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Destino Argentina

Parque Nacional Tierra del Fuego: donde nada es absoluto

Tan contradictorio como su nombre, Fuego, cuando en realidad es Nieve, los senderos de este Parque Nacional, al sur de Argentina, conducen al lugar donde todo se confunde: el agua dulce con la salada, el Atlántico con el Pacífico, los Andes con las costas oceánicas.

Por Marcela Gómez
Fotos: Demian Colman

El lago Roca fue primero un glaciar. Cuando el hielo se derritió y el agua quedó atrapada entre las montañas, fue fiordo. Luego el mar entró y lo cubrió de agua salada, y entonces fue bahía. Pero el mar se retiró luego y ahora es lago de agua dulce otra vez.

El lago Roca me emociona. Y no es solo por su alocada historia geológica. Me emociona su universo eterno de nieve, montaña, agua y glaciar. Las olas llegan agitadas a la playa, empujadas por el viento. El sol, tímido, apenas asoma tras las nubes, anunciando un rato tibio que muy pronto es conquistado de nuevo por el frío. Y sin embargo, es tan embrujador el escenario. Recién partió el último de los buses de turistas y solo queda el silencio humano y el barullo del agua que un día fue mar y más atrás en el tiempo fue glaciar. Quizá su color blanquísimo quiera hablarme de las aguas que una sobre otra han habitado esta cavidad que hoy luce plácida, tan lejos y a la vez tan cerca de las corrientes oceánicas. Te he soñado lago Roca cuando he soñado con los Andes. Te he habitado en mis sueños de caminante. Te he añorado, incluso, antes de haberte conocido. Me atan ahora a ti los recuerdos de una tarde que quiso ser tibia y el viento antártico no lo permitió. Tú reúnes mi idea del Ande: nieve, montaña, agua, pero eres además Ande con olas y sonido de mar.

Aquí es donde todo se confunde. El espinazo andino que viene hacia el sur en perfecta línea vertical tuerce de repente hacia la izquierda, trazando una línea horizontal de oeste a este. Todo cambia entonces. Una lengua de Argentina queda al otro lado de los Andes, mirando de frente las montañas nevadas de Chile y separados ambos tan solo por el Canal del Beagle. Canal de Beagle: ¡ahhh, qué paisaje sin igual de cielos plomizos y montañas de curvas redondeadas!

Roca fue el nombre que te dieron los latinos después del célebre abrazo de los presidentes Julio Roca (de Argentina) y Federico Errázuris (de Chile) en 1899 a bordo del crucero O’Higgins, para poner fin a un litigio de fronteras. Pero tú no sabes nada de fronteras; tus aguas se riegan sin reparar en límites y luces hoy con más orgullo el viejo nombre que te dieron los yámanas: Acigami (bolso alargado).

Recorro tus costas quebradas, que a veces son suaves delineadas por playas blancas o empedradas y otras son barrancos, desde lo alto de los cuales te observo silenciosa. Por momentos el camino penetra por el tupido bosque de lengas que te bordea y entonces puedo deleitarme en medio de tus encajes de árboles y hojas. Caminamos apurados, pues ya es tarde y queremos llegar hasta el hito 24. Y no es que el hito 24 tenga algo especial. Uno más de los 25 que originalmente trazaron los dos gobiernos para determinar sus fronteras. Lo interesante es bordearte, abrazarte, conocer tus horizontes de formas triangulares coronadas de nieve y escuchar tus silencios apacibles. Era así como la yámanas observaban su universo: trataban de descifrar su lenguaje de formas, movimientos, colores, sensaciones y ausencias, para lo cual tenían una expresión: maia-ku. Permíteme el maia-ku, pues según tus habitantes originarios solo viendo así el universo es posible “aprehenderlo”.

Llegué al lago Roca en busca de uno de los principales escenarios del Parque Nacional Tierra del Fuego, un área de casi 79.000 hectáreas que reúne lagos, ensenadas, montañas, ríos y valles inundables, en los cuales se fracciona la geografía americana antes de abandonar definitivamente la tierra para entrar a aguas polares. Y aunque me detuve en el lago Roca durante largas horas a disfrutar de su apacible silencio, lo cierto es que son más los hitos que es necesario conocer.

