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Destino Brasil

Salvador La ciudad primada del Brasil

En su condición de primera capital del Brasil, Salvador atestiguó como pocas urbes del país la mezcla étnica y cultural de lo europeo, lo africano y lo amerindio. Hoy, como moderna metrópoli del nordeste brasileño, Salvador exhibe un rico legado cultural y natural que Copa Airlines lo invita a descubrir a partir del 24 de julio próximo, cuando inaugurará su servicio entre la ciudad y el Hub de las Américas, en Panamá.

Por Juan Abelardo Carles R.
Fotos:: Javier Pinzón Gómez

“Porque Dios entendió dar toda la magia, para bien o mal, al predio de Bahía. Primer carnaval, primera picota también, le dio Dios”. Traduzco en mi mente la canción del compositor bahiano Gilberto Gil mientras sobrevolamos la inmensa Bahía de Todos los Santos. Aquí llegaron, en 1510, los primeros europeos, náufragos, de los que solo salvó la vida Diogo Álvares, acogido entre los indígenas con el nombre de Caramurú. Aquí fungió la primera capital de la colonia y, luego, del país, además de la primera iglesia, el primer obispado… en fin, aquí comienza la historia del Brasil, desde aquí se escucharon los primeros acordes de sus melodías y las primeras voces de su lenguaje, de sus fogones ascendieron los primeros aromas de su cocina, frente a sus altares se musitaron las primeras salmodias de sus religiones.

Y como Gil habla del Pelourinho (picota, en español), comencemos nuestro recorrido por Salvador en la plaza que lleva tal nombre y que identifica también la parte más conservada del centro histórico de la ciudad. Más que una plaza, es un espacio en el que convergen en bajada la Calle de Brito y la Ladera de Pelourinho propiamente dicha. Sobre la parte más alta, al sur de la ladera, se asentaba la lonja de los esclavos, donde se concentraba tan lúgubre comercio. Hoy, frente a antiguos caserones donde están la Fundación Jorge Amado y el Museo de la Ciudad, se ubicaba, en tiempos de la infame esclavitud, la picota donde eran atados y azotados hombres y mujeres.

Solo la magia de Salvador supo transmutar el dolor centenario de tantos torturados aquí en orgullo por poseer uno de los acervos culturales más complejos y ricos de Brasil y del mundo. Las mujeres sometidas han sido reemplazadas por sus hijas, libres y poderosas: las bahianas, que contonean sus faldones y sus collares con hipnótico son. Símbolos y preservadoras de gran parte de la herencia cultural de la ciudad, se pasean por sus calles o posan para los turistas frente a las casonas pintadas en vibrantes tonos pastel.

Respecto a los hombres, muchos son capoeiristas, y si a las bahianas las vimos en la Ladera del Pelourinho, a estos los descubrimos en el Terreiro de Jesús. Al ritmo del pandeiro, el caxixi y el reco-reco, entre otros instrumentos de percusión, y las cuerdas del berimbau, los danzantes se van enzarzando en diálogo de cuerpos, lento al principio, luego tan rápido que semejan espejismos. Si hoy la capoeira es confundida con una danza —cuando es en realidad un arte marcial importado desde Angola por quienes vinieron esclavizados al Brasil— se debe al imperativo de los afrodescendientes de ocultar sus expresiones culturales del amo europeo. Del mismo modo, ocultaron sus deidades tras las imágenes del santoral católico, dando prueba de una impresionante resiliencia cultural anclada en el sincretismo. Bahía ofrece bailes alusivos al culto del candomblé (mas no los bailes rituales en sí, por respeto religioso) en varios restaurantes y centros culturales.

El Terreiro de Jesús, plaza donde vimos la capoeira, está rodeada de varias edificaciones coloniales que reflejan un poco el espíritu que animó a Salvador en sus orígenes. Para comenzar, la Catedral, levantada en 1933 donde antes estaba una antigua, y muy suntuosa, iglesia jesuita. Más suntuosa aún es la Iglesia de San Francisco, localizada en una extensión del Terreiro que se abre hacia el sur de la plaza principal. Se dice que, entre revoques de laminillas sobre sus altares y retablos y exvotos de fieles agradecidos, este templo exhibe novecientos kilos de oro a los ojos de los visitantes. La sacristía está decorada con murales dedicados a los sueños de San Francisco, en combinación con escenas bíblicas, y su claustro abriga una espléndida muestra de azulejos portugueses.

El Terreiro de Jesús se completa con otras dos iglesias: la de Santo Domingo y la de San Pedro de los Clérigos. En la Ladera del Pelourinho hay otra Iglesia, dedicada a la Virgen del Rosario, cuya devoción ha sido atendida tradicionalmente por negros. De hecho, la aristocracia colonial competía por fundar y enriquecer los templos en la ciudad, para ser enterrados en ella, y dotando a la ciudad de suficientes iglesias como para ganarse el sobrenombre de “Vaticano del Brasil”.

Originalmente fundada sobre una elevación que facilitaba su defensa, Salvador fue creciendo luego hacia zonas más bajas. El ascensor Lacerda sirve para facilitar la comunicación entre las partes alta y baja de la urbe. La estructura actual, construida al estilo art déco, constituye parte de la aventura si se combina la visita con una gira por el Mercado Modelo, donde puede disfrutar de una magnífica muestra de vestuario, joyas, comida y artesanías bahianas.

