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Destino Canadá

Navegando por la Columbia Británica

Dos familias diametralmente opuestas, unidas por una vieja amistad, se encuentran sobre la costa canadiense para hacer un viaje en velero por una intrincada red de canales abiertos por el agua en la montañosa costa.

Por: Ximena de la Pava
Fotos: Javier Pinzón

Uno de los momentos cumbre que marcaron el éxtasis de esta expedición sucedió el día dos, hacia las diez de la noche, cuando nuestro joven anfitrión nos invitó a cubierta y sin previo aviso se lanzó al agua fría en pleno paralelo 49N. Como si fuera una linterna, cuando su cuerpo entró en contacto con el agua marcó un destello de luz en medio de la caja negra del océano. Emocionados, los demás jóvenes se lanzaron tras él y con movimiento suave de brazos y piernas, encendieron las luces naturales gracias a la bioluminiscencia de los millares de seres microscópicos que habitan en el agua.

Otro instante inolvidable sucedió el día tres, cuando al caer la tarde y mientras cielo y agua se teñían de un absurdo color rojo, abordamos el dingui para acercarnos a una roca próxima, conocida como Ray Rock, donde descansaba una enorme familia de focas. La luz de la tarde, nuestro silencio absoluto para no romper como intrusos la escena natural, la quietud del océano convertido en un espejo perfecto del cielo y, de repente, las cabecitas de foca saliendo del agua para mirarnos con curiosidad y llamarse entre ellas, crearon la magia de aquella noche.

Son apenas instantáneas, recuerdos de los innumerables momentos intensos, que se sucedieron uno tras otro, durante nuestra gira en velero en torno a Redonda Island. En este hito geográfico de la costa de Columbia Británica, en Canadá, el agua ha actuado como un gran escultor fraccionando la montañosa costa en un complejo laberinto de canales.

La aventura comenzó un domingo en Powell River, tranquila ciudad en la Península de Malaspina, al suroeste de Canadá, donde recibimos el Katerena I, un velero de catorce metros de eslora,cuatro habitaciones, tres baños, cómoda sala de estar y bella cubierta. Pero fue el lunes cuando prendimos motores y nos dirigimos hacia nuestro primer destino: Desolation Sound, el parque marino más grande de Columbia Británica, bautizado así por su primer explorador: el capitán George Vancouver.

Ken, nuestro anfitrión y capitán, decidió bordear Sarah Point y, cuando sopló el viento, apagó motores y se dispuso a izar velas por primera vez. Aunque nuestros amigos son expertos en el asunto, nosotros, sus invitados colombianos, apenas intentábamos entender cómo es que uno puede enfrentar el océano al capricho del viento. Pregunto si logran dominarlo y el hijo responde trascendente que el viento no se domina, se respeta, y solo es posible aprender a leerlo para disponer las velas de tal forma que se logre la dirección deseada. Entonces nos dejamos seducir por el primer encanto que tiene apagar los motores: el silencio es avasallador y condición necesaria para entrar en comunión plena con el paisaje.

Es el momento de detallar el entorno que nos rodea. Desolación. Por su enorme extensión y la ausencia del hombre, que todo lo modifica, puedo entender el nombre de este lugar. Aquí todo está intacto: las montañas vestidas de pino cayendo al mar hacia abismos insondables, la inmensidad expresada en silencio total, las aguas dormidas, sacudidas tan solo, de vez en vez, por la prudente y silenciosa línea que dejan los veleros.

Y sin embargo no es “desolación” la palabra indicada, pues ésta tiene una connotación de ausencia. Y si bien hay ausencia de la mano del hombre, este conjunto de tierra y agua está pleno de belleza, pincelazos de color y total tranquilidad. No es desolación lo que describe este lugar: es armonía, quietud, naturaleza plena.

De repente el viento cesa. Es necesario bajar las velas y prender de nuevo el motor, y por un momento pareciera que la magia se interrumpe. Pero muy pronto entramos a otro hechizante lugar: Tonedos Bay. Fueron tan intensas las pocas horas que pasamos allí, que hoy, con la distancia, parecen solo una alucinación.

No solo fue Ray Rock, el enorme morro habitado por gaviotas y la familia de focas que dormían plácidas cuando llegamos, pero más tarde nos atraerían desde lejos con sus lamentos para hacernos abordar el dingui en pleno atardecer; fue el conjunto de todos los elementos: tierra, mar, aire, color de fuego incendiando el cielo, lo que hacen hoy de Tonedos Bay un recuerdo alucinante. Sus aguas son oscuras, tan oscuras que no es posible adivinar desde el bote su transparencia ni mucho menos su profundidad, de casi noventa metros. Allí, tentándonos con su rítmico ondular, había cientos de medusas infladas como globos nadando alrededor del bote. Sí, nos lanzamos a nuestro baño vespertino en medio de ellas que, inofensivas, se limitaron a danzar a nuestro alrededor. Fue aquella noche en que los muchachos enloquecieron ante la bioluminiscencia. Y es allí donde nace el camino que conduce a Unwin Lake.

Hasta allá llegamos a la mañana siguiente luego de una caminata por el bosque. Y nos bañamos en sus aguas claras, profundas y sorprendentemente tibias en medio de este paraje de picos coronados con rastros de nieve. Sus aguas quietas reflejando abajo las montañas constituyen el lugar propicio para leer a Muriel Wylie Blanchet. En 1926 esta madre de cinco hijos pequeños decidió conjurar el duelo por la temprana muerte de su esposo con un viaje que se hizo tradición. Durante 16 veranos viajó con toda su prole a bordo de un velero más pequeño que el nuestro por estos mismos parajes y sus profundas reflexiones, que publicó en 1961 en The Curve of Time, son la guía turística de gran parte de los viajeros que llegan a este lugar.

