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Personajes

Michel Ocelot: “Cuando hago películas soy más poderoso que un dios”

Después de que Walt Disney demostrara al mundo la fuerza liberadora de la fantasía y lo invadiera con sus gráciles obras, en las que ocupa un lugar privilegiado el cine de animación, muchos han sido sus herederos, discípulos e incluso detractores. El francés Michel Ocelot, de setenta años, autor de memorables filmes donde los dibujos adquieren un preciosismo casi pictórico, artífice de películas de culto que son vistas con la misma reverencia con que se mira un Bergman, un Buñuel o un Fellini, e inventor del mundialmente aclamado personaje de Kirikou, es sin duda uno de los más reconocidos creadores de películas animadas. Panorama de las Américas logró su memoriosa y cálida confesión.

Por Iván Beltrán Castillo
Fotos:  Lisa Palomino y archivo particular

“Hacer una película de animación es como dirigir un sueño, caminarlo con los pies en puntillas, atravesarlo sin despertar a los que sueñan. Tienes en tus manos al universo entero y puedes disponer los avatares y esperanzas de los hombres a la manera de un Dios magnificente. Eso te hará feliz para toda la vida y será tu recompensa inenarrable”, dijo el hombre de aspecto manso llamado Michel Ocelot, quien había llegado a Colombia solo seis horas antes y tenía una agenda tan apretada como la de cualquier personaje estelar del rock o la política. Como le pasa en cuanta ciudad del mundo visita, en Bogotá, Cali y Medellín le esperaba una legión de admiradores, gente de todas las edades que nunca perdió el equipaje de asombros de la infancia ni abortó la fantasía en el ascenso hacia la madurez.

El hombre parecía satisfecho cuando pasaba revista a sus años de trabajo, en los que no faltaron ni los tiempos de vacas flaquísimas, ni la peregrinación por las oficinas de los productores y los caprichosos inversionistas del séptimo arte, que, en algunos casos, pretendieron sepultar sus filmes y que, lejos de minar su entusiasmo, lo hicieron fuerte, transgresor y altivo.

Ahora, movía las manos como si las tuviera acostumbradas a dibujar en el aire y una leve sonrisa permanecía en sus labios como la traductora de un vastísimo flujo de recuerdos y emociones. El cine y la vida suya, aseguró, caminan juntos, bailan entrelazados hasta el punto de que no distingue los límites y las fronteras que dividen al uno de la otra.

“Un Dios, sí, como el que abre las aguas del mar para que pase el pueblo elegido. Un brujo como aquellos que orientan a las tribus africanas, un chamán, un hechicero que descifra el alfabeto de la noche, de la jungla, de los hombres. Tal cosa es el creador de películas animadas”, insistió Michel Ocelot meneando la cabeza suavemente, regando la estancia con el fulgor de unos ojos que recuerdan los de los adolescentes.

“En el origen me veo como un niño fascinado ante la pantalla de un cine, preguntándose por los mecanismos mágicos y científicos que lograban crear un mundo paralelo al real. Inmerso en las aventuras y episodios del cinema, ya anhelaba desde entonces hacer parte de aquel curioso festín. Ese mundo es fantasioso, pero más coherente y más cierto que el que se respira en las calles, las casas, las ciudades, las aldeas. Es casi increíble, pero la mentira del cine desentraña la verdad de la vida”.

El reino inolvidable

Tiene una deuda impagable con sus padres, Marie Louise y Pierre, dueños de una concepción incluyente y vanguardista de la cultura y su significado. Eran maestros y puntuales, de aquellos que son capaces de sacrificarlo todo para alfabetizar un pequeño grupo de huérfanos en la más remota comarca. Fueron unos grandes viajeros y en su atafagado deambular recalaron en ciudades de Europa, Asia y áfrica, esgrimiendo en todas partes la bandera de la comprensión, el humanismo, la tolerancia y el respeto. Nunca los trabajó la desazón ni el recelo frente a los que tenían otro color de piel, otro fervor religioso u otras opiniones políticas. Aquello impresionó vívidamente a Michel y se incrustó después en sus creaciones. Narra que cuando tenía apenas siete años, merced a esa trashumancia familiar, llegó a vivir a Guinea, en el corazón del áfrica.

“Aquel era un mundo perfecto, musical y armonioso”, rememora con nostalgia en la voz. “Lo veo como uno de los ámbitos más cercanos a la perdida armonía, a la concordancia y el pacto fraterno. Se respiraba en Guinea una atmósfera tan natural que a veces imagino que un niño allí hubiese podido ignorar la violencia, la sangría y la arrogancia fatal, omnipresentes en otros lugares. Nunca vi nada espeluznante, ni temible, ni sentí una pizca de miedo en áfrica”.

“Esas horas gloriosas que regresan cuando nos abraza la nostalgia son, según se me antoja, la génesis de mi cine y del personaje de Kirikou, astuto, inquisitivo y muy exitoso niño africano que habita tres de mis más conocidos filmes: Kirikou y la hechicera (1998), Kirikou y las bestias salvajes (2005) y Kirikou y los hombres y las mujeres (2011). Estas piezas son, entre otras cosas, la búsqueda de recuperar ese reino extrañado y un homenaje consciente a una región del mundo bella, esencial, sabia y calumniada”.

Era el final de las colonias francesas en áfrica y otras partes del globo, y los padres de Michel entendieron el signo de los nuevos tiempos. Por eso, al contrario de lo que hacían otros europeos y norteamericanos, no inscribieron a su hijo en uno de aquellos liceos especiales para extranjeros, sino que lo matricularon en una escuela común y silvestre. Estudiaba al lado de pequeños aldeanos, hijos de agricultores y comerciantes de especias, artesanos y pastores, músicos y carpinteros; es decir, con todos los vástagos de las familias humildes y tradicionales de Guinea. Era el único blanco en medio de un tropel de muchachos color ónix.

