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Reportaje

Manuel Obregón: músico infinito

Compositor, músico y productor costarricense, Manuel Obregón aprendió piano desde la infancia y luego perfeccionó su técnica en la Universidad de Costa Rica y en Madrid; además estudió jazz y flamenco en Barcelona y en Suiza. Motivado por la investigación musical, tuvo la iniciativa de unir a catorce músicos de Centroamérica en la Orquesta de la Papaya, la de las Misiones y la del Río Infinito. Investigador incansable, Obregón estudia la música latinoamericana en los principales corredores culturales de nuestro continente.

Por Gladys Arosemena Bissot
Fotos: Lourdes Mora, Pablo Cambronero

Este ha sido un año de grandes retos y gratificaciones para el músico costarricense Manuel Obregón. A pesar de estar en pleno invierno, la mañana hoy es calurosa. Afuera, como dicen, el sol arde, pero en la casa de Obregón, en San José, sus rayos entran respetuosamente por un delicado patio de luz. Cada rincón de la estancia está lleno de música, esa que nos recuerda nuestras raíces y encuentros. La ocasión es propicia para conversar con un músico que trasciende las fronteras de su Costa Rica natal.

¿A qué edad se dio cuenta de que quería ser músico?

A los 18 años, cuando salí del colegio, empecé mi carrera musical. Siempre me gustó la música, pero no la había explorado profesionalmente. En aquel momento, se convirtió en la forma más fácil de comunicarme. Eso y el hecho de tener la facilidad necesaria para lograrlo son los factores que tuve en cuenta al tomar la decisión de seguir una carrera en este campo.

En sus trabajos se notan muchas influencias musicales. ¿Cuáles son sus favoritas y cuál cree que ha sido su mayor influencia?

Hay varias constantes. La naturaleza me ha acompañado en todos mis discos desde la primera grabación. Eso viene del medio ambiente en que crecemos y vivimos en Costa Rica. La otra ha sido, sin duda, la cultura costarricense y centroamericana. Creo que Centroamérica ha sido la otra pasión musical de mi vida. Los grandes corredores culturales latinoamericanos han sido una influencia enorme en mi trabajo.

¿Qué lo motivó a crear la Orquesta de la Papaya?

La Orquesta de la Papaya surgió ante la necesidad de conocer más nuestras raíces y generar espacios de encuentro, que en ese momento no existían, para compartir la música tradicional. Logramos juntar a músicos de todos los países que teníamos la misma inquietud. Esto dio camino a muchas otras iniciativas, como el sello disquero Papaya Music, y otras agrupaciones, como la Orquesta del Río Infinito.

Tengo entendido que los músicos de la Orquesta de la Papaya no se conocían antes de que empezara este proceso. ¿Cómo logró establecer un vínculo gente con gustos tan diversos y de comunidades tan distintas?

Hubo un proceso de selección. En esa época viajaba mucho para ofrecer conciertos de piano como solista, pero también formé parte de grupos de rock muy conocidos en Centroamérica en aquella época, como Café con Leche. En ese contexto tuve la oportunidad de conocer a diversos protagonistas de la música centroamericana. Así formamos una orquesta de músicos que, si bien no se conocían entre sí, eran muy conocidos en sus países de origen. Es el caso, por ejemplo, de Lenín Fernández en Guatemala; Ramón Eduardo Cedeño, que es el guitarrista hondureño de la Orquesta de la Papaya; Ormelis Cortez y Yomira John, de Panamá, y del resto de los músicos de la orquesta. Fue Costa Rica el sitio elegido para el encuentro.

Respecto a Yomira John, además de su amplio conocimiento en el campo de la música, ¿cuál fue la importancia de incluirla en la orquesta para la voz femenina de Centroamérica?

Yomira aportó al grupo mucho más que ser la primera mujer. Yo la conocí cuando tocó en Cuba en el Festival del Bolero. No llegaron los músicos que debían acompañarla; me ofrecí a hacerlo y a partir de ese momento surgió entre nosotros una amistad que ha durado años. Yomira captó desde el inicio la relevancia de fortalecer una orquesta de esta naturaleza. En aquel tiempo, ella vivía en Francia y luego se vino a vivir a Centroamérica. Ha sido parte de importantes proyectos, porque reúne muchas condiciones: la influencia de la música afro-caribeña, su conocimiento de la música mestiza centroamericana y de la historia de la música. Fue una figura ideal y después de ella se integraron muchas mujeres, quienes también han aportado su arte a la orquesta.

¿Que lo llevó a transcribir al piano la obra de Agustín Barrios Mangoré?

Siempre me ha tocado vivir y estudiar con guitarristas. En la época de los años 80, me fui a vivir a Madrid. Estudiaba piano, pero la mayoría de mis amigos eran guitarristas. Casi todo el mundo iba a España a estudiar guitarra y, de hecho, había muchos costarricenses en esa ciudad aprendiendo a tocarla. Ellos interpretaban esta música de Mangoré, que me cautivó desde el primer momento. Así, poco a poco, comencé a tocarla en el piano, más que todo como un experimento. Ya después, con los años, me atreví a grabar el primer disco con transcripciones al piano de la obra de este gran virtuoso de la guitarra.