En la tarde nos dirigimos a Homfray Channel, donde un buen viento nos invita de nuevo a izar velas. Esta vez mis jóvenes latinos se animan a participar y mientras los expertos dan instrucciones a diestra y siniestra, uno de los míos toma el timón, y las otras se preparan a obedecer la orden de “tack” que dará el capitán, en cualquier momento. La maniobra consiste en girar las velas con un rápido movimiento de cuerdas para que el viento, que chocaba a la izquierda, choque ahora a la derecha y así podamos, zigzagueando levemente, mantener el curso hacia adelante. Fácil, quizás en la época de Vancouver y para estos, quienes desde pequeños han navegado; un misterio que se desvela lentamente para nosotros.

Antes de que se acabe el día entramos a Roscoe Bay en busca de un lugar adecuado para anclar y hacemos una corta caminata en busca de Black Lake. La noche llega mientras saboreamos un delicioso gin tonic y buscamos una palabra adecuada, en inglés o español, para definir el camino luminoso que deja la luna sobre el agua perfectamente quieta.

El miércoles transcurre en Pendrell Sound y anclamos en Oyster Cove, donde vamos a encontrar a otra familia amiga que viaja en su velero. El lugar es famoso por su abundancia de ostras y almejas y, de hecho, los muchachos muy pronto llenan un balde completo que en la noche preparan exquisitas con linguini.

Nuestro siguiente destino es Toba Inlet, adonde llegamos por Homfray Channel. Un inlet es un valle en forma de ‘U’ labrado por los glaciares entre empinadas montañas en tiempos milenarios y que fue luego conquistado por el mar. El de Toba, de unos 2,5 kilómetros de ancho por 35 de largo, delata su origen glaciar por su color más azul, más intenso.

Al entrar al Inlet elevamos velas, nos apostamos todos en el lateral del bote y en silencio dejamos que el viento haga lo suyo; que nos transporte con suave ritmo y nos acerque lenta, muy lentamente, hasta nuestro objetivo: una enorme cascada que se desborda desde el punto de nieve, en lo alto de las montañas, hacia el mar. Al alcanzarla, nos detenemos frente al agua hasta que el único sonido, el del torrente cayendo, nos envuelve, mientras la luz del sol se refracta en el agua creando un abanico de colores.

Para salir del Inlet navegamos con el viento en contra y vamos descubriendo poco a poco que esto es algo muy emocionante. Nuestro joven amigo toma el timón mientras sus padres se hacen cargo de los tacks. El viento está muy fuerte y el barco va, literalmente, de medio lado. Nos asimos con fuerza a las sillas y no musitamos palabra; pero cuando el velocímetro marca los diez nudos, muy rápido para un bote de estas características, todos celebramos.

En la noche llegamos a Toba Wilderness Resort, pequeña casa de madera con muelle, agua, hielo y ducha fresca. Es un popular atracadero adonde llegan lujosos yates para rellenar sus tanques de agua y pasar la noche. Allí, recorremos pintorescos caminos que llevan a ocultas cascadas, preparamos hamburguesas y, cuando cae la tarde, vemos cómo el borde de las montañas que nos cierran el horizonte se incendia en un rojo dramático. La noche luego luce impresionantemente estrellada y, como si algo faltara en el menú, antes de ir a dormir una ballena orca nos deleita con su visita a pocos metros del muelle.

A la mañana siguiente nos dirigimos hacia Taekarne Arm Marine Park, en West Redonda Island. Aquí, la mayor atracción son las tibias aguas de Cassel Lake y sus espectaculares cascadas.El agua transparente y tibia debe alcanzarse de un salto, pues la orilla está compuesta de una plataforma de rocas, y la difícil tarea de salir se realiza con ayuda de unas cuerdas.

En la tarde partimos hacia las Copeland Island y en el camino navegamos a vela un rato. Ahora son los míos quienes, ya con toda confianza, se hacen cargo del timón y los tacks con la supervisión estricta de los Davidson.

Y llega nuestra última noche en el bote, así que esperamos jugando a las cartas hasta que el cielo esté lo suficientemente oscuro, y nos recostamos en cubierta a mirar las estrellas. Corría el mes de agosto: eran el momento y el lugar perfectos para observar la Vía Láctea en todo su esplendor. Pero mientras el cielo hacía gala de su espectáculo de luces, el corazón se apretaba: nos acercábamos a puerto y sabíamos que muy pronto nuestro velero sería solo un recuerdo.

En la mañana del sábado la salida del canal trae ya la nostalgia. No sabemos cuándo será nuestra próxima vez y entonces la mirada detalla cada milímetro de paisaje. La intensidad del color marca la profundidad de campo. Más allá, las montañas enormes con sus picos nevados indican su distancia con un tono de verde más suave, apenas insinuando sus formas entre la bruma. Las montañas más bajas se adivinan más cerca por su verde más intenso y, un poco más cerca, la imagen perfecta de las orillas cubiertas de pinos, antes de caer al agua. Hoy, frente al computador, lo que llega a mi mente es esta pintura impresionista compuesta de capas y cómo se interponen las unas a las otras para cerrar el horizonte mientras el bote se aproxima demasiado rápido a Powell River.

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