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Safari en los confines del mundo

Crónica de un periodista y fotógrafo que viajó a la Antártida y estuvo 34 días en la estación científica ecuatoriana Pedro Vicente Maldonado para captar imágenes de la fauna local, en especial la esquiva foca leopardo, ágil cazadora que puede llegar a medir hasta cuatro metros y pesar quinientos kilos.

Texto y fotos: Miguel Ángel Vicente de Vera

Llevo más de diez días tras ella. He recorrido glaciares, playas de guijarros, llanuras solitarias e incluso visitado varias islas, pero ni rastro. No sé cuándo ni dónde, pero tengo la absoluta certeza de que, en un momento determinado, sus ojos se encontrarán con los míos.

Persiguiéndola me siento como un cazador que busca sin tregua a su presa, como si fuera una obsesión, una misión que le da sentido a todo. Mi única arma es una cámara y el trofeo, una fotografía. Por cuestiones de trabajo —soy periodista y fotógrafo— estoy en la Antártida, siguiendo la pista de la esquiva foca leopardo: el jaguar del continente blanco. Puede llegar a medir hasta cuatro metros y pesar quinientos kilos, posee la vista y el olfato muy desarrollados para poder cazar. Devora con pasmosa facilidad pingüinos —el emperador es su favorito—, peces de gran tamaño, focas e incluso se han registrado ataques a humanos.

Paisaje lunar

Hoy visitamos Dee, una isla deshabitada que forma parte del archipiélago de las Shetland del Sur. Allí viven colonias de elefantes y leones marinos. Al contrario que estos animales, la foca leopardo es solitaria, así que no hay pistas que seguir. Todo el paisaje emana una atmósfera apocalíptica. No hay árboles ni apenas signos de vida. En el horizonte se divisan icebergs flotando, estoy rodeado por colosales glaciares de más de treinta metros de altura. Hay grietas bajo el hielo y continuos desprendimientos, que podrían ser letales. Cada cierto tiempo se escucha un cañonazo: un nuevo trozo de glaciar cae al mar. Mi alma está enmudecida, me siento pequeño ante esta soberbia muestra de la naturaleza y, a la vez, grande por haber llegado a uno de los confines de la Tierra, por haber logrado un sueño.

Tras dos horas de camino, divisamos una mancha negra sobre un trozo de hielo. Puede ser una foca leopardo, pero también una foca de Weddell o un león marino. Nos acercamos, el corazón palpita muy rápido, las pupilas se dilatan. Camino sigilosamente, pues ellas son territoriales y agresivas. Y sí, es una foca leopardo descansando junto a su cría. Me muerdo el labio para no gritar de alegría.

Tengo que actuar con calma. Me ubico frente a ella a una distancia prudencial, la miro a los ojos, pero ella ni se inmuta, sabe que está en lo alto de la pirámide alimenticia. Recorro con mis ojos su piel, el contorno de sus ojos, su boca; ella me mira, percibo que nos reconocemos, que autoriza mi trabajo. Comienzo a disparar. Intento capturar la esencia del momento. Lograr la mayor honestidad. Luego acudo a la cría, que posa divertida frente al objetivo. En sus rasgos todavía no se descubre al depredador en que pronto se convertirá. Intento respirar sin hacer ruido alguno y disfruto el instante profundamente.

En la Antártida el silencio es categórico. Tan solo se escucha el viento, que arrastra algunas algas secas, o el lejano graznido de una gaviota. Para salir de la base debemos ir al menos dos expedicionarios e informar nuestra ubicación por radio cada hora. “La Antártida no perdona”, nos repiten a menudo. Ya han fallecido muchos; se pierden y mueren congelados. Si caes al mar tienes entre diez y doce minutos de vida. Pese a ello, realicé la tradición del bautismo: un baño en aguas antárticas. Me sumergí con terno de baño y botas de caucho, ya que el piso está compuesto de afilados cantos de piedra. Sentí una descarga eléctrica que azotó todo mi cuerpo. Debido al impacto, muy pronto el frío atenuó y me sentí a gusto, pero casi de inmediato me obligaron a salir: mi cuerpo podía colapsar en cuestión de minutos.

La base científica

Permanecí 34 días en la estación científica ecuatoriana Pedro Vicente Maldonado acompañando a un grupo de científicos y militares. Desde mi pequeña habitación, puedo ver un mar sereno de color plomizo. La base tiene cuatro módulos metálicos de estructura rectangular: un laboratorio, la casa de botes y otros dos, que albergan la cocina, los baños, el salón y los camarotes. Dormimos en habitaciones para dos, cuatro o seis personas. Las instalaciones son sencillas pero acogedoras. La calefacción es fundamental para nuestra supervivencia. Todo funciona con generadores diésel. El agua que bebemos llega directa de un glaciar, la más pura y fresca que jamás he probado.