Ahora estoy en la Hostería Alakush, en el extremo sur del lago, justo en el lugar donde nace el río Lapataia, que recorre sus dos kilómetros de existencia en territorio del Parque Nacional. Desde el solitario balcón del segundo piso, donde el viento azota e impide el silencio, disfruto de la extraordinaria vista del cerro Cóndor y alcanzo a divisar el nacimiento del río y cómo sus aguas celestes dividen el verde valle. También el río tiene una entramada historia geológica, pues su cauce fue labrado por el glaciar que en las últimas fases del cuaternario descendió desde la cordillera, avanzó por el valle y se unió al gigantesco glaciar que era en ese entonces el Canal del Beagle.

Su curso es muy plano y por ello se abre y se cierra de manera continua, dando lugar a la existencia de varias islas, que conforman el Archipiélago de las Cormoranes. Pero además el río se riega caprichoso fuera de su cauce, conformando así los valiosos humedales patagónicos conocidos como turberas. Camino por estas tierras pantanosas que me traen el recuerdo de los páramos colombianos: territorio de neblina y agua en lo más alto de los Andes tropicales, donde el musgo resguarda el agua. Así mismo son las turberas, donde la planta más abundante es efectivamente el musgo. Pareciera que a lo largo de su curso por las Américas, los Andes constituyeran ecosistemas gemelos; ecosistemas que nos hermanan a los países del norte con los del sur.

Las turberas no solo guardan el agua del deshielo para proporcionarla lentamente a la tierra durante el verano, como lo hacen los páramos, sino que también han almacenado materia vegetal en el subsuelo desde la época de las glaciaciones y continúan almacenando carbono, en un proceso opuesto al de las emisiones de gases de efecto invernadero. Este ecosistema es tan importante para el planeta que, aunque solo cubre el 3% de la superficie del globo, contiene el doble de carbono que todos los bosques de la Tierra.

Una tragedia, sin embargo, amenaza los maravillosos bosques de lenga y las turberas de la Patagonia. En 1946 introdujeron veinte castores canadienses con el objetivo de crear una industria de pieles, sin contemplar que al sur no había depredadores para esta especie. La industria de pieles no prosperó, los castores fueron abandonados a orillas del lago Fagnano y hoy se han reproducido hasta constituir una población de unos 150.000 ejemplares, más que los habitantes humanos de toda la provincia. Pero lo grave no es solo eso. Los castores son los más sofisticados ingenieros del reino animal y suelen tumbar los árboles del bosque para represar los ríos y crear así sus sitios de habitación y reproducción. Los árboles del hemisferio norte, pinos en su mayoría, retoñan luego de ser cortados por los dientes del castor, pero no así las lengas del sur, que al ser cortadas mueren mientras que las inundaciones ocasionadas por sus presas destruyen las turberas. El daño ambiental ya ha creado un parche en la Patagonia dos veces más grande que el área que ocupa Buenos Aires.

Llega la hora de buscar el camino de salida y escuchamos a lo lejos el legendario sonido del tren de vapor. Es el ferrocarril en funcionamiento más austral del mundo. Fue construido en 1909 para transportar la madera y los materiales que eran explotados por los prisioneros de la Cárcel de Ushuaia, la cárcel del fin del mundo. Hoy hace los últimos ocho kilómetros del recorrido original (antiguamente eran 25) solo con fines turísticos, pero es que el ferrocarril forma parte de la leyenda de estos míticos parajes.

Nuestro último hito en el Parque Nacional fue la Ensenada. Coincidimos con algunos buses de turismo y pudimos ver la fascinación de los extranjeros por el exótico personaje que allí habita: Carlos de Lorenzo, el cartero del fin del mundo, quien declaró la Isla Redonda como República Independiente y por eso estampa el sello de la nación creada por él mismo en el pasaporte de los turistas. Son estos los personajes que surgen en medio de tanta exuberancia, tanta locura de picos bajos pero nevados y aguas acompasadas que no se deciden a ser oceánicas pero tampoco sabrían a qué océano pertenecerían.

Aquí me despido de los parajes patagónicos. Ande: no estoy en tus alturas, pero pareciera. Estoy al nivel del mar, pero tan cerca de tus cumbres nevadas. Puedo imaginar las razones que sembraron aquí a De Lorenzo, quien quiso construir un reino sin leyes, y eligió precisamente este lugar donde al Atlántico no es Atlántico y el Pacífico tampoco es Pacífico. Donde los Andes corren transversales y los países se confunden.