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Ecología

Selvas tropicales: Cuna de la biodiversidad mundial

Las selvas tropicales limpian el aire del planeta, contribuyen a regular el clima, la temperatura mundial y el ciclo del agua (pues un quinto del agua dulce de la Tierra está en sus ríos y lagos), y son la farmacia natural de la humanidad, ya que muchas medicinas han sido halladas en tan fascinante ecosistema.

Texto y fotos: Javier A. Pinzón

Las selvas tropicales son el corazón de la biodiversidad del mundo y, aunque apenas ocupan el 2% de la Tierra en medio de la estrecha franja tropical, son el hogar de más de la mitad de los seres vivos del planeta.

Es un ecosistema único, pues alberga millones de micro-ecosistemas. Se estima que una sola hectárea de bosque tropical lluvioso puede contener 42.000 especies de insectos, 807 de árboles y 1.500 de plantas, entre las cuales se hallan dos tercios de las angiospermas (plantas con flores) del planeta entero.

Para la naturaleza ha sido todo un reto poder acomodar a tantas plantas y animales en tan poco espacio, y lo ha logrado creando un mundo tridimensional: existen “los de abajo”, todas las especies que viven bajo el suelo o a ras de la superficie; “los del centro”, que viven por encima del suelo y debajo de las copas de los árboles, y “los de arriba”, que viven sobre las copas de los árboles, zona conocida como el dosel. De esta manera, muchas especies pueden vivir en el mismo árbol, tener vidas relacionas e interdependientes y, sin embargo, jamás verse; como sucede en un edificio de moderno apartamentos.

En este mundo de intrincadas relaciones, se compite a muerte por un bien invaluable: la luz. Por eso quien gana la carrera es el que llega primero al dosel a tomar el sol. En estos bosques el dosel puede estar a cincuenta metros de altura, lo cual implica un largo recorrido para un arbolito que apenas germina. En las selvas sanas el dosel es tan cerrado que a los de abajo apenas les corresponde el 2% de la luz solar, por esta razón allí sólo pueden vivir las plantas que necesitan poca luz.

Los de abajo

Aunque los suelos de las selvas no tienen muchos nutrientes, basta levantar una piedra o un tronco caído para ver cientos de insectos y hongos descomponedores, los cuales se encargan de producir el abono para los que sostienen el bosque en pie: los árboles. Aquí caen todas las hojas y las ramas secas, al igual que los animales muertos; pero el ciclo de la vida no acaba con su muerte, pues los insectos y los hongos reciclan todos estos nutrientes para ponerlos a disposición de los árboles. Las termitas son los descomponedores más dominantes, con más de mil individuos por metro cuadrado. Ellas, junto con las hormigas, procesan un tercio de la materia orgánica que cae al suelo. El proceso lo terminan los hongos, los gusanos y las babosas. La transformación es rápida: el reciclaje de nutrientes en el suelo tarda unas seis semanas, mientras que en otros bosques tardaría un año. La rapidez trae también sus desventajas: los nutrientes no alcanzan a permear el suelo y por eso sólo llegan a los primeros cinco centímetros de profundidad.

Los del medio

Entre el suelo y el dosel vive la mayoría de aves, mamíferos, insectos y reptiles. A las plantas que habitan estos pisos del gran edificio apenas reciben el 5% de la luz. Los vecinos son arbustos, helechos, lianas, hierbas y pastos. Para aprovechar la poca luz que llega, algunas de estas plantas han desarrollado hojas grandes, tan grandes como las de la Monstera deliciosa, que pueden llegar a medir noventa centímetros de largo por setenta y cinco de ancho. La razón: cuanta más superficie tenga la hoja, más luz recibe la planta.

En este vecindario, mamíferos rastreadores suben y bajan por los troncos de los árboles, pues entre las hojas se esconden ranas, culebras y cientos de insectos. Muchos de estos tienen colores que les permite mimetizarse con el ambiente y evitar ser el almuerzo de alguien más grande. En cambio los colores vivos y las formas extrañas de las flores tienen una razón: el color atrae a sus insectos polinizadores y la forma les brinda la posibilidad de realizar su labor con la mayor eficiencia posible. Las mariposas y los colibríes han evolucionado junto con las plantas que polinizan, por eso es que el pico de los colibríes encaja a la perfección con sus flores preferidas.

