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Destino Brasil

Pisando las calles nuevamente

Muy cerca del centro histórico y de la ciudad moderna de Campinas se encuentran los distritos de Sousas y Joaquim Egídio, dos pueblos vinculados a la historia colonial de esta ciudad del estado de São Paulo, en Brasil. Con sus calles empedradas, las montañas alrededor y su agitada vida nocturna, son ideales para conocer el pasado campinero y disfrutar de la cordialidad brasileña.

Por  Ana Teresa Benjamín
Fotos: Carlos Gómez

El ferrocarril de Campinas tiene los colores de una feria, y su máquina, de vapor, silba como en los mejores sueños infantiles.

Hace un siglo y medio, más o menos, era el medio de transporte para el café que se sembraba en los campos de esta ciudad del estado de São Paulo, en Brasil, pero aquella mañana de agosto su única carga era un racimo de niños, de doce a quince años, que conversaban y reían con estruendo.

El ferrocarril de Campinas tiene un nombre de negra generosa: Maria Fumaça. “Fumaaaza”, se pronuncia, porque está en portugués. Hace un par de años unos campineros se agruparon en la Asociación Brasileña de Preservación Ferroviaria (ABPF) y decidieron revivir el tren centenario con la clarividencia de los sabidos: en estos días de trenes bala, se dijeron, la vieja locomotora y sus vagones tenían todas las posibilidades para ser una atracción turística.

Fue así como el Maria Fumaça empezó a recorrer los caminos de antaño, un trayecto que para los escolares se convierte en clase de historia, aunque divertida: una vez que el tren frena y lanza sus vapores característicos, los niños se bajan para escuchar, en un cuarto de la Estación Pedro Américo, cómo era un día de trabajo en la estación cuando no existían la internet ni los teléfonos celulares. Entre anécdotas y datos, Marcos Carvalho, jefe de tren de la ABPF, los cautiva con los detalles de la construcción —la ventilación natural, los viejos métodos de comunicación y hasta los vestidos— y con aquel pasado de grandes fazendas de caña, primero, y después de café, levantadas a fuerza de músculo esclavo.

El paseo por el tren de vapor es, al final, una mirada al pasado colonial, rural e inmigrante que formó a Campinas, conocida hoy en Brasil como la ciudad de las ciencias, la innovación y las tecnologías.

Campinas rural: entre la historia y la fiesta

Campinas es una ciudad que aporta el 1,8% del Producto Interno Bruto (PIB) de Brasil y, según los datos censales, allí vive más de un millón de personas. Por los años 1700 era apenas una zona de descanso para los viajeros que iban de Goiás a Mato Grosso, pero su historia empezó a cambiar cuando la corona portuguesa cedió unas tierras a Francisco Barreto Leme para que las desarrollara, las sembrara y pagara impuestos.

Durante más de un siglo, los grandes barones o terratenientes de Campinas hicieron prosperar sus fazendas con la mano de obra esclava, pero al ser abolida la esclavitud, en 1888, se quedaron sin brazos. Como solución, sedujeron a cientos y cientos de hombres europeos —italianos y alemanes, sobre todo— para que dejaran sus tierras y viajaran a Brasil, con una promesa de prosperidad que se desvaneció casi en el instante en que pisaron tierra americana y se vieron convertidos en esclavos blancos.

Este ciclo de mano de obra forzada se acabó cuando los inmigrantes empezaron a sembrar sus propias tierras en las villas que a los barones se les exigió construir, y así comenzaron a formarse pueblos como Sousas y Joaquim Egídio, en los que todavía subsiste la costumbre de plantar especias y hortalizas en los patios traseros.

Puede que la ciudad de Campinas sea reconocida como una urbe de vanguardia, por sus investigaciones y el desarrollo de tecnologías, pero Sousas y Joaquim Egídio todavía guardan ese aspecto íntimo y recogido de los pueblos coloniales: casitas bajas, plazas pequeñas, caminos empedrados y ventanas que miran hacia la calle.

 

Tal vez porque está más cerca de la ciudad, en Sousas se siente nada más llegar un movimiento intenso: hay pequeños restaurantes, una plazoleta con venta de verduras y frutas, gente haciendo política —Brasil estaba en plena campaña presidencial en agosto— y automóviles subiendo y bajando el camino. Tal cantidad de actividad en un pueblo de pasado colonial es comprensible cuando se sabe que el desarrollo inmobiliario residencial está en pleno auge, convirtiendo a Sousas en el centro de compra de provisiones de la zona.