La luz solar está presente desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, pero los rayos no llegan directos, pues la estación permanece tapada por una extraña bruma. Hoy el termómetro marca menos 18 grados centígrados, uno de los días más fríos del verano antártico, que va de noviembre a marzo. En invierno las temperaturas llegan a menos 40 grados y los mares se congelan. En el interior del continente blanco se registró la temperatura más baja del planeta: menos 85 grados. Los científicos me informan que tenemos vientos de unos setenta kilómetros por hora, las actividades del día quedan canceladas. Salgo unos instantes al exterior. Siempre debemos ponernos tres capas de ropa, la última impermeable, además de gafas polarizadas, guantes, gorro y botas. Abro las dos puertas de seguridad, cientos de miles de motas de nieve revolotean a mi alrededor, el viento silba con fuerza y azota la bandera del Ecuador, que ondea en lo alto del mástil, y resulta imposible ver más allá de unos cinco metros de distancia. Retorno a la base.

El elefante marino

Luego de dos días aislados continúa mi safari antártico en búsqueda de un elefante marino, una enorme criatura que puede llegar a pesar 4.000 kilos. Para mover esa cantidad de grasa apenas dispone de unas pequeñas aletas, así que en tierra se arrastra como si fuera un gusano gigante. En cambio, al llegar al mar nada ágilmente, puede permanecer hasta dos horas sumergido y descender 1.500 metros de profundidad. No es especialmente fotogénico, con su trompa retráctil y sus diminutos ojos. Tengo un macho frente a mí, que me permite poner la cámara fotográfica a escasos metros de su rostro, escucho su hondo resoplido mientras aparezco reflejado en sus pupilas.

No todo el mundo está preparado para visitar alguna de las casi setenta estaciones que hay en el continente antártico, pues para formar parte de una expedición debes superar varias pruebas, tanto físicas como psicológicas. Las estancias son de mínimo un mes, la incomunicación con el exterior es casi absoluta y el encierro es total cuando así lo exigen las condiciones meteorológicas. En esos casos las horas pasan muy lentamente y resulta muy importante tener la mente ocupada. No hay acceso a redes sociales, solo un email colectivo para enviar mensajes de texto.

El reino de los pingüinos

Los pingüinos están dispersos por todo el continente antártico. En la zona que visité habitan dos especies: papúa y barbijo. Ver un pingüino con su torpe caminar es una experiencia deliciosa, pero adentrarte en una pingüinera es bien diferente. En la isla Barrientos, a casi dos kilómetros y medio de la base ecuatoriana, viven unos 10.000 ejemplares. Lo primero que llama la atención es el hedor de las toneladas de excrementos; es tan fuerte que llega a las islas colindantes.

Ajenos a nuestra tecnificada realidad, los pingüinos viven en armonía. Unos pegan graznidos en la orilla, a modo de tertulia; otros nadan plácidamente en el mar o bien duermen la siesta. Las madres se organizan en círculos para proteger a los polluelos, como en improvisadas guarderías. En las zonas altas, los más experimentados ejercen de centinelas, atentos a la llegada de uno de sus enemigos: la skúa, un ave carnívora similar a la gaviota. De repente vimos cómo una de ellas atacó a un polluelo despistado. Planeó hacia él y comenzó a darle picotazos en la cabeza. Cuando todo parecía perdido, un grupo de adultos se alineó en formación militar y avanzó victoriosamente hacia el ave.

En este santuario de vida salvaje las huellas de la atroz lucha por la supervivencia son omnipresentes: esqueletos de lobos marinos, cuerpos de pingüinos en descomposición, aves muertas… Sin embargo, en muy contadas ocasiones, un paisaje de muerte puede adquirir tan singular belleza. Eso ocurre en los cementerios de ballenas, remotas playas donde estos descomunales mamíferos acuden a morir en paz.

En la isla Greenwich hay uno. Sobre la arena negra descansan tres osamentas prácticamente intactas y restos de otros individuos. El lugar emana paz y solemnidad. Su proximidad a la costa y su buen estado de conservación indican que llegaron por sí mismas. Parecen barcos naufragados. Hay uno enorme, quizá fue una ballena azul, el mayor animal que jamás ha existido. Puede llevar aquí treinta, cuarenta o cincuenta años, nadie lo sabe.

Nuestros días en la Antártida llegan a su fin. Partiremos hacia Chile desde el aeropuerto de la isla Rey Jorge. En la minúscula sala de embarque aguarda la expedición brasileña. Un gigantesco Hércules militar planea sobre el cielo y hace un primer intento de aterrizaje sin éxito. La tensión se palpa en los rostros de los cariocas, pues tienen días de demora. El avión lo intenta una segunda vez, pero le es imposible. Retorna a Chile, ya que solo tienen permiso para hacer dos tentativas.

Dos horas más tarde llega nuestro avión. Hay incertidumbre, aún nieva con fuerza, pero esta vez lo consiguió y nos hacen subir de inmediato. El avión despega con fuerza y muy pronto todo se convierte en una inmensa masa blanca. “¿Qué es la vida?”, se pregunta Calderón de la Barca en su famosa obra. “Una ilusión”, se contesta él mismo, “una sombra, una ficción… toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

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