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Destino Colombia

Milagro en Nuquí

Por Iván Beltrán Castillo
Fotos: Lisa Palomino

Cuando llegó a vivir en su casa de Nuquí, Kathy Sutton acostumbraba pasar largas horas caminando por la playa. Copiosos años de fatigosa vida social y de convenciones manidas en distintas ciudades terminaron por fatigarla y hacerla poco convencional. Siempre quiso abrazar los sentidos secretos que tiene la existencia y desde muy niña se obsesionó con los problemas de la gente. Así recaló en el vientre de un Chocó alucinado, donde la belleza y el horror, lo suntuoso y lo patético, la riqueza natural y la pobreza social, parecen acoplarse de una forma absurda y mucha veces cruel.

Hondos pensamientos y meditaciones danzaban en su mente acariciados por la música de las olas y aquel paisaje embrujado que en ocasiones recuerda las telas de Gauguin, la tarde canicular en que un muchacho moreno, casi un niño, se le acercó, con una mezcla de curiosidad y temerosos deseos de trabar amistad. Se llamaba Mais y era un aldeano vivaz, con un cabello prieto y negrísimo y unos ojos oscuros que daban la sensación de una alegría a prueba de aulagas y de una perpetua sorpresa. Estaba acostumbrado a nadar y pescar mientras discurrían los rituales de sus calles modestas, y sus ilusiones eran bellas por elementales.

Durante el diálogo, Kathy recordó que en su casa cercana guardaba un par de tablas de surf que un amigo australiano, de visita en Colombia, le obsequiara a su hermana antes de regresar a su nación. Las tablas dormían sin uso ni beneficio en alguna parte de la casa en Nuquí, y ella se lo comunicó al joven Mais, quien recibió la información con una desbordada animosidad.

Así empezó la relación de los niños y los jóvenes de ese municipio con el surf, al que conocían y amaban pero cuyos instrumentos esenciales no estaban a su alcance. Kathy urdió, antes de empezar a prestar las tablas, una brillante estrategia: lograría que los chicos realizaran la urgente e inaplazable tarea de limpiar el mar de los plásticos y desechos que lo infectan y hieren, poniéndolo en riesgo inminente. Pagarían, pues, el acceso a las tablas deportivas con sus labores de limpieza, se transformarían en voluntarios servidores de la comunidad y devolverían a aquellas playas su amenazada dignidad.

El plástico es en Nuquí, como en cientos de lugares a lo largo y lo ancho de todos los mares, un enemigo silente, un invasor casi apocalíptico. Al atardecer, cuando el agua acostumbra vomitar, como un grosero comensal, todo lo que lleva adentro, las botellas, los envases, las etiquetas, las latas, las estampillas y un sinfín de productos de la sociedad industrial tapizan el escenario y le borran su donaire. Cuando Kathy llegó al municipio, observó sorprendida que los pobladores estaban familiarizados con esos desechos, los habían integrado a su rutina y convivían con ellos sin siquiera presentir sus negativas consecuencias.

Los muchachos del mar

Después de que Mais conoció las tablas de surf, la noticia de que estas existían y estaban al alcance de la mano corrió rápidamente por todo Nuquí. Y a la casa de la mujer empezó a llegar a diario un grupo de muchachos y niños cada vez más nutrido, con el propósito de ganar el privilegio de montarlas.

“Yo no quería que aquello fuese completamente gratuito. Sé, por experiencia, que las mejores cosas de la vida, las que de verdad valoramos, son aquellas que se ganan con esfuerzo. Así, para estos niños el placer se tornaba responsable. Y cuál no sería mi sorpresa cuando, poco a poco, fui dándome cuenta de que había abierto el camino a una notable solución para el gran problema de las basuras”, afirma Kathy y recuerda que sus ojos atónitos no podían creer la efectividad puntual de las labores.

“En Nuquí, la proximidad del mar juega a favor de los menores, pero las tres tablas fueron insuficientes para la creciente demanda. En Nuquí, algunas veces, los niños se roban las tablas de las camas, cuando sus padres se descuidan, y se las llevan al mar para convertirlas en improvisados instrumentos de surf”, relata Kathy con gesto divertido.

