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Vistas de Panama

Rastros chinos en Panamá

Los chinos llegaron a Panamá a mediados del siglo XIX, para construir el ferrocarril que unió las ciudades de Panamá y Colón. Luego participaron en la construcción del Canal de Panamá. Hoy, su presencia es fuerte en el comercio al por menor, y su influencia en la cultura se siente en la comida, la literatura y la idiosincrasia panameña.

Por Ana Teresa Benjamín
Fotos: Carlos E. Gómez, Eduardo Grimaldo

Están en el mafá ―ese pan frito dulce que con los años se volvió salado― o en el fia’o, lista de compras a crédito que sigue siendo costumbre en las tienditas de barrio. Están en el color rojo de la entrada de los comercios, en el gato de la fortuna, en las clínicas de acupuntura, el sistema educativo y los diarios escritos en mandarín.

Los chinos llegaron a Panamá allá por 1852, cuando la construcción del ferrocarril transístmico estaba en pleno apogeo. En su libro Cómo, cuándo y por qué llegaron los chinos a Panamá, Berta Alicia Chen señala que el primer grupo de trescientos zarpó con destino al istmo en 1852 de algún puerto controlado por los británicos.

Quizás el más famoso embarque de chinos que llegó a Panamá fue el que trajo el bergantín Sea Witch, en 1854. Eran 712 hombres en la barriga de aquel barco ―que viajaron varias semanas hacinados en condiciones insalubres, sin alimentos suficientes― y llegaron a Taboga el viernes 30 de marzo. Setecientos uno tocaron tierra.

“Se les ubicó en campamentos a lo largo de la línea férrea en construcción… Apenas llegaron, 32 enfermaron y murieron. La siguiente semana, otros ochenta enfermaron por causa de la disentería, la malaria, la fiebre amarilla y la desnutrición”, cuenta Chen. Los que sobrevivieron no la pasaron muy bien: aunque eran buenos trabajadores, otros compañeros los hostigaban debido a su aspecto y costumbres. Pero la peor parte les llegó cuando, por asunto de costos, la Compañía del Ferrocarril dejó de proporcionarles el opio que, según cuenta la historia, los mantenía en cierto estado de bienestar emocional.

“Desprovistos de la droga que les había ayudado a soportar las duras condiciones laborales y climáticas, presos de la soledad, confusos con las diferencias lingüísticas y culturales, carentes de alimentos adecuados, agobiados…”, los chinos se pusieron melancólicos y comenzaron los suicidios. “La mayoría de los suicidios tuvo lugar en el poblado de Matachín…”: algunos se colgaron de sus coletas, otros se enterraron varas o se dejaron caer sobre machetes, unos más se colgaron piedras al cuello y se lanzaron al río, otros dejaron de comer hasta morir de inanición…

El principio de la historia de los chinos en Panamá fue infeliz, como lo fue en otros países de América adonde llegaron en condiciones casi de esclavitud. Como cuenta Antonio Wong en la antología Vástagos del dragón, 26 poetas chino-panameños, publicada hace unos meses:

“Fueron esas promesas y decisiones
Que sufrieron
La malaria y el paludismo
Y las terribles invasiones
De los ejércitos de mosquitos
Esas inclementes condiciones
Hasta obligaron a muchos a ir al suicido…”.

Con el paso del tiempo, los chinos se fueron desligando de los duros trabajos ―primero en el ferrocarril, luego en la construcción del canal― y crearon huertos, negocios y templos. Surgió el Barrio Chino, allá por Salsipuedes, y se volvieron imprescindibles para el resto de la sociedad con su oferta culinaria, lavanderías, panaderías, ferreterías y tiendas de ventas al por mayor y al detal de cuanto producto y chuchería existe sobre la faz de la Tierra. Como dice Dagoberto Chung, hombre de teatro y narrador colonense, en la misma antología y a propósito de su padre:

“Niño-espiga creciendo entre surcos de arroz
Viajero joven
Viajante aventurero
Semilla de la diáspora cruzando el mar. Aquí fue extranjero
Albañil
Cocinero
Artesano
Estibador
Proletario
Comerciante tendero…”.

Hoy, integrados a este país diverso y a veces gris, a veces radiante, los chinos siguen aportando lucidez, conocimiento y vida a una sociedad que, de pronto, no percibe cuánto tenemos de ellos.

Los barrios chinos

Hasta principios del siglo XX, los chinos que se quedaron en Ciudad de Panamá vivían en barracas, pero poco a poco fueron habitando viviendas en los populosos barrios de Santa Ana, El Chorrillo, El Terraplén, Salsipuedes y la Avenida B, en lo que hoy se conoce como el centro histórico de la capital. En este espacio geográfico crearon templos, sociedades y salas de juego, lo que les permitió conservar sus costumbres y tradiciones en un país que les resultaba extraño.

Ese barrio de principios del siglo pasado aún vive: hay allí tiendas diversas, restaurantes y olor a incienso, y durante el Año Nuevo la callecita principal se viste de dragón y de fuegos artificiales. En la Avenida B, por ejemplo, son muy concurridos los almacenes en donde se venden bisutería y objetos para fiestas infantiles, así como los restaurantes que exhiben el pollo y el puerco asado en la vidriera, en una clara invitación al placer de las comidas.

