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Cultura

Rock al Parque 2015: La fiesta del furor y la memoria

Desde hace dos décadas, cuando se realizó una primera versión más bien discreta, Rock al Parque ha venido creciendo hasta convertirse en el evento más ambicioso y trascedente de su género en América Latina y el tercero del mundo. Fenómeno masivo que refleja la ebullición cultural de Bogotá, en sus tres días de concierto se presentan de manera gratuita grupos icónicos del mundo y las más importantes bandas colombianas. Se trata de un rito multitudinario y un fenómeno de sorprendente comunión. En 2015 estará dedicado a la paz. Crónica sobre uno de los grandes eventos del año.

Por: Iván Beltrán Castillo
Fotos: Lisa Palomino

Llegan de todas partes como una procesión cinematográfica, atraídos por la música y el anhelo de comunicación que, en los días rutinarios, les son casi vedados. Un buen número pertenece a las tribus, hordas, familias, castas y clanes de barriada; expresiones grupales de una existencia difícil, rebelde e inconforme. Hombres y mujeres dulces y extraños, acostumbrados a romper calles, veredas y arrabales y a refugiarse del aluvión de la realidad en el limbo de la música. Atravesados, a veces; camorreros en ocasiones, pero capaces de entablar lealtades increíbles cuando el mundo les regala la oportunidad.

Son apenas algunos de los adeptos a Rock al Parque. Desheredados sublimes. Todo lo que piensan y sienten sobre su destino y la imposibilidad de poder juntar las piezas del rompecabezas de sus sueños parece gritar en sus ropas oscuras, desafiantes crenchas, botas acorazadas, aretes, anillos, cinturones, tatuajes, abrigos, jeans y camisetas de estampados alarmantes pero, sobre todo, en sus palabras y en su forma singular de contonearse, cual extraños peces, cada vez que la música inicia su convocatoria.

Pero esos jóvenes rebeldes serán solamente algunos de los asistentes a la vigésimo primera versión de Rock al Parque, que se realiza este mes en el Parque Metropolitano Simón Bolívar de la capital colombiana. Arribar a semejante cantidad de versiones es digno de la más estruendosa celebración, porque, al principio, nadie daba un céntimo por el destino de un festival gratuito realizado en una urbe sin tradición alguna en estas lides. Bogotá ha sido tibio escenario de espectáculos y, por eso mismo, existe a lo largo y ancho de la ciudad una especie de cita, un pacto, un acuerdo tácito. Allí estarán todos los adeptos de una música que ha puesto gloria, aunque también tragedia, en la historia del mundo, cuyos artífices llegan a ser como dioses encarnados y, cada tanto, también dioses suicidas: el tempestuoso rock.

Al lado de aquellas criaturas sitibundas habrá, como cada año, un buen grupo de viejos lobos del rock and roll, memoriosos y nostálgicos, criaturas escapadas de las décadas del 60 y del 70, cuando el búdico hipismo saltó a la escena e intentó pacificar al mundo desde las barricadas del amor, la poesía y el erotismo. Antiguos rebeldes, la mayoría amoldados casi por completo a los dictámenes de la realidad, jamás dejaron de sentirse seducidos por el llamado de los bajos nerviosos, las baterías incesantes y las compulsivas guitarras eléctricas, y este es el momento preciso para recoger sus pasos.

Allí también estarán los iniciados en la religión dura y gutural del metal, aunque no faltarán los febriles del ecléctico ska, los militantes estrafalarios de aspecto angustiado del punk, los seguidores del rock sinfónico, la tropilla del pop alternativo, del hardcore, el punk metal, el soul, la fusión, el acid jazz e incluso la rumba barcelonesa.

Mirar aquello es siempre como volver imaginariamente a Woodstock, evocar utopías que ya parecen barrenadas, recordar las frases emblemáticas de otros tiempos, empezando por aquella de “hagamos el amor y no la guerra”, y vérselas con los rostros sacrosantos que conforman la iconografía de esta música sedienta: Mick Jagger y su semblante de huérfano travieso, John Lennon con su aspecto de mártir, Jimi Hendrix meciendo su guitarra como si fuera una adolecente dadivosa o Janis Joplin mirando el universo desde su ambiguo cielo.

Es, en fin, como compilar en la memoria los ritmos con que el hombre moderno ha dado curso a su infinita desazón. Pero, por otro lado, aquello es como mirar con ojos incrédulos el muy objetivo éxito y metódico plan de trabajo de los organizadores, inobjetable si se recurre a los convincentes datos y guarismos: Rock al Parque 2014, por dar un ejemplo, tuvo dos escenarios. El primero con 180 kilovatios de sonido y el segundo con 60, aforo para 65.000 espectadores, quinientas personas en la organización y 350 en el montaje, 567 operadores de logística, cien cabezas móviles de luces y 120 unidades Par 64.