“Me sorprendió la majestad y el sorprendente talento de la mayor parte de los muchachos encima de las tablas de surf. Fueron muchas las horas que pasé gratamente concentrada en el bello accionar muscular, las figuras gráciles, las geometrías fantasiosas, las acotaciones visuales y el ballet de los niños y jóvenes de Nuquí en el mar. Ellos constituían, ni más ni menos, una valiosa esperanza para una región que, aunque pletórica de hechizos, está siempre acechada por lo calamitoso y donde, para dar un solo un ejemplo, los negociantes y oscuros políticos se han robado como cien veces los fondos para la carretera”, dice Katty y su rostro es castigado por un latigazo de sombra.

Ella se fue haciendo partícipe de todas las pulsaciones del municipio, pero pronto cayó en cuenta de que era forzoso implementar toda una estrategia para que estos hallazgos no se quedaran simplemente en lo anecdótico. Se juró capitalizar las bondades secretas y recién develadas.

Algunos cómplices fueron apareciendo en el camino para ayudarla en su imprevisible aventura: Josefina Klinger, todo un personaje de la región, encabezó la lista. Es una suerte de gran madre espiritual y brújula de Nuquí y del Chocó, y sus luchas e inventivas son ya leyendas nacionales. Kathy la conoce desde hace mucho y su influencia siempre le resultó sabia y bienhechora. También apareció en escena doña Amira, chocoana gentil y diligente que le vendió el lote, donde Katty levantó la casa de ensueño para pernoctar buena parte del año. Además de sabia consejera, suerte de ama de llaves y cocinera experimentada en platos opíparos donde abundan los camarones y cangrejos, ella ha sido un soporte para todas las peripecias de Kathy y conoce la región como la palma de sus manos, por eso le enseña los secretos del alma del habitante de aquel trópico.

Y están también, tomando parte de la quimera de Katty, el líder comunitario Néstor Tello, entrenador curtido de surf, a quién Kathy, con paciencia y tiempo, convenció para que se uniera a la tentativa; Claudia Guerrero, Mónica Fajardo y Edwin Cabezas, ejecutivos de Coldeportes; Lena Fajardo, directora del Comité de la Federación; Yesid y don Marcos, prestos choferes de las dos lanchas-taxi de la población, quienes son un puente con el mundo de afuera, y Elliot, el marido de Katty, sin cuya complicidad esta gesta resultaría imposible.

 

Hacer visible lo invisible

Los años de peregrinaje filantrópico le han servido a Kathy para solidificar su misión con los muchachos de Nuquí. Ella desde siempre tuvo buenas relaciones con la Agencia Nacional para la Superación de la Pobreza, la Cancillería colombiana, algunos ministerios y empresas privadas. Ahora toca usualmente en todas y cada una de sus puertas.

En las oficinas y despachos, Kathy hace una colorida y casi folclórica descripción del Nuquí que habita. Habla de su inmensa orfandad frente al Estado, de la ausencia de servicios públicos y de su magro y mal montado servicio de salud. Y enumera el inventario de aquel ámbito remoto: una droguería, un par de tiendas, unas casas construidas de manera accidentada y fortuita, un billar y dos taxis-lancha.

“Para que las tareas y los develamientos hechos con los niños de Nuquí tuvieran un desenlace feliz, había que trabajar en dos frentes: por una parte, sus labores de limpieza exigían una nueva y vigorosa forma de reciclaje acorde con las astronómicas cantidades de materiales y desechos que los muchachos sacaban y, por otra, resultaba urgente buscar la forma de que sus cualidades deportivas se elevasen y dejaran de ser mero entretenimiento; es decir que se hicieran visibles como deportistas”, cuenta Kathy. Y ella asumió las dos tareas.

“El surf es una devoción, un estilo de vida, una disciplina, un respeto y una fe, y todos esos valores se han inoculado en estos muchachos a los que miro en ocasiones como si fuesen mis hijos. Ahora tengo 177 niños de tres corregimientos: Termales, Partadó y Arusi, con miras a sacar adelante el Club de Arusi, el de Juradó y el del Valle del Chocó, adscritos a la Liga Nacional de Surf”, afirma Kathy.

Desde los corredores de su casa, en las noches frescas y propicias, ella calcula, como un maratonista o el capitán de un navío, cuánto falta para que sus muchachos, los “aliados de la Tierra”, coronen sus graves tareas.

Esa morada fue construida por Louis Kopec, arquitecto de aquellos que levantan casas cual si fuesen poemas, quien fue esposo de su madre, la vigorosa artista Sara Modiano. Ambos fueron grandes dadores de esperanza.

Katty lo recuerda, mientras mira la vasta noche tropical desde su casa.