Los de arriba

Los árboles más grandes, que alcanzan los cincuenta metros de altura, extienden sus altos tallos y así conectan a sus habitantes de abajo, los del centro y los de arriba. Sus hojas forman el techo del bosque y son la causa de que la luz sea tan poca para los del medio y los de abajo. Los grandes del bosque, como las ceibas y los cuipos, sirven de apoyo a todas las plantas que buscan la luz del sol pero que no pueden alcanzarla por sus propios medios. Por eso en sus tallos habitan plantas epifitas, como las orquídeas y las bromelias. Las aves más grandes, como los tucanes y las oropéndolas, al igual que los monos y los perezosos frecuentan el dosel. Las aves más grandes, como las águilas, viven sobre el dosel y sobrevuelan el bosque de copa en copa buscando alimento.

Cuando un árbol de los más grandes cae al suelo, la división entre los de arriba, los del medio y los de abajo se acaba. El sol llega al suelo y las semillas de los grandes árboles que, dormidas, esperaban con paciencia una oportunidad, emergen con rapidez y empiezan una carrera por conquistar el alto dosel para completar el techo natural del bosque. Un claro ejemplo de que la pelea por la luz llega a ser extrema es el árbol estrangulador, cuya semilla puede ser transportada al dosel por un pájaro. Una vez allí, y con toda la energía que el sol le provee, germina con gran rapidez sobre el árbol que lo sostiene y, poco a poco, sus raíces bajan en busca del suelo. Con el tiempo, estas raíces se vuelven grandes y fuertes y se envuelven alrededor del árbol hospedero hasta estrangularlo.

Separados pero revueltos

En el bosque hay muchas bocas, por lo tanto la comida es peleada. Hay que hacer lo posible para pasar inadvertido ante los depredadores. Para lograrlo, algunas especies de mariposas han desarrollado compuestos químicos desagradables para sus depredadores; otras fueron más creativas y evolucionaron para tener los mismos colores que las mariposas tóxicas; así, no tuvieron que desarrollar el tóxico pero están “disfrazadas” para engañar a su enemigo.

En el bosque no se desperdicia nada. Cada recurso es utilizado de manera que alcanza para todos. Los monos, por ejemplo, se apoderan de los frutos de las ramas gruesas, las aves comen los que crecen en las ramas más delgadas y los loros aprovechan los frutos más inaccesibles, pues pueden comer colgados boca abajo.

Los frutos del almendro, enorme árbol que sobrepasa el dosel, también son muy apetecidos y alcanzan para todos. En este caso los monos se comen solo las partes más dulces del fruto y descartan el resto, que cae a los de abajo. Allí, el coatí se come las partes blandas y deja las partes más duras, que son un manjar para los ñeques. Los murciélagos aprovechan la tranquilidad de la noche para buscar alimento en el almendro pero, para no ser presa fácil de sus depredadores, transportan los frutos a un lugar seguro; en el proceso pierden una buena parte que cae y vuelve a quedar a disposición de los de abajo. Cuando amanece, los ñeques encuentran tal cantidad de frutos en el suelo, que no pueden comerlo todo, así que entierran el excedente con la idea de guardar para cuando haya escasez.

Jamás regresan por él, pues, sin saberlo, son los responsables de que el ciclo alimenticio se repita: están sembrando el fruto del almendro, que alimentará a sus futuras generaciones.

Así como la comida es escasa y peleada, el espacio también lo es. Por eso, tanto plantas como animales han desarrollado estrategias para hacer el mejor uso de cada rincón. Por ejemplo, los pájaros carpinteros hacen huecos en las ramas de los árboles que usan como nidos y, cuando los abandonan, un sinnúmero de especies se pelean para conquistarlo y seguir usándolo. Por su parte, las bromelias, en el alto dosel, sirven como pequeños depósitos de agua para que las ranas vivan y críen a sus renacuajos.

Las selvas y nosotros

Aunque las selvas tropicales se ven tan lejos y parezcan ajenas a la cotidianidad de los citadinos, todos estamos vinculados de alguna manera con ellas sin importar dónde nos encontremos. Estos majestuosos ecosistemas limpian el aire del planeta y contribuyen a regular el clima y la temperatura mundial, así como el ciclo del agua, pues un quinto del agua dulce de la tierra se encuentra en sus ríos y lagos. Además, las selvas tropicales son la farmacia natural de la humanidad, ya que más de un cuarto de las medicinas naturales han sido descubiertas allí, incluyendo el 70% de los remedios contra el cáncer.

Sin embargo, este ecosistema también es uno de lo que más amenazados del planeta. La fragmentación y destrucción del bosque interrumpe las interacciones entre las especies y es una de las mayores causas de su extinción, al igual que la caza, la tala indiscriminada, la minería y la contaminación del agua. Es tarea de todos los habitantes del planeta velar por la seguridad de las selvas tropicales, pues son pocas pero contienen mucho.