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Destino Costa Rica

Pozo Azul: Veinticuatro horas de adrenalina en el bosque

A noventa minutos de San José, en la vía que lleva a Sarapiquí, muy pronto desaparece el caos urbano y la naturaleza se apropia del paisaje. Por allí, una reserva, dedicada al turismo responsable, ecológico y aventurero, ofrece una oportunidad perfecta a los trotamundos que desean vivir la selva centroamericana con otros ojos.

Por Julia Henriquez
Fotos:: Demian Colman

A noventa minutos de San José, el tráfico y el ruido de la ciudad desaparecen. La naturaleza se apropia del paisaje y el azul del río refresca la mirada de los que hemos llegado a la hacienda Pozo Azul, en Sarapiquí. Esta reserva, dedicada al turismo responsable, ecológico y aventurero, es el perfecto tridente para los trotamundos “green”. Huéspedes y curiosos de paso que quieren vivir la selva centroamericana con otros ojos pueden emprender una actividad tras otra.

Solo tenemos 24 horas en este incógnito rincón del globo, así que apresurados entramos a la recepción. Esta me recuerda un hormiguero en donde hay un aparente caos, pero si te acercas lo suficiente ves todo un trabajo de equipo. Los guías entran y salen llevando una fila de turistas tras de sí, mientras pasan al lado cuerdas, cascos, toallas y zapatos con algún tipo de sincronía. Nosotros decidimos seguir a nuestra hormiga reina hacia la primera actividad.

Cabalgata 

Mientras nos ponemos los cascos y escogemos los caballos, nuestro guía nos cuenta que esta actividad fue la que le dio vida a todo el proyecto. Al principio, los 2.000 acres de rancho solían ser la única atracción, y su dueño, amante de la naturaleza, ofrecía las cabalgatas para que ojos del mundo entero pudiera apreciar la combinación de verdes, flores, río y paisaje que hacen de este rinconcito un imperdible de Centroamérica. Hoy la tradición sigue y los caballos recorren la hacienda como la actividad más pacífica del día. En efecto, atravesar el río Sarapiquí a bordo de este noble animal o sumergirse en medio del tupido bosque constituye el abrebocas perfecto.

Volvemos a la recepción y tras medio segundo de descanso nuestro próximo guía ya espera por sus hormiguitas.

Rafting 

Muy aresurados cambiamos zapatos por chanclas, pantalón largo por corto y corremos hacia una cabaña donde nos ponemos casco y chaleco. En medio de risas nerviosas y ojos saltones, nos dividen y nos vuelven a dividir. Finalmente somos seis y un guía en cada balsa. Casi sin darnos cuenta recibimos las instrucciones: si digo “adelante”, ustedes reman. “Alto”, paran. “Agachados”, bajan la cabeza y suben el remo. “Abajo”, todos al piso del inflable. Y no se caigan, pero si lo hacen, ¡no naden! (¡No naden! Vas en un río con suficiente corriente y la instrucción por si te caes es “¡no nades! que nosotros te atrapamos”. Sigo agradeciendo que no hay tenido que descubrir cómo es eso de que me rescaten).

Entonces, llena de falso valor y un remo más alto que yo, entro a la balsa y me siento en el primer puesto. Somos líderes, él y yo. Yo jamás he podido remar mucho, él está ocupado con su cámara. Una familia de cubanos de Miami y un chino que no habla español nos siguen y juntos formamos un grupo de spanglish-parlantes que muertos de la risa conquistaremos el Sarapiquí.

Remar en un rápido es algo que no puedo poner en palabras. Es algo así como: adelante… adelante… adelante. Agua, dolor de espalda, brazos al máximo, agua. Rápido, adelante. Piedras, catarata, hueco de agua. Abajo. Todos en el bote, unos sobre otros, montaña rusa, corazón a mil, vacío, confusión. Posiciones. Un chorro de agua me cae en la cara, bajada repentina, abro los ojos. No sé muy bien qué acaba de pasar, solo sé que me río a carcajadas y mi corazón palpita cada vez más rápido. Rápidos unos detrás de otros con pequeños descansos para disfrutar el paisaje, el bote para tan repentinamente que te olvidas de que hace dos segundos remabas bajo el agua y una vez te concentras en los paisajes vuelve el revuelto sin previo aviso. Son 45 minutos con rápidos nivel II y III.

Para la pausa a la mitad del recorrido nuestro amigo Sam (de China) ya ha aprendido más español que en todo su viaje por Centroamérica y todos escurrimos agua, maquillaje y lágrimas de risas. Aquí en medio del río, la corriente baja solo lo suficiente para que podamos parar y a un lado del camino, donde el borde del río hace una pared de dos metros, es el lugar perfecto para perfeccionar el salto de altura. De aquí en adelante 45 metros de rápidos nivel I y II.

De vuelta a la recepción, las rodillas tiemblan más que antes, los brazos han hecho el ejercicio de un año y en el plan del día no se ha contemplado un momento para respirar. Nos unimos al hormiguero principal, nos cambiamos de zapatos y corremos a la siguiente actividad.

Canopy

Los arneses nos amarran piernas y caderas, guante en mano, casco puesto y listos para volar por la selva. Son nueve cables en total, unos rápidos y otros aptos para selfie sticks, videos y fotos. Empezamos saltando de árbol en árbol cual Tarzán o cualquiera de los amigos de Jane Goodall. Ramas de diversos colores y tamaños pasan por lado y lado y los descansos en las plataformas nos dan las mejores vistas de Sarapiquí.

Sin duda explorar la selva en Costa Rica es algo lleno de sabor, adrenalina y emoción, pues se conoce desde todos los puntos de vista y hay planes de todo tipo y presupuesto. Aprendiendo de lo que vemos o disfrutándolo con el corazón en la mano es el paraíso selvático que todos están buscando.

Para llegar al último cable nos vamos en carro, dos minutos y llegamos a la sorpresa del momento. Empieza como todos: árboles tupidos y un agujero de gusano por el que viajas en el tiempo, pero esta línea especial tiene un final sorprendente. El panorama se abre y el río cruje, bajo tus pies que vuelan por el aire libre, no hay palabras, y mientras estamos sin aliento, todavía un poco en el aire, el canopy llega a su fin.

Ahora los brazos y las piernas pesan más que nunca y arrastrándonos llegamos a que nos entreguen nuestra habitación. Pero como estamos en Pozo Azul, donde el turismo ecológico tiene un estilo único, nuestra habitación es en realidad una tienda de acampar VIP. Pozo Azul Tents son unas súper carpas que están tendidas sobre plataformas de madera y se alzan en los árboles, ofreciendo una noche de bosque como ninguna otra. Camas dobles, agua caliente y terraza, las mejores comodidades para disfrutar de los ruidos de la noche. A las seis de la tarde, nuestros vecinos, una manada de monos aulladores, entonan su particular canción.

La noche termina de caer en la selva y los animales nos vigilan a lo lejos. Tomamos la linterna que nos dieron junto a las llaves de la carpa y vamos al restaurante. Una deliciosa cena de comida orgánica y local será el cierre de las 24 horas más agotadoras y extremas que he vivido en la selva Centroamericana.