Un poco más adelante está Joaquim Egídio, con un panorama totalmente distinto. Todavía adormecido a esas horas, cerca del mediodía, Joaquim Egídio es un pueblo más conectado a la montaña y a la vida campesina: aunque el centro también está lleno de casitas antiguas, caminando un poco es fácil encontrar establos para caballos, potreros y patios sembrados con lechugas y cebollines.

Ambos pueblos están conectados no solo por una carretera en muy buen estado, sino por un trillo sombreado que se camina en una media hora, equipado con bancas y máquinas para hacer ejercicios.

Los que saben dicen, sin embargo, que por las noches Sousas y Joaquim Egídio terminan pareciéndose: restaurantes y bares abren sus puertas de par en par para recibir a los entusiastas nocturnos, y la juerga no termina sino hasta la mañana siguiente, solo por agotamiento.

Herencia esclava: cachaza y frijolera con puerco

Otra forma de conectarse con el pasado colonial de Campinas es visitando Vila Antiga, un museo al aire libre ordenado más bien de forma arbitraria, que exhibe aquí objetos relacionados con la explotación del azúcar de caña en la región, allá juguetes de la primera mitad del siglo XX, antiguas máquinas impresoras y hasta automóviles clásicos.

En la entrada, a mano izquierda, resalta la construcción larga de madera que aloja a dos luthiers: uno de ellos es Ricardo Spieth, fabricante de instrumentos de cuerda y percusión; el otro, David Pupo Nogueira, fabricante de guitarras. El lugar resulta acogedor, porque no siempre se presenta la oportunidad de conversar con dos fabricantes de sonidos y mirar de cerca cómo arman sus instrumentos. Entre una y otra cosa, se entera una de que Spieth fabrica instrumentos pedagógicos y terapéuticos (los compran las escuelas y quienes trabajan con la musicoterapia, por ejemplo), y que Pupo Nogueira consigue la madera para sus guitarras en construcciones antiguas del campo y las recicla, porque “esa es la mejor madera”.

En los predios también se exhiben los trapiches utilizados por los esclavos para extraer jugo de caña y se descubre —por la explicación de un guía— que la bebida alcohólica destilada más popular de Brasil, la cachaza, fue descubierta por los esclavos mientras fermentaban el azúcar de caña.

A los esclavos negros también hay que agradecerles la existencia de las ricas frijoladas acompañadas de rabito, patita o pedacitos de cerdo: durante la esclavitud, los barones tomaban para sí las mejores partes del animal y a los esclavos les daban las sobras. Los esclavos, entonces, preparaban esa especie de sopa de frijoles que hoy puede encontrarse en varios países de América.

El recorrido por Vila Antiga y por el pasado campinero termina con una visita al restaurante del lugar: un espacio abierto que ofrece muestras de la gastronomía brasileña como los asados hechos allí mismo, frente a los comensales, el arroz con pequi (una especie de fruta) y el preciado dulce de leche, de consistencia firme y con un sabor semejante al flan.

 


Cómo llegar

Copa Airlines ofrece un vuelo diario al aeropuerto de Viracopos, en Campinas, en sus aviones 737-800. Para más información ingrese a www.copaair.com o www.campinas.sp.gov.br.

Dónde ir

Más arriba de Joaquim Egídio, en el Monte Urania y a 1.050 metros de altura, se encuentra el Observatorio Municipal de Campinas Jean Nicolini. Como instalación de la Secretaría de Cultura, desde 1999 se usa como sitio para la investigación astronómica. “Fotografiamos asteroides y meteoritos, y estas fotografías sirven para unirlas a otros datos de otros telescopios y así armar los mapas del universo”, explica Adilson Fernandes Dias, encargado de mantenimiento de los equipos.

Si quiere conocer el centro histórico de la ciudad de Campinas no deje de visitar:

Mercado Municipal

El edificio, que data de 1902, fue estación de ferrocarril. Su interior es un festín de colores: especias y condimentos para casi todo, frutas, vegetales, carnes (ahumadas, saladas y frescas) y mariscos.

Torre del Castillo (Torre do Castelo)

Siendo el punto más alto de la ciudad, desde la cúpula se aprecia una vista panorámica.

Palacio de los Azulejos

De 1878, hoy es el Museo de la Imagen y el Sonido.