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Destino México

Senderos mágicos de la Sierra Norte poblana

Zacatlán y Chignahuapan son de esos pueblos que la gente visita para evocar otro ámbito en el que las cosas no eran tan complicadas, donde se respira esa cordialidad que se ha perdido en las urbes y se cultivan artes, saberes y costumbres olvidados en otros sitios, pero que allí se disfrutan con placer.

Por Juan Abelardo Carles
Fotos: Carlos E. Gómez

En cada país existen esos pueblos que la gente visita para asomarse a otro mundo en el que las cosas no eran tan complicadas, donde se respira esa cordialidad vecinal que se ha perdido en las grandes urbes y se cultivan artes, saberes y costumbres olvidados en otros sitios, pero que allí se disfrutan con atávico placer. Algunos de ellos puede ser visitados durante el día, para otros hay que disponer al menos de una trasnochada; pero lo cierto es que le recargan las baterías a cualquiera que esté agotado del tráfago que, anónimamente, enfrentamos en nuestra vida diaria. Al norte del estado mexicano de Puebla se esconden dos de estos pueblos, que en México llaman, con justa razón, mágicos: Zacatlán y Chignahuapan.

Panorama de las Américas visitó ambas comunidades para vivir y entender, de primera mano, la magia que se les atribuye. El núcleo histórico del primer pueblo, Zacatlán, se asoma sobre la parte más alta de la Barranca de los Jilgueros. Nos dicen nuestros guías que los primeros pobladores llegaron desde el otro lado, alrededor de 1560, de un Zacatlán primigenio del que habían huido para evitar la peste.

De hecho, antes de entrar a Zacatlán visitamos una atracción turística que hace parte del mismo desfiladero que la Barranca de los Jilgueros: las Cascadas de Tulimán. Los tres saltos de agua se elevan trescientos metros, como una especie de altar natural al fondo de un templo gótico. Los troncos milenarios sirven de columnas; las ramas, de nervaduras y el dosel arbóreo hace las veces de una gran bóveda verde. Qué mejor santuario para rendir homenaje a la naturaleza, y así lo hacen los cientos de turistas que vienen al Parque Ecoturístico Tulimán para recorrer los senderos, escalar algunos de sus enormes pinos o lanzarse por las tirolesas, por mencionar solo algunas atracciones.

La terapia de brisa, rocío y savia que recibimos en Tulimán nos sirve de vigorizante aperitivo para entrar a Zacatlán. En la plaza central del pueblo se celebra un festival y un grupo de danza ejecuta su número. Parte de la audiencia escapa al sol del mediodía bajo las arcadas del Palacio Municipal, cuya fachada, aunque neoclásica, fue levantada entre 1876 y 1896. Al zócalo lo rodean los edificios de rigor que suele haber en cualquier asentamiento fundado por los españoles.

El antiguo convento franciscano ofrece su lateral al límite sur de la plaza, como si le intimidara contrastar la sobriedad de su arquitectura con la de sus majestuosos vecinos. Como si tal detalle importara, frente a la antigüedad de dicho templo, cuya construcción comenzó en 1562 (ocho y doce años antes que las catedrales de México y Puebla, respectivamente). La limpieza de sus obras delata el voto de humildad y sencillez de los arquitectos franciscanos que lo proyectaron. Junto al templo se levantan los claustros de los monjes, que sirven, desde 1991, para el funcionamiento de la Casa de la Cultura de Zacatlán; un complejo que acoge el principal museo del pueblo, una biblioteca, salones y talleres para la enseñanza de bellas artes.

Diagonal, y no tan austera como San Francisco, encontramos la Iglesia de San Pedro y San Pablo, parroquia tutelar de Zacatlán, levantada entre 1670 y 1740. La ornamentación profusa, jubilosa y un tanto naive del barroco indígena se evidencia en su fachada y se mantiene a lo largo de la nave central, flanqueada por columnas adornadas con motivos florales y pan de oro. Pero quienes viajan a Zacatlán no se limitan a ver arquitectura colonial. No en vano, el nombre completo del pueblo es “Zacatlán de las Manzanas”, pues en sus alrededores abundan los cultivos de esta fruta y otras más que el clima seco y fresco de la región propicia. La variada altimetría de la región permite cultivos de tierra caliente, como maracuyá, mango y tamarindo. ¿Y cómo se consumen? Pues en una miríada de jaleas, compotas, mermeladas y otros dulces, pero más que todo en la sidra, que se vende en Puebla y localidades cercanas.

