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Personajes

Miguel Huezo Mixco: La construcción escritural de la memoria

Por: Gladys Arosemena Bissot
Fotos: Gladys Arosemena BissotFrancisco Campos.

 

Los caminos de la memoria, cuando están ligados a la guerra, nunca son fáciles. Recorrerlos, sin embargo, parece ser un ejercicio sano, sobre todo cuando el conflicto, de un modo u otro, solo parece cambiar de máscaras, tiempos o territorios. Empero, Miguel Huezo Mixco no escribe acerca de la guerra: construye personajes que se tejen a partir de lo que queda de ella, tan fuertes como desvalidos. 

La activa y destacada participación del autor en Centroamérica Cuenta se convierte en el momento ideal para conversar con él acerca de algunas inquietudes en torno al panorama cultural de un territorio disímil, pero con vínculos fraternos ineludibles y con profundo sentido.

¿Por qué escribe Miguel Huezo Mixco?

Creo que el escritor es una persona con una capacidad innata para construir sentido y crear realidades haciendo uso de la palabra. Yo entiendo la escritura como parte de un sistema cultural compartido. Las imágenes, emociones y experiencias de las que echa mano un escritor serían completamente inefectivas si este no encontrara cómplices: los lectores, capaces de creer lo que un autor o una autora construyen, apelando al repertorio cultural común. Escribir, para mí, es la actividad que le da más sentido a mi paso por este mundo. La escritura es mi manera de decir lo que vivo, una actividad donde se mezclan el deleite hedonista y la disciplina.

Usted afirma que durante el conflicto armado salvadoreño podía dormir, pero después los fantasmas se lo impidieron. ¿Ha logrado reconciliarse con esos fantasmas?

La guerra, aparte de ser un enfrentamiento violento, es un estado de ánimo. Es una disposición mental y física para someterse a situaciones extremas de cansancio, miedo y dolor, y una experiencia social. Durante los diez años del conflicto tuve la suerte de ser parte de un colectivo donde prevalecieron los sentimientos de fraternidad y solidaridad. Eso, te lo juro, era muy importante para poder conciliar el sueño. Cada uno de nosotros tenía la obligación de hacer un turno de vigilancia de una hora. En la estación seca, teníamos que acarrear el agua desde lejos para sobrevivir. Terminábamos exhaustos el día. Pasamos incontables noches en vela, o caminando en marcha forzada en la oscuridad, pero la mayoría de nuestras noches fueron plácidas. Pocas cosas hay más hermosas que dormir bajo las estrellas.

¿Qué pasó cuando la guerra finalizó?

Todas aquellas experiencias, sobre todo las más duras y difíciles, comenzaron a irrumpir, aprovechando esos momentos en los que la mente baja la guardia. No solo son “recuerdos”, sino poderosas experiencias subjetivas. 

La primera vez que tuve conciencia de ello fue en 1994, en una residencia para escritores al norte de Nueva York. Unos pocos meses antes había renunciado a la organización a la cual pertenecía debido a mis desacuerdos con decisiones que consideré inmorales. Sin un centavo en el bolsillo hice un corte, me hice cargo de mi vida y volví de lleno a la escritura. 

Me postulé a una beca para escribir un libro de poemas que había comenzado en el frente de guerra. La obtuve gracias al apoyo de los escritores Manlio Argueta y Claribel Alegría. Por primera vez pude quedarme a solas conmigo mismo. Una noche me senté a leer poemas de Against Forgetting, antología de poemas de Carolyn Forché. Y me asaltó un incontenible deseo de llorar. 

Vinieron a mi mente quienes murieron, y aquel joven campesino que me propuso un relevo a cambio de un cigarrillo. Acepté. Y pocos segundos después fue aniquilado.

Lejos del país y de la guerra, fue posible un encuentro con mis fantasmas. Ahora viven conmigo, sin ser hostiles. No quiero deshacerme de ellos, pero tampoco puedo vivir así. La manera más práctica de manejarlos es sosegando mi cabeza con un somnífero o convocándolos mediante la escritura.

Usted señala la importancia del diálogo entre los autores que salieron y los que permanecieron en El Salvador. ¿Cómo es posible ese encuentro? 

Existe una generación de jóvenes que emigraron a Estados Unidos siendo niños y están escribiendo literatura, en la mayoría de los casos en inglés, sobre todo poesía. Gracias a ellos, que viven en California, Texas o Nueva York, se está ensanchando esa comunidad imaginada llamada El Salvador. 

En contados casos —como los libros Puntos de fuga y Teatro bajo mi piel— se producen libros que reúnen a los poetas de aquí y de allá. Creo que la poesía salvadoreña se encuentra en un punto de extenuación, y los ecos, vivencias y reflexiones provenientes de la diáspora pueden ayudar a revitalizarla. 

¿Podría Centroamérica unificar una estrategia cultural novedosa en aras de un beneficio común?

Nos encontramos a las puertas de la conmemoración del bicentenario de la independencia centroamericana. Es importante que pongamos luces altas y veamos las ventajas y oportunidades de una Centroamérica unida. Un mayor consumo de bienes culturales requiere de personas con entrenamiento para crear propuestas artísticas innovadoras.

En el plano de la cultura, el festival literario Centroamérica Cuenta, por ejemplo, está ayudando a exponer la narrativa escrita en la región ante los ojos de escritores, editoriales y revistas más allá del área, y ensanchando las conversaciones de los centroamericanos con sus pares de otras partes del mundo. Este es el tipo de iniciativa que necesitamos repetir, fortalecer y volver sostenible.

Sin embargo, hay quienes enfatizan en la dificultad de construir una identidad centroamericana debido a lo disímil de sus naciones… 

Creo que los centroamericanos tenemos más cosas en común que diferencias y estas son parte de nuestra riqueza. La construcción de Centroamérica como una entidad política requiere conservar la especificidad cultural de las naciones. Hay que ampliar el concepto de identidad centroamericana, pues no puede limitarse a personas blancas o mestizas. Ahí no caben, por ejemplo, la zona Caribe o el altiplano guatemalteco. 

La historia violenta de algunos países centroamericanos parece un desgarrador presente perpetuo. ¿Cómo construye su presente escritural a partir de ese pasado doloroso del cual usted ha sido parte?

Por muchos años, yo solía entretener a mis amigas y amigos relatándoles mis experiencias personales en la guerra. Mis amistades me animaban a escribir esas historias. Así comencé mi primera novela, Camino de hormigas, un libro muy híbrido, que toma prestados recursos del testimonio y la investigación documental, pero que no es una novela sobre la guerra. La guerra es el ruido de fondo de las historias de parejas disfuncionales. La escritura es una manera de vivir con la memoria personal. 

¿Es su obra, entonces, un espacio para construir la memoria o, por el contrario, le ha permitido deconstruirla?

La memoria puede ser un infierno. Mi tentativa consiste en otorgarle un poco de humor a la gravedad de los hechos que hemos vivido como sociedad. El humor nos hará libres.

Concluye la entrevista. Me invade la sensación de que algo quedó por preguntar. Decido superar cualquier atisbo de curiosidad con una relectura de La casa de Moravia. Confieso que me cuesta imaginarme a Miguel Huezo Mixco entre fusiles y matorrales. Pronto logro reconciliar la imagen: algo hay de visceral tanto en la poesía como en la guerra.