El crecimiento de la población china provocó que el barrio “tradicional” se quedara pequeño, y desde hace algunos años otra zona de la ciudad, llamada El Dorado, empezó a poblarse de nuevos comercios administrados por familias chinas. Como en el antiguo barrio, abundan las tiendas de víveres y artículos varios, pero también saltan a la vista las peluquerías y las tiendas de ropa. Precisamente en esta zona está el Centro Cultural Chino Panameño o Instituto Sun Yat Sen, colegio terminado en 1992, que entre sus cursos regulares ofrece clases del idioma mandarín, música, pintura, cocina y artes marciales. En el colegio funciona una biblioteca, la única especializada en sinología.

El Parque de la Amistad

Es quizás uno de los lugares más pacíficos que tiene esta ciudad que, por pequeña, no deja de ser caótica. Ubicado frente al Instituto Sun Yat Sen, el Parque de la Amistad Chino-Panameño es un oasis de tranquilidad que recibe al visitante con una Fuente de la Fortuna y lo invita a pasear por sus tres puentes: el de la Suerte, el de la Larga Vida y el de la Dicha.

El parque se recorre en diez minutos, si anda usted con prisa, pero la idea es disfrutarlo a pasos lentos mientras se contempla la caída de las hojas secas y se adivinan los tonos del agua del estanque repleto de tortugas. El estanque se llama Lago de la Felicidad y en el centro hay una escultura de la Virgen de la Misericordia, como “símbolo de amistad entre dos pueblos hermanos”.

Conviene, después del breve recorrido, sentarse un rato en la terraza para estar. La quietud y el viento van llenando el espíritu de energía, y tras media hora en el parque sale una con fuerzas para enfrentarse, otra vez, a ese tránsito loco que colma la ciudad.

Entre templos y restaurantes

No deje de ir al Templo Budista, ubicado en la Transístmica, muy cerca del Colegio La Salle. La sola decoración es una delicia para quienes practicamos una religión distinta.

Entre los mejores restaurantes se encuentra el Lung Fung y el Golden Unicorn, pero si quiere experimentar en serio, visite alguno de los varios restaurantes de la parte posterior del Centro Comercial El Dorado, en la avenida conocida como la “Tumba Muerto”.

¿Le gustan los adornos o la simbología china? Frente al Lung Fung hay una tienda sin nombre ―pregunte a los lugareños para dar con ella― que tiene una sección dedicada a las figuras o símbolos de la cultura (el dragón, el mono, el Buda…), pero también ofrece vajillas, floreros, ropa, víveres y potes de diferentes tamaños y formas para el cultivo del bonsái.

Si está en Panamá el 8 de febrero, no lo dude: asómese al Barrio Chino ―muy cerca del Mercado del Marisco, en la cinta costera― para vivir el inicio de las festividades del Año del Mono de Fuego.

Poesía de los descendientes

En marzo de 2015 se presentó el libro Vástagos del dragón: 26 poetas chino-panameños, que muestra parte de la poesía escrita por los descendientes chinos en Panamá, incluyendo a Carlos Francisco Chang Marín, Antonio Wong, César Young Núñez, Gloria Young, Carlos Fong y Lucy Cristina Chau, entre otros.

Llaman la atención los textos del ya fallecido artista, educador y dirigente político Chang Marín relacionados con el tema canalero, la vida en el campo o los grandes héroes del istmo, como Victoriano Lorenzo. También se encuentra el tono pesimista de Arnoldo Díaz Wong, quien en su poema “Pedazos de ansiedad nos deja el tiempo” nos regala este verso:

“… vivimos
Para ocupar el vientre de la muerte”.

Carlos Fong se ocupa de temas más actuales con su poema “No fuimos héroes”, a propósito de la muerte, en 2011, de cinco jóvenes recluidos en una cárcel panameña:

“No fuimos héroes.
Solo fuimos hijos de la violencia y el miedo.
El odio que consumimos, ya lo probamos.
La rabia que sentimos, se nos regresó con dedicatorias.
La deuda que debíamos, la pagamos
Con cenizas y un rastro de piel”.

Gloria Young muestra su erotismo crudo y Lucy Cristina Chau aborda el tema del amor y del humor.

El compilador del libro fue Luis Wong Vega y este libro es una “continuación” de la Antología de poesía colonense (1900-2012), presentada en 2012.

Actividades del Año Nuevo Chino en Panamá

El sábado 6 y domingo 7 de febrero, la Sociedad Fa Yen, en conjunto con la Alcaldía de Panamá, realizará una gran celebración de Año Nuevo en el Centro de Convenciones Figali, en la Calzada de Amador. Habrá magia, danzas, presentaciones artísticas y banquete con las delicias de esta milenaria cultura. La entrada es gratuita.

La Danza de los Leones se realizará el lunes 8 de febrero, tanto en el viejo Barrio Chino como en el nuevo, ubicado en El Dorado, para realizar las acostumbradas visitas a los comercios de ambas zonas. La actividad empieza a las 9:00 a.m. y termina a las 6:00 p.m.