Un cielo encapotado y gris

“Un buen día clausuró aquella temporada dichosa. Ahora me parece que simbolizó el final de la infancia, la huida del reino perfecto”, evoca Michel como el lector que pasa las páginas de una novela cambiando de una capitulo a otro. “Regresamos a la patria, retornamos a la llamada civilización occidental, específicamente a la ciudad de Anjou, en el noroeste de Francia. Fue un golpe terrible para el pequeño acostumbrado a convivir de cerca con las fuerzas benévolas de la naturaleza, a palpitar con una existencia donde aún no había divorcio entre los árboles, las nubes y las jornadas del hombre. Recuerdo que me impresionó nítidamente el cielo encapotado y gris de la ciudad, la llovizna terca y monocorde, las sombrías cúpulas de las iglesias y el asfalto mojado del que surgían destellos de melancolía. Los códigos sociales, los rituales cotidianos estaban, por otro lado, desprovistos de la gracia y levedad genuina de los ya conocidos en áfrica”.

No era entonces el regreso más deseado. La vida de Guinea le hacía falta hasta en los momentos de graciosa vida familiar. Sus padres nunca dejaron de estar unidos, en el sitio al que fueran, se aseguraban de llevar consigo las claves y la sabiduría sobre las que se erigía su filosofía doméstica.

 

Pero Michel se apresura a no llamar al equívoco: “Todo lo que cuento sobre aquella temporada francesa no significa ni mucho menos que me encontrara inmerso en una situación angustiosa. Abortada la nación de la dicha real, cuya concreción fue Guinea, se abrirían las espléndidas puertas de la felicidad imaginaria: la felicidad del arte. Para eso estaban los rumorosos libros en los anaqueles de la biblioteca familiar, más o menos nutrida, y las entradas de los teatros donde se anunciaban las cintas hechizantes”.

Precisamente en uno de aquellos teatros, Michel descubrió las posibilidades del cine de animación. Fue cuando miró la clásica cinta checa La rebelión de los juguetes (1946). Allí estaba el anuncio y la savia indómita que engendrarían su obra. él luce pleno y hasta un poco ebrio explicándolo: “Esa pieza es magistral y resulta la predecesora de las invenciones que mucho después animaría Pixar. Aquello de que las cosas cobren vida ‚Äï¡milagro extraordinario del cine de dibujos!‚Äï está en el deseo de todos los hombres, tal vez porque se sienten abrumados por la soledad. Entonces, gracias a la infinita imaginación, dotamos de voces, alma, interrogantes, movimientos y gestos a los autos, juguetes, aviones, carros, flores, casas o nubes. Y es precisamente entonces cuando el director de cine animado se siente como un auténtico Dios”.

La invención de la ternura

Michel salta de un capitulo al otro. Ahora está en el París maravilloso de las iconoclastas vanguardias, en la ciudad donde pactaban las artes y la filosofía, la rebeldía y el amor y donde las posibilidades de llevar una quimera artística a feliz término se hacían tangibles.

 

“Llegué a París como estudiante. Todo el cine me gustaba pero, sin posibilidad de revertirla, el fervor definitivo era hacia la animación. Por eso, durante aquella temporada, escudriñé la obra de Walt Disney, sus mecanismos oníricos, su verdad humana, y pude darme cuenta también de sus límites. Hoy por hoy, después de aquel laboratorio minucioso alrededor del maestro estadounidense, creo que su genialidad y grandeza llegaron hasta La Bella Durmiente (1959), cuya realización duró siete años y medio. Es decir arte con mayúsculas. Luego empezaría la etapa industrial y el aliento de Disney perdería su fuerza para transformarse en una fábrica de adocenadas fantasías”.

“Hubo, como ocurre, según creo, en la formación de cualquier universo artístico, un tiempo de duda, de vacilación, de reflexiones no pocas veces tempestuosas. Siempre había sido muy sensible y durante mi infancia africana y francesa se aunaron en mí latencias que permanecían atrapadas. Los productores de la televisión me dieron mis primeras oportunidades, pero con ellas no ocurrió nada demasiado significativo o sonoro. Algunos maledicentes hasta hablaron de fracaso”.

“Sí. Alguna vez estaba preso del vértigo y la zozobra, con una carrera que caminaba sobre la cuerda floja. Muchos experimentos realizados con genuina fuerza no lograron hacer contacto con la gente. Recuerdo que era una noche calurosa y que me acosté tarde después de haber estado en un pozo de incertidumbre. Y entonces, en la duermevela empezaron a llegar imágenes pródigas, retazos de voces perdidas hace tiempo en el áfrica, cuadros vistos en lugares con tradiciones lejanas a las nuestras. Y allí aparecieron Kirikou, la hechicera, Azur y Asmar y todos sus compañeros de viaje. Eran los mismos pero eran otros, después de pasar por el filtro de la fantasía”.

Michel Ocelot se frotó las manos y calló por unos segundos como fomentando el suspenso. Y después dijo en un francés melodioso: “A la mañana siguiente, empezó definitivamente esta historia…”.

Las películas de Michel Ocelot
Las aventuras de Gedeón, 1976
Los tres inventores, 1979
La princesa insensible, 1986
Las cuatro voces, 1987
El cine sí, 1989
Los cuentos de la noche, 1992
Kirikou y la hechicera, 1998
Príncipes y princesas, 2000
Kirikou y las bestias salvajes, 2005
Azur y Asmar, 2006
Dragones y princesas, 2010
Otros cuentos de la noche, 2011
Kirikou y los hombres y las mujeres, 2011