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Cuento

Siete postales desde ningún lugar

Por Orlando Plata González
Ilustraciones Henry González 
Selección y compilación: Carolina Fonseca

Exilio interior

En ocasiones, quizá por influencia de algún cometa errático o por la tonta costumbre de alimentar aquella antigua nostalgia, sin darme cuenta traspaso el umbral que me separa del hombre alegre que suelo ser y abro la puerta a los duendes de la melancolía, que escapan y pueblan todos los rincones de mi habitación. Entonces, empaco mis arcoíris, recojo mi sol de los venados, doblo cuidadosamente mi Luna llena, guardo mis asteroides favoritos y vuelo en busca de una nueva constelación donde establecer mi reino de pensamientos astrales y juegos mentales. Entonces, si sabes todo esto, ¿por qué aún te sorprende que viva en las nubes?

Hombre de ningún lugar //o-o\\

¿Quieres saber un secreto? Aún te extraño, querido John; siempre lo haré. Nunca sabremos cuántas canciones más te quedaban por cantar, cuántas sorpresas nos deparaba tu inconmensurable talento, qué otra gran historia mágica y misteriosa ibas a contarnos para viajar contigo a través del universo y así no fueras el único que imaginaba un mundo sin países ni religiones, donde todos pudiéramos vivir en paz y disfrutar por siempre de los campos de fresas, sabiendo que todo lo que necesitas es amor y que lo único cierto es que mañana nunca se sabe. Tú y yo tenemos recuerdos más grandes que el camino que se abre ante nosotros, pero existe la posibilidad de que nos desmoronemos en poco tiempo.

Absorto sideral

En medio de la algarabía, el desorden, la desidia, los pronósticos futbolísticos, el mal humor, las risotadas, las voces estridentes, los adjetivos descalificadores, la envidia, los noticieros nauseabundos, el fanatismo, los restaurantes insalubres, la intolerancia… mi alma se eleva hacia las estrellas, de donde procedo, y el sordo rumor de la horda primitiva va quedando abajo, junto a los restos de una civilización perdida, vacía y lúgubre a la cual ya no pertenezco. Por eso mi espíritu vaga en los recintos etéreos del pensamiento, la libertad y la lucidez. Es así como puedo afirmar (con el gran Baudelaire) que hoy sentí pasar sobre mí el “viento del ala de la imbecilidad”, mientras yo desplegaba mis alas translúcidas y volaba lejos en busca de nuevos horizontes. Por eso me llaman “el loco”; por eso ríen ante mi silencio sutil; por eso soy feliz.

Mundos posibles

Hoy abrí mi muro en la red y resulta que amaneció traducido al inglés, idioma que comprendo bastante bien… Sin embargo, me inquieta pensar que algún día le dé por cambiarse al swahili; que al mirar por la ventana aparezca la imponente silueta del Kilimanjaro, con jirafas, cebras y ñus pastando por las praderas del Serengueti, y que de repente me convierta en un guerrero masái que baila contoneo watusi, vive en choza de barro, desconoce la gramática española, caza leones con una lanza y un buen día sale en busca de un tronco para hacer un tambor, porque eso implicaría que me habría convertido en Karaiba Kunta Kinte, hijo de Omoro…

 

Utopía en el cielo con diamantes

Evoco aquel mundo en que los dibujos animados eran lindos, coherentes y divertidos. Es quizá la representación de una era que creyó estar a las puertas de la Utopía, que rozó el Cielo con la punta de los dedos y se atrevió por primera vez a tutear a Dios, que creó universos de fantasía psicodélica y logró asustar al Gran Hermano, pero al final el descontrol, la anarquía, el consumo desaforado, los fanatismos y la inevitable estupidez humana convirtieron todo en un espectáculo, una parodia, un dogma… Y nos electrodomesticaron: embalsamaron a nuestros ídolos y los convirtieron en títeres de cartón, robaron nuestras canciones favoritas y las usaron para vender cereal, descubrieron a la mujer más bella e inocente del mundo y se la dieron al presidente más emblemático para poder matarlos a ambos.

Universos paralelos

A veces me imagino que no soy un escritor famoso, galardonado con los premios más ansiados del ámbito literario y poderoso en todo el planeta, asediado por los admiradores, los medios de comunicación en busca de una entrevista, los escritores aficionados que desean encontrar el truco del éxito y los detractores que refutan mis planteamientos sobre las causas (ya corroboradas por la ciencia) de la extinción masiva de gran parte de la vida animal y vegetal en la Tierra, la dramática involución genética de la especie humana y su consecuente división en dos nuevas razas, una de las cuales (el Homo ciber subsapiens) fue obligada a regresar a las cavernas y a los lugares más inhóspitos de los territorios e incluso en algunas regiones septentrionales se procedió a su exterminio o a su deportación masiva a satélites de planetas aledaños, ya colonizados por las grandes corporaciones que sustituyeron a los países en el gobierno del mundo durante generaciones enteras… Pero eso ya es vox populi

Cómo explicar que, dadas estas condiciones, yo haya optado por asumir la anónima identidad de un corrector de estilo que trabaja en una revista de viajes y en un periódico, vive una existencia de bajo perfil en su ciudad natal y camina por la calle tranquilo, sin ser reconocido por nadie y disfrutando de la maravillosa sensación de ser un ciudadano normal en un mundo que apenas agoniza entre los estertores y rescoldos de lo que alguna vez, con tanta jactancia, se llamó civilización humana…

Crisis infinitas en tierras devastadas

Se dice que nos ha tocado vivir tiempos muy duros y que el mundo está en crisis; pero parafraseando a Borges, creo que en su relato “El inmortal”, “siempre vivimos en tiempos de crisis”. Y tiene razón. Vaya uno a saber qué sentía un dinosaurio cegado por el resplandor del meteorito que acabaría con su especie, un australopiteco al notar que la tierra se abría bajo sus pies cuando África se separaba de América, un gladiador al pisar la arena y pronunciar sus últimas palabras, un cristiano en tiempos de Nerón observando al león que lo devoraría, un inca enfrentando al feroz y despiadado Pizarro, un azteca divisando en altamar los ominosos veleros de Cortés que auguraron los dioses, un judío asomado a su ventana viendo marchar a las SS, la perrita Laika mirando por la ventanilla del Sputnik II cómo se alejaba su casa hasta convertirse en un puntito azul o un osezno polar navegando a la deriva en un témpano cada vez más pequeño y lejano de su blanco hogar por culpa de unos bípedos idiotas que no saben vivir.

Sé que no es muy edificante y el último ejemplo muestra un reto que la especie humana no enfrentó nunca antes… ¿o sí? ¿No se suceden las civilizaciones milenarias a los imperios inmemoriales en ciclos tan prolongados que los llamamos eternidad?

El autor

Escritor nacido en Bogotá en 1963, ha publicado varios cuentos y artículos en Panorama de las Américas, así como en el diario El Espectador, de Bogotá, empresas donde trabaja como corrector de estilo. En estas Siete postales… el autor salta de lo etéreo a lo real con transiciones del relato tan disímiles, que bien podría ser que cada postal fuese la voz de un personaje diferente, pero todos teñidos por la ansiada búsqueda de la utopía, tan buscada en autores como  Tomás Moro (Utopía), Francis Bacon (La nueva Atlántida), Jonathan Swift (Los viajes de Gulliver), Voltaire (Micromegas), Samuel Butler (Erewhon o allende las montañas) o George Orwell (1984), entre otros.

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