Este año subirán a la tarima más de ochenta bandas internacionales, nacionales y distritales. No pasarán más de tres minutos sin que reviente la música, se harán 43 sesiones académicas con la participación de 1.400 personas, están invitados 37 maestros y eruditos de diversos aspectos del rock, así como bandas colombianas radicadas en países como Holanda e Inglaterra.

Es bueno aclarar que ninguna de las agrupaciones que se presentan en 2015 podría ser vista en concierto sin pagar una costosa boleta. Para probarlo, este año llegan a Bogotá algunos representantes míticos del hard rock, como Nuclear Assault y Adrenaline Mob (Estados Unidos), Melechesh (Holanda), el venerado trío de psychobilly Nekromantix (Dinamarca), los maestros del hardcore Atari Teenage Riot (Alemania) y la banda emblemática del rabioso funk The Coup (Estados Unidos). Por supuesto, Rock al Parque también ofrece un amplio y bien sazonado capítulo en español: Cápsula (España), Malón (Argentina), Desorden Público (Venezuela) y Celso Piña (México), el representante más significativo de la nueva ola continental.

Una historia feliz

Hace veinte años, cuando empezó a programarse Rock al Parque, hubo una legión de detractores que consideraban el espectáculo con recelo, temor y razonada ignorancia. No podían concebir que el emblemático Parque Simón Bolívar, la plaza de toros La Santamaría y la Media Torta ‚Äïprimeros escenarios, casi siempre relacionados con actividades de apariencia mansa‚Äï se transformaran por más de setenta y dos horas en espacio abierto a los sonidos profundos, en ocasiones desgarrados, viscerales, vanguardistas y extremos, que acompañan las rutinas de los jóvenes de la ciudad moderna, actuando en su consciencia como voceros de heridas, angustias, esperanzas y grandes obsesiones. A pesar de ser 1995 aparecían, aquí y allá, inquisidores dignos de la noche medioeval y los prejuicios sobre las criaturas del rock estaban muy arraigados en la gran mayoría. Pero una devota tripleta se empeñó en demostrar que semejante celebración, al contrario de convocar un problema, podía ser más bien un fenómeno cultural capaz de aportar un cierto, novedoso, grado de sosiego y madurez a la colectividad.

El grupo de locos por el rock estaba formado por Mario Duarte, actor y músico que en esos años comandaba la ya legendaria banda de rock La Derecha; Julio Correal, impenitente promotor y organizador cultural, que ama tanto el rock and roll como para jugarse la cabeza organizando conciertos tan venerables como temerarios, y Berta Quintero, vigorosa promotora y amante de la música. Ellos fueron los artífices del fenómeno. Correal, para no ir más lejos, inventó el ingenioso y juguetón nombre de Rock al Parque, que tuvo tanto éxito como para ser adoptado inmediatamente como muletilla para eventos de otras estirpes. Así es como hoy, sin que Julio haya cobrado un peso por su autoría, existe también ópera al Parque, Hip Hop al Parque, Sinfónica al Parque, Zarzuela al Parque y hasta Cine al Parque.

Fueron y vinieron por salones gubernamentales, instituciones oficiales o privadas, despachos ministeriales, emisoras, periódicos, disqueras y discotecas, uniendo las piezas para la gran aventura. Cuentan que más de una engolada figura pública se opuso a que el evento tumultuoso llegase a existir.

El rock de la paz

Más allá de ser un gran promotor y organizador de conciertos, Julio Correal es un pertinaz y muy acertado analista de la realidad latinoamericana, desde hace décadas salpicada de tempestuoso rock. Contrario a lo que piensan muchos agoreros, pesimistas y conservadores a ultranza, él está seguro de que un evento de estas características domeña la psiquis colectiva y abre en ella un espacio para la esquiva armonía.

“Cuando empezó esta fiesta anual, los comportamientos eran diferentes. Había en el aire cierta innegable tensión y nunca se sabía del todo lo que podría ocurrir. Nosotros supimos desde el principio que era necesario penetrar la conciencia de los asistentes, tocar su fibra sensible y su conmovedora capacidad de fidelidad, probada en la inquebrantable pasión que profesan por sus grupos. Las primeras emisiones se hicieron sin cultura de convivencia, pero los años pasaron y cada espectador es domesticado por una fuerza benigna y radiante”.

Se trata, asegura Correal, de que se repita el ritual de 2014, donde “después de tres días de vértigo, exorcismo, pasional desahogo, coros, lamentos, loas, blasfemias y descargas musicales, apareció el parte de los cuerpos de seguridad, que muchos vaticinaron terribles. Pero nada de eso, el parte hablaba de un festival gigantesco y polifacético adonde acudió la gente más respetuosa y pacífica de un país al que se considera violento”.