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Destino México

Puerto Vallarta – Riviera Nayarit, nuevo destino de Copa Airlines

Tanto en Puerto Vallarta (famoso por sus paradisíacas playas) como en Rivera Nayarit (plena de resorts, bungalows y villas), los turistas disfrutan de numerosas actividades en medio de la naturaleza.

Por: Juan Abelardo Carles R.
Fotos: Javier A. Pinzón

Hay que agarrarse bien a los travesaños del cuatrimotor para no zarandearse mucho, mientras superamos los obstáculos del camino. Subimos, bajamos, frenamos, tomamos la curva y volvemos a subir, mientras las ramas que bordean el camino nos acarician los hombros, y el cordón cremoso del río Cuale aparece y desaparece al fondo del cañón. La cúspide del rally, literalmente, es atravesar el puente colgante más largo del mundo, con 470 metros de un lado a otro, y 150 metros de altura desde su punto medio al fondo del río.

Se trata del puente El Jorullo, parte estelar de las atracciones del Canopy River, complejo turístico administrado por una cooperativa de habitantes del ejido del mismo nombre. Además del rally en cuatrimotor, el Canopy ofrece tirolesa, rappel, cabalgata y senderismo, entre otras actividades. Resulta peculiar pensar en actividades de montaña en este sitio, pues desde el mirador de su restaurante se alcanzan a ver las aguas azules de la Bahía de Banderas y, alrededor de ellas, las borrosas edificaciones de Puerto Vallarta y la Riviera Nayarit, paraísos playeros por excelencia del Pacífico mexicano.

Pero es que el circuito de Puerto Vallarta-Riviera Nayarit es mucho más que aguas color turquesa y arenas tan finas como el talco. Panorama de las Américas fue hasta allá para descubrirlo, como antesala del servicio regular que Copa Airlines inaugurará en diciembre próximo entre este rincón de ensueño y el Hub de las Américas, en Panamá. De hecho, comenzamos nuestro relato cerca de este río, pues de algún modo entra a la historia mucho antes que Puerto Vallarta propiamente dicho.

Conquistada por los españoles en 1525, la zona permaneció bastante aislada debido a los sistemas montañosos y selvas que la rodean, tanto así que era utilizada como escondite por piratas y merodeadores, esperanzados en asaltar alguno de los mercantes españoles que enlazaban Manila con Acapulco. Al sur de la bahía, tierra adentro, surgieron pueblos mineros como Cuale, San Sebastián y Mascota, a los cuales les resultaba muy difícil abastecerse o sacar su producción a través de la sierra hasta Guadalajara. Ambas operaciones eran más sencillas por barco, atravesando la Bahía de Banderas, por eso en 1851 fue fundado Puerto Vallarta, inicialmente llamado Las Peñas, para centralizarlas.

La vida en la zona siguió el perezoso ritmo de un pequeño puesto comercial hasta 1964, cuando hasta allí llegó el legendario director John Huston junto a su equipo para dirigir La noche de la iguana; con él vinieron los protagonistas Ava Gardner y Richard Burton; junto a Burton llegó su novia, Elizabeth Taylor, y tras todos ellos, una legión de paparazzi y reporteros de crónica rosa que, al llevar la historia del romance a su audiencia, también les descubrieron el escenario idílico en el que transcurría. El sino de Puerto Vallarta quedó marcado y, un par de décadas después, Riviera Nayarit también la siguió.

Muy poco queda del tímido caserío que conocieron Taylor y Burton. A las casas encaladas y tejadas las reemplazan ahora hoteles simpáticos que dan a un malecón. A pesar de la transformación, la esencia de Puerto Vallarta perdura y emana de aquí a borbotones, no solo para hechizar a quienes languidecen tumbados en la arena, sometidos al vaivén de las olas, la brisa y el sol, sino para envolver casas y calles cercanas al litoral. Nosotros la sentimos al caminar, mientras visitamos sitios emblemáticos como la Catedral, con su torre techada con una cúpula que recuerda la corona de Isabel II, y las esculturas de bronce, todas de grandes artistas mexicanos, que adornan el litoral.

