos los diseños y colores del cosmos. Porque estos trazos, aunque lo parezcan, no son solo composiciones estéticas como las que nos ha enseñado a apreciar el arte abstracto moderno. No es esta una simple excursión de la forma sobre la forma. Ni un alarde de la belleza por la belleza.

Lo que Olinda dibuja es otra cosa para la que la palabra “mapa” también se quedaría corta. Ella está volviendo a tejer con su canto y su pincel el territorio que han creado durante siglos los pasos de su pueblo en el vientre de la intrincada Amazonia. Habría que hablar quizá del registro de un sobrevuelo, como el que permite la conciencia expandida y la hipersensibilidad provocada por la planta sagrada de la ayahuasca.

Un sobrevuelo que deja apreciar, desde arriba y al tiempo, el surco creador del río, el camino del agua al sol, la vibración de los bosques, los picotazos de colores encendidos de los loros, monos, pájaros y peces, la convivencia de los seres reales y míticos. Y entre todas estas coordenadas, el lugar sobre la tierra, conectado con el cosmos, en el que se ha afincado su tribu. Olinda, la coronada, la de ojos abiertos, la de manos poderosas, la que conoce las claves profundas de los icaros (cantos sagrados) y el kené (los dibujos) realiza con su cuerpo y su voz la danza que plasma todo esto hoy en un rincón de Matadero de Madrid, como parte de la programación de Perú como país invitado de ARCO 2019.

No se trata de un asunto menor. Aquí los dibujos de Olinda han dejado los collares donde hablan en tono menor en la forma de las artesanías. Tampoco se han congelado en los museos ni domesticado en los relatos de la antropología; al contrario, la elaboración de este mural en uno de los centros más dinámicos de arte contemporáneo de Europa abre las puertas del presente al pensamiento visual indígena.

La potente presencia en este espacio de Olinda y sus compañeras Silvia Ricopa y Wilma Mayas, del colectivo Madres Artesanas, hace parte de un diálogo horizontal entre los saberes ancestrales y el mundo de hoy que se ha venido propiciando en Perú desde hace algunos años. En este proceso se ha dado, por ejemplo, la colaboración de Olinda con la diseñadora de modas Anabel de la Cruz. También fue decisiva la visión del antropólogo César Ramos, quien coordinó su encuentro con artistas que le enseñaron el uso del pincel y los acrílicos.

Este nuevo material le brindó una gama inédita al dibujo kené, realizado tradicionalmente con tintes naturales, que Olinda disfruta por brillante, alegre y duradero. Desde hace algunos años sus murales públicos alumbran violentamente el proverbial gris de Lima, pero también la historia oficial que ha dejado la presencia indígena en la retaguardia de la identidad nacional y se han empezado a llevar a otras capitales del mundo.

La práctica de este nuevo muralismo es una experiencia renovada y enriquecedora, plenamente contemporánea por su radical libertad y atrevida iconoclastia, que rompe diques entre los lenguajes, las épocas y las culturas; entre el arte y la artesanía, lo indígena y lo occidental, lo ancestral y lo actual, lo natural y lo urbano. ¿Cómo no aspirar con placer este suspiro de selva en las cloacas de la gran ciudad?