Para tener la experiencia, visitamos la Bodega Delicia, una de las más antiguas de Zacatlán (1928). En el local de la Calle Galeana los turistas pueden ver cómo se produce la sidra artesanal, mientras degustan muestras de esta bebida, además de vinos y cremas. De los panes típicos mexicanos también se puede obtener un delicioso muestrario en esta comunidad. Vaya a la panadería La Fama de Zacatlán (1911), en Calle Cabrera, tome su bandeja y su tenaza para escoger entre decenas de variedades, incluyendo el famoso pan de queso, y otros manjares con nombres tan sugestivos como almohadas, picadas, morelianas, muertos, burras, quesadillas de maíz, brujas, apasteladas, japonesas, gusanos, puñaladas y marías, por nombrar algunas.

Los locales que hemos nombrado están entre los más reconocidos del pueblo, pero no son los únicos. Convierta su visita a Zacatlán en una deliciosa expedición para descubrir las distintas bebidas y comidas que otros establecimientos ofrecen. Eso le dará tiempo para esperar un espectáculo nocturno poco común, incluso para un país tan diverso como México: el espectáculo de autómatas de la Fábrica de Relojes Centenario (1918), en la Calle del Nigromante. La fábrica tiene un museo dedicado al esfuerzo humano por medir y encapsular el tiempo y, por supuesto, los innumerables artefactos que ha inventado para lograrlo.

El Show de Autómatas ―inaugurado en 2010 para el bicentenario de la República Mexicana― se presenta sábados y domingos al mediodía y a las dos de la tarde. En cambio los viernes, sábados y domingos, a las nueve de la noche, hay una versión con efectos de luces y sonidos. Disfrute a medida que los autómatas, ataviados con atuendos tradicionales mexicanos, se asoman a los balcones de la relojería y bailan al son de melodías clásicas del país.

El espectáculo nocturno cierra nuestra visita a Zacatlán. A la mañana siguiente partimos hacia Chignahuapan, última escala de nuestro periplo por la Sierra Norte poblana. En pueblos como estos es natural empezar las visitas en los templos católicos, ya que por lo general son antiguos. Pero uno de los templos más importantes de Chignahuapan es modernísimo, pero no por ello menos sobrecogedor. La Basílica de la Inmaculada Concepción guarda en su interior la que se cree es la imagen de la madre de Jesús más grande del mundo. La inmensa talla, de más de doce metros de alto, impacta pues es una evocación de las imágenes de las diosas grecorromanas. A los pies de la Virgen se descubren la serpiente y la medialuna que los cristianos tomaron de las diosas Juno y Diana, respectivamente, en el alba del cristianismo.

Eso no quiere decir que el pueblo no tenga sus templos antiguos. Por ejemplo el de Santiago Apóstol preside la plaza central. En su fachada, el santo cabalga en lo alto, mientras abajo una legión de querubines cachetones se empeña en sostener el entramado de guirnaldas, rosetones y cortinajes laboreados en argamasa por artesanos indígenas, durante el siglo XVI. Y si bien en Chignahuapan también tuvimos una muestra de maravillosos comestibles tradicionales como la rosca de reyes, el pueblo es reconocido en todo México por la fabricación de esferas de Navidad.

En Boutique Navideña nos mostraron el proceso de producción: se sopla para inflarla y darle la forma deseada: esferas, frutas, hongos, bellotas… Se le inyecta nitrato de plata, para producir el efecto de espejo, darle una textura sedosa y prevenir rayaduras; luego se le da el color de fondo y, por último, se decora con detalles a mano. Es comprensible que en Chignahuapan se viva como si siempre fuera Navidad, pues los 420 talleres artesanales y las seis fábricas solo detienen su producción durante las dos primeras semanas de enero. Autoridades del pueblo calculan que la producción anual del sector sobrepasa los 75 millones de esferas.

Al igual que otros pueblos mágicos, Chignahuapan auspicia numerosos festivales culturales, pero cuenta con un atractivo adicional: muchos se celebran a la orilla de la laguna que da nombre al pueblo. Para los antiguos pueblos mesoamericanos, las lagunas, al igual que las grutas, son puentes que conectan este mundo y el otro, por lo que ostentan gran valor espiritual. Si tiene oportunidad de estar aquí el Día de los Muertos atestiguará el festival de ofrendas, celebrado en un escenario en medio de la laguna y que concluye cuando los asistentes sueltan miles de balsitas flotantes en memoria de sus seres queridos.

Incluso si no hubiese celebración, la laguna brinda un relajante espectáculo al atardecer, cuando las luces del ocaso tiñen de plata y lavanda su espejo de agua y las aves marinas cantan para despedir el día, mientras buscan refugio entre los junquillos de la ribera. Así despedimos un fin de semana lleno de descubrimientos, recorriendo los senderos y pueblos mágicos de la Sierra Norte del Estado de Puebla.