Es probable que la visita a estos lugares se combine con un recorrido por la Iglesia de Nuestro Señor del Bonfim (“buen fin”, en español), ya bastante fuera del circuito histórico. Santuario por excelencia de los soteropolitanos (el peculiar gentilicio de quienes viven aquí), está repleto de exvotos hechos en cera y cintas de colores que simbolizan peticiones al Santo. El Señor del Bonfim es adorado en Salvador desde 1745, y los fieles del candomblé lo han equiparado a Oxalá, padre de todos sus dioses, por lo que cada año, el primer jueves luego del Día de Reyes, todas las madres del Santo (sacerdotisas) de la ciudad vienen caminando hasta aquí, desde la Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción de la Playa, con agua bendita sobre su cabeza, para lavar el atrio de la iglesia.

El casco urbano de Salvador puede dar para una y mil narraciones sobre su rico legado cultural e histórico, pero el estado de Bahía tiene también un extraordinario cordón de playas a lo largo de su costa, con arenas tan finas como el talco, aguas siempre tibias y cocotales que ofrecen sombra y fresco para relajarse al atardecer. Enrumbándonos hacia el norte están, por ejemplo, Arembepe, decretado refugio hippie de Bahía; Jacuipe, o Río de los Pájaros, en cuyo delta nace un islote al que se puede ir en barco a comer mariscos y disfrutar algo recluido de una playa, o Praia do Forte, antigua villa de pescadores que hoy alberga hostales, bares, tiendas de artesanías y restaurantes.

En Praia de Forte se encuentra el Proyecto Tamar, un espacio para la protección y conservación de las tortugas. Tamar existe desde principios de la década de los 80 y es el centro de una iniciativa de seguimiento y estudio de los quelonios, que se expande por toda la costa del gigante sudamericano y más allá. Aquí los visitantes interactúan con los especímenes rescatados que no pueden ser devueltos al estado salvaje y se conciencian sobre la importancia de estos nobles animales para los ecosistemas marinos del mundo.

Hacia el sur, vale la pena visitar la zona turística de Morro de São Paulo. Está sesenta kilómetros al sur de Salvador, del otro lado de su bahía, así que no es tan accesible como las del litoral norte. Sin embargo, la excursión vale la pena, pues sus playas blancas y su entorno paradisíaco son ideales para practicar deportes marinos, como buceo, surf y wakeboard. Morro de São Paulo también tiene su lado histórico, pues aquí fue construida la fortaleza de Tapirandú, para proteger el flanco sureño de la Bahía de Todos los Santos de ataques enemigos, principalmente de los holandeses.

Tanto en la ciudad como en las playas al norte y al sur, otra gran experiencia que le ofrecerá Bahía es su gastronomía. El bollo de frijol (conocido como acarajé) lo tentará constantemente, ya sean solos o rellenos con camarones y otros mariscos. Tampoco podrá escapar de la moqueca, o cocido, de pez o camarón, cuyos aromas de especias y dendé (aceite de palma) esclavizarán su paladar. En restaurantes típicos encontrará interminables bufés con todo tipo de guisos, por lo que quizá quiera tomar una pequeña porción de todos, asemejando su plato a la paleta de un pintor, en un fútil intento de asumir, en una sola sentada, una tradición culinaria que supera los cinco siglos, tres continentes y dos mares.

Y es que Salvador de Bahía es así: inacabable. Una fábula que va maravillándonos, capítulo tras capítulo, en un crescendo que parece no terminar. Un encuentro de gentes que, quizá no tuvo el mejor comienzo, hace ya cinco siglos, pero que apuesta a la hermandad y la interculturalidad para que el futuro sea tan deslumbrante como las aguas que bañan sus playas y tan seductor como su alma, la ciudad primada del Brasil.

 


Cómo llegar

Desde Norte, Sur y Centroamérica, al igual que el Caribe, Copa Airlines ofrecerá dos vuelos semanales a Salvador de Bahía (Brasil) a través del Hub de las Américas, en Ciudad de Panamá. El vuelo de ida (474) saldrá martes y viernes a las 3:15 p.m. desde Panamá, arribando a Salvador a las 00:30 a.m. del día siguiente. El vuelo de regreso (475) partirá de Salvador a la 1:30 a.m. los miércoles y sábados, aterrizando en Panamá a las 6:50 a.m. Más información en www.copaair.com

Dónde quedarse

Como destino turístico, Salvador goza de una variada oferta hotelera que atiende un amplio rango de presupuestos. Durante su gira de cobertura, el equipo de Panorama de las Américas se hospedó en el Fera Palace Hotel (www.ferapalacehotel.com.br), en el centro histórico de Salvador, en un edifico estilo art déco restaurado y con un servicio de lujo. Si desea estar a medio camino entre el centro de Salvador y las playas, el Hotel Deville Prime Salvador es una excelente opción (www.deville.com.br). En las playas del litoral norte, nuestro equipo disfrutó de la hospitalidad del Tivoli Ecoresort, en Praia do Forte (www.tivolihotels.com).

Más información turística sobre Salvador y Bahía en www.setur.ba.gov.br/

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