Hacia el suroeste de Puerto Vallarta, partiendo desde Boca de Tomatlán, la costa esconde numerosas caletas y playas pequeñas que reafirman la sensación de estar en un paraíso exclusivo, oculto e inédito. En estas excursiones no puede faltar una visita a Los Arcos, grandes promontorios unos metros fuera de la costa, donde la erosión marina ha abierto dos pasajes que le dan nombre al monumento natural; también se puede ir al Club de Playa de Majahuitas, que ofrece todo para relajarse y cargar pilas, o bien experimentar el Ocean Manía, una excursión que promete dosis intensas de adrenalina. Culmine la jornada envuelto en el ensueño de Savia, un espectáculo de performance, luz y sonido que se ejecuta en la playa de Las Caletas.

Tanto que hemos experimentado, y eso que nos falta la zona norte de la bahía, que pertenece al estado vecino de Nayarit y que, desde hace unos veinte años, también forma parte de este maravilloso circuito turístico. En contraste con la parte sur de la bahía, Riviera Nayarit es más llana, espaciosa y el largo litoral que va desde Nuevo Vallarta hasta Bucerías, por ejemplo, está rodeado por inmensos hoteles de lujo. Si en Puerto Vallarta y sus alrededores sentíamos la intimidad del rincón recluido, de la ensenada oculta entre los verdes del bosque, en Riviera Nayarit nos elevamos ante la inmensidad de sus playas y el infinito de sus cielos.

Esta sensación de inmensidad es la que ha hecho famosas las salidas y puestas de sol en la zona. Para la primera, madrugamos y vamos a la Marina de la Cruz de Huanacaxtle. Aunque el amanecer es nublado, el astro rey se las arregla para regalarnos una paleta que va del gris plomo al violeta, en un espectáculo al que responden miles de pájaros con sus trinos. Le sacamos provecho a la madrugada y vamos hasta el cercano muelle de pescadores, donde vemos cómo se saca el fruto de la faena, que será vendido en un mercado allí mismo.

Para el atardecer nos trasladamos al pueblo de San Francisco (o San Pancho, como lo llaman acá). Nos sentamos en el restaurante Las Palmas a degustar delicias de mar y mojitos, mientras el sol desciende lentamente. Esta vez, el dosel nuboso atenúa la intensidad de la luz y vemos la esfera rojiza ocultarse, solazándonos en la sensación de relajación que tal escena produce siempre. San Pancho es parte de un cordón de pueblos llenos de color y tradición que bordean la costa nayarita al norte de Bahía de Banderas. Se trata de un poblado tranquilo, íntimo, refugio para artistas plásticos y parejas en busca de paz.

Su vecino, Sayulita, es un poco distinto. Desde hace décadas proclamado como santuario para hippies que migran desde Estados Unidos, ha ido evolucionando hacia un ambiente más chic y recientemente fue incluido en la lista de “pueblos mágicos” de México. A Sayulita se va a aprender surf, pues la configuración de su litoral deja espacios más clementes para la práctica de novatos en este deporte. Aparte de ello hay múltiples espacios para la tradición y las artes, como Galería Tanana, que ofrece piezas de arte huichol producidas por un colectivo de artesanos de dicho pueblo (aunque ellos se autodenominan wirrárikas), habitantes de las sierras de Nayarit y Jalisco. Si está en la zona cerca del Día de Muertos (2 de noviembre), no se pierda las celebraciones, que incluyen una romería en lanchas hacia el mar para depositar ofrendas en honor de los pescadores que salieron a faenar pero nunca volvieron.

El ambiente tradicional y sosegado de los pueblos se intercala con la sofisticación y el lujo de los desarrollos turísticos. Punta Mita, por ejemplo, antiguo pueblo de pescadores que ahora presume de hoteles, resorts y clubes de playa de primera categoría y, para rematar, el campo de golf Punta Mita Pacífico par 72, que lleva a los aficionados por un escenario paradisíaco y seduce con el reto singular de un hoyo en un islote al que solo se puede llegar a pie con marea baja.

Comenzamos nuestro recorrido en un escarpado camino de terracería, en medio de la selva tropical, y lo terminamos frente a un green perfecto, rodeado de flores exóticas y arrullado por la brisa y las olas. Hemos ido de la exaltación a la serenidad. Y es que así es Puerto Vallarta-Riviera Nayarit: un recorrido de emociones distintas con aventuras para familias, parejas o viajeros solitarios, para quien busca los extremos o para el que añora el equilibrio, la paz o la aventura.