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Vistas de Panama

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República Dominicana paraíso de sabores y colores

Playa, brisa y mar caracterizan esta isla paradisíaca bañada por las aguas del mítico mar Caribe. Sus antiguos habitantes eran los taínos, palabra que significa “los buenos” en su idioma, quienes llamaban a su tierra Quisqueya; es decir, “madre de todas las tierras”. Cristóbal Colón llegó a esta isla el 5 de diciembre de 1492 y la llamó La Española.

Texto y fotos:  Javier A. Pinzón

Santo Domingo

Santo Domingo, su capital, le brinda al turista una experiencia cultural inolvidable, que se evidencia en su gastronomía y su música: singular mezcla entre la influencia española, africana y aborigen. Pasear por esta ciudad, la más antigua de América, y caminar por sus estrechas calles adoquinadas es todo un placer, pues existen más de trescientos lugares históricos que fueron construidos por los españoles durante la época colonial y hoy resultan de gran interés cultural. No en vano, es reconocida por albergar muchas de las primicias del Nuevo Mundo, que se remontan a 1496, cuando Bartolomé Colón fundó la ciudad. Allí funcionaron el primer Obispado (1504), la primera Capitanía General, el primer Virreinato, la primera Real Audiencia (1511), la primera iglesia (Ermita del Rosario, 1496), el Hospital de San Nicolás (1503) y la primera catedral (1530) del nuevo continente.

Su cultura es una simbiosis rica y dinámica de diversas influencias que responde a la necesidad de adaptarse al nuevo hábitat. Es el fruto de un prolongado mecanismo de transculturación que comenzó a partir de la Conquista española, incorporó ingredientes a la tradición aborigen y luego sumó el elemento africano. El acordeón, el güiro y la tambora —instrumentos típicos del merengue dominicano— representan la unión de las tres culturas. Y la bachata, surgida en la marginalidad de las ciudades y calificada como “música de amargue” por sus letras melancólicas, hoy es reconocida a escala mundial. El baile no solo se limita a los bares y discotecas, también se practica en las tiendas de barrio, localmente llamadas colmados, las cuales se adaptaron para sobrevivir a la llegada de los supermercados.

 

 

Punta Cana

Aquí, donde el océano Atlántico se encuentra con el mar Caribe, desde el extremo norte, en Uvero Alto, hasta el sur, en Cap Cana, los “resorts” todo incluido y hoteles “boutique” ofrecen el confort de la vida moderna frente al mar. Bendecida con una de las costas de arena blanca más largas del Caribe, 48 kilómetros, Punta Cana posee once playas certificadas con Bandera Azul. Un buen plan es saltar de playa en playa para poder disfrutar de todo su esplendor: desde el pintoresco “surf hub” de Macao y las playas de moda de Bávaro, Corales y Cortecito, rodeadas de tiendas, deportes acuáticos y bares frente al mar, hasta la aislada playa de Juanillo, entre otras.

Las familias podrán disfrutar de centros de entretenimiento y parques acuáticos para niños, mientras que las parejas hallarán enclaves de ensueño para celebrar bodas, con ofertas para realizarla en la playa y vivir una estancia más romántica e inolvidable.

Pero en Punta Cana no solo encontrará diversión bajo el sol, con fina arena blanca y un mar cristalino e iridiscente para nadar, pescar o darse un chapuzón entre vida marina y barcos hundidos. Esta zona también es el paraíso para los golfistas, con diez campos ubicados a lo largo de la costa, tiene lujosas marinas con  cenas “gourmet” y una zona de bienestar con los mejores “spas” del país, incluyendo el único Six Senses del Caribe.

También puede pasar un día lejos de las playas y encontrar un sinfín de aventuras terrestres. Refrésquese en los cenotes y lagunas de agua dulce escondidos dentro del bosque en Ojos Indígenas. En Scape Park, los más jóvenes de la familia podrán disfrutar de “zip lines” y expediciones en cuevas; en el Bávaro Adventure Park, que abarca más de 44 hectáreas encontrará “zip line”, escaladas en jardín, circuito de Segway, “paintball”, “bungee” trampolín, simuladores de vuelo, una pista para bicicletas de montaña y más de veinte dinosaurios animatrónicos.

 

 

Samaná

Durante su primer viaje, en 1493, Cristóbal Colón pisó la provincia de Samaná, tierra habitada por pobladores ciguayos, en lo que hoy es la República Dominicana. Han pasado ya 524 años, y en sus tierras han vivido cimarrones, franceses, ingleses y españoles; pero sus bellezas naturales se han conservado casi intactas: playas vírgenes de arena blanca, mar azul turquesa y un exuberante techo de palmeras. Este rinconcito escondido de República Dominicana ofrece al viajero la oportunidad de presenciar el sublime ritual del apareamiento de las ballenas.

Y es que cada año, desde diciembre hasta abril, unas tres mil ballenas visitan la Bahía de Samaná procedentes de los mares de Islandia, Groenlandia, Canadá y Estados Unidos y dan un espectáculo extraordinario.

En los primeros meses se abre el telón: machos de cuarenta toneladas intentan atraer a las hembras y para ello saltan por encima de la superficie del mar y cantan una canción larga y reiterada, que las hembras pueden oír hasta treinta kilómetros de distancia y también los turistas, si se sumergen unos pocos metros bajo el agua. Después del apareamiento viene la segunda parte del espectáculo: el nacimiento de los pequeños ballenatos, con el modesto peso de una tonelada y dimensiones que van de 3,50 a cinco metros.

Una de sus playas paradisíacas es Las Terrazas, una franja de quince kilómetros de costas protegidas y playas vírgenes de arena blanca, donde hay gran variedad de restaurantes internacionales que deleitarán su paladar. Este es el lugar ideal para practicar deportes como buceo, esnórquel, tenis y golf. Otra es Las Galeras, una de las zonas de mayor afluencia turística, donde se encuentra Rincón, una de las diez playas más hermosas del mundo, por sus condiciones naturales y sus tres kilómetros de arena fina y blanca. Para cerrar con broche de oro está Playa Frontón, solo accesible en bote, con aguas cristalinas y una gran pared rocosa que enmarca el paisaje. Es un sitio ideal para hacer esnórquel, debido a la cantidad de arrecifes de coral. El contraste de la pared rocosa con el verde de la densa vegetación, la arena blanca y el agua turquesa hacen de este paisaje un lugar único y memorable, imposible de olvidar.