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Destino Chile

Recorriendo Valparaíso

Valparaíso está hecha para caminarla. Construida sobre 45 cerros y con el mar como telón de fondo, la ciudad está llena de callecitas, vericuetos y balcones que la hacen única y sorprendente: a cada nuevo paso hay un grafiti, una tienda única y usos creativos del espacio que la convierten en un destino especial para aquellos con alma bohemia.

Pory Ana Teresa Benjamín
Fotos: Courtesy ProChile

Hice un viaje a Chile en septiembre de 2016 que todavía llevo pegado a las retinas. Primero fueron las calles de Santiago: la música en el metro, las tiendas conceptuales, La Moneda; luego fue el “Fin del Mundo”: la pampa, el Estrecho de Magallanes y los peñascos de Torres del Paine. Una noche me dormí abrazada a la oscuridad fría de las montañas del sur y, a la noche siguiente, me rodeaba una oscuridad distinta: la del desierto de Atacama, con toda su explosión de estrellas.

Pero aquí no voy a contarles sobre el periplo por el sur o por el norte chileno, no… Aquí quiero contarles sobre una ciudad costera: Valparaíso, a la que llegué también de noche y directo al Hotel Casa Higueras. Enclavado en Cerro Alegre, la historia cuenta que en esta zona se instalaron, por los años 20 del siglo pasado, inmigrantes alemanes e ingleses que construyeron sus casas y las rodearon de jardines coloridos. De allí el nombre del cerro. El hotel, de hecho, es una antigua casona restaurada que desde sus balcones domina toda la bahía, repleta de barcos y grúas portuarias.

Esto último, lo de los barcos y las grúas, fue un espectáculo poco agradable. De pie en el balcón de la habitación, con la vista perdida entre las cientos de casitas construidas sobre otro cerro, resultó chocante observar cómo el “desarrollo” llenaba la noche de ruido, el mar de parques para contenedores y el horizonte de brazos metálicos. Me acosté pensando en ello. Al día siguiente había un recorrido por la ciudad.

Los relatos de Felipe

Valparaíso, para los mapuches, se llamaba Alimapu. En la época prehispánica vivieron allí los changos. En 1536 llegaron los primeros españoles, y a principios del siglo XIX comenzaron a poblarla inmigrantes británicos y alemanes. No fue sino desde 1920, sin embargo, cuando la ciudad tuvo su primer plan de urbanización. Por eso se dice que Valparaíso fue hecha por sus pobladores, según sus necesidades y posibilidades. Por eso la ciudad no tiene la típica cuadrícula española (plaza principal y edificios importantes alrededor), sino que es una madeja de callecitas, vericuetos y viviendas trepadas en esos cerros inverosímiles.

Cerro Alegre y Barrio Puerto, las dos áreas más antiguas de Valparaíso, son zonas patrimoniales, distinción que implica un trato especial para una de las manifestaciones de arte más reconocida de la ciudad cultural de Chile: los grafitis, que se asoman por todas partes. A pocos metros del hotel aparecen los primeros en paredes de viviendas, en los muros, al costado de una ventana. Los hay grises, de colores vibrantes, los que ocupan todo el costado de un edificio. Los hay con influencia neoyorquina, al estilo del muralismo mexicano y de contenido político, porque el grafiti fue también arma contra la dictadura militar y hoy pervive como medio de denuncia o de memoria histórica.

“El grafiti comenzó en los cerros o en lugares de la zona céntrica con poca supervisión, pero luego muchos de estos grafiteros comenzaron a conversar con los dueños de las casas para solicitarles su muro y poder rayarlos”, explicó el guía Felipe Muñoz, de la agencia Ecomapu Travel. Fue así como los tags fueron perdiendo espacio frente al grafiti porque, con la autorización de los dueños ya no solo tenían el tiempo para trabajos más elaborados, sino el compromiso de hacer uno bueno. Con el permiso, además, vino la competencia por hacer el mejor.

La presencia de este arte callejero es tan fuerte en Valparaíso que la ciudad es, de hecho, uno de los diez mejores destinos del mundo para ver grafiti; tanto, que hay recorridos turísticos especializados en el tema. Aunque es difícil saber cuántos artistas están instalados en la ciudad (muchos van y vienen, dijo Muñoz), en la escena local sobresalen algunos nombres que no solo plasman su arte en las calles de Valparaíso sino en otras partes del mundo: Giova, Un Kolor Distinto, MAV, Cuellimangui, Inti y Daniel Marcelli, entre otros.

Ahora, si bien es cierto que las grandes obras sobresalen por su tamaño y sus colores, caminando por la ciudad es posible descubrir, sobre cualquier pedazo de tabla, en escaleras o letreros, frases llenas de gracia y poesía que muestran el ingenio de los habitantes de Valpo (como también es conocida). En un local cualquiera este mensaje, por ejemplo: “Aquí aceptamos buena onda”. En unos escalones: “We are not hippies. We are happies”. Y este otro, que me pareció especialmente revelador: “Florecer exige pasar por todas las estaciones”.

Todo en Valparaíso grita creatividad; todo es color. Caminar por sus cerros exige estar dispuesto a subir escaleras y bajar caminillos empinados, pero tanto subir y bajar se compensa con el asombro constante que dan no solo los grafitis o los letrerillos, sino los móviles, los farolillos, las decoraciones con vasos, telas y plantas… De pronto va una por un callejón flanqueado por casas altas y, de un momento a otro, desemboca en un balcón-mirador público, desde donde se ven los demás cerros. De pronto está una contemplando el paisaje y desde una calle aledaña alguien vocifera, porque la calle angosta y empinada vence su habilidad para manejar un auto de cambios. Valparaíso es bello pero tiene sus problemas: el tráfico en esas calles imposibles y los incendios desatados por el viento y que no son fáciles de controlar, precisamente por la topografía.

Ya abajo, en el Barrio Puerto, el ambiente cambia ligeramente: se nota que es un barrio viejo, los grafitis son más políticos, el ruido del puerto se resiente más. En la Plaza Sotomayor —que divide Barrio Puerto del centro financiero— había ese día un concierto para recordar a la gran Violeta Parra; en la Plaza Echaurren, construida en 1897, caminan hombres con chaquetones largos y boinas como gente de otros tiempos.

La caminata por Valparaíso termina en el Cerro Bellavista, allí donde queda La Sebastiana, la Casa Museo de Pablo Neruda. Aunque parezca increíble, estando tan cerca no hubo tiempo para visitarla…