Mangoré estuvo ampliamente vinculado a América. Sólo hizo dos giras en toda su vida, pero cada una duró diez años y lo llevaron por varias regiones del continente. Se quedaba mucho tiempo en cada país. Sus extensos viajes le permitieron conocer de modo profundo la cultura de cada sitio. Por eso, en su obra de alguna manera está el reflejo de esa música americana que a todos nos toca cuando la escuchamos, donde está toda la influencia de nuestros primeros habitantes.

De este intercambio surgieron otros en su vida. ¿Hay algún vínculo entre la Orquesta de la Papaya y la Orquesta de las Misiones?

La Orquesta de las Misiones viene a ser una transición entre la Orquesta de la Papaya y la del Río Infinito. Cuando la Orquesta de la Papaya se consolidó, me llamaron de diversos lugares para ver si era posible generar orquestas de integración regional con ese mismo formato. Entonces fui primero a las misiones jesuitas, que abarcan el territorio de lo que ahora es Brasil, Argentina, Paraguay y Bolivia, donde la cultura musical es inmensa. Ahí hicimos la primera orquesta y la presentamos en Paraguay. De tal modo se logró consolidar una forma de viajar, y de ahí viene lo del Río Infinito. Hay que tomar en cuenta que viajando por el Amazonas por la parte boliviana casi no hay carreteras ni aeropuertos y la forma natural de viajar son los ríos. Surgió así la Orquesta de las Misiones, que luego evolucionaría hacia la del Río Infinito.

¿Por qué ha elegido conocer América a través de sus ríos?

Primero, los ríos son las grandes autopistas culturales, por la forma como se facilitaba el viaje de nuestros ancestros. Además es donde se formó la mayoría de nuestros países. Si vemos la importancia de ríos como el Mississippi, el Orinoco, el Magdalena y, por supuesto, el Amazonas, han tenido una influencia muy marcada en el desarrollo cultural de la zona. El Amazonas, por ejemplo, baña la cultura de diecisiete países. Los ríos son lo que primero aparece en un mapa; de hecho, las fronteras creadas por el hombre no han modificado la cultura de los ríos.

Otro motivo importante es que las palabras “arte” y “naturaleza” en muchas de las lenguas indígenas aparecen como una sola. Creo que no se puede separar lo que es el arte de la cultura, porque al desaparecer el medio ambiente natural se desvanece también la cultura. Esto es una herencia de los ríos; de ahí la importancia de proteger las cuencas hidrográficas.

¿Cómo es un viaje de la Orquesta del Río Infinito?

Los viajes de esta orquesta siempre llevan una etapa de preproducción que implica que el equipo vaya a conocer la zona, hacer las alianzas necesarias con el sector cultural y el ambiental, tramitar los permisos, y analizar las características de la navegación y las clases de barcos. Esto se hace un año antes del viaje de la orquesta y es básico para establecer esos puntos, siembre tomando en cuenta que el equipo está compuesto por muchas personas.

El primer viaje que hicimos fue a Paraguay, desde la cuenca del río Uruguay hasta el Amazonas, con la Orquesta de las Misiones. Hemos navegado en ríos como el Iguazú desde Rosario hasta Buenos Aires. Dichosamente, en la cuenca amazónica ahora hay más facilidad para viajar. Los barcos tienen habitaciones y el río ofrece 6.000 kilómetros navegables, con afluentes y cuencas que hacen más amigable la travesía.

Lo importante de un viaje de esta naturaleza es que se va compartiendo con cada uno de los artistas y las comunidades. Dependiendo del clima y de lo que suceda en cada comunidad, el tiempo que paramos en cada una de ellas varía entre uno y tres días. Hemos incorporado convivios, que han hecho los viajes mucho más prolíficos. Preparamos una comida, compartimos con los artistas locales y damos un espacio para escucharlos. Esta es la única orquesta diseñada no solo para tocar sino para escuchar a otros artistas. ¿Por qué es importante escucharlos? Muchos de los músicos son poco conocidos en otros lugares. Es importante visibilizarlos y rescatar ese vínculo entre la navegación y la cultura.

¿Qué se trajo de esta última experiencia por el Amazonas?

La parte que conocimos ahora del Río Negro, Manaos, en el noreste del Amazonas, y una comunidad que se llama Maraã, nos hizo percibir la enorme dimensión de esta cuenca amazónica. Estamos hablando de que tiene casi siete millones de kilómetros cuadrados y eso implica un potencial gigantesco de conocer esa historia antigua nuestra tan rica. A diferencia de lo que mucha gente piensa, el Amazonas es una zona habitada por personas que han vivido mucho tiempo en armonía con el medio ambiente. Han surgido presiones económicas que ponen en peligro el bosque; lo importante es poder darle el valor que tiene a la preservación de la cultura y a la concepción de los bosques como un todo.

Tengo entendido que hubo talleres de construcción de instrumentos.

Siempre tratamos de tener estos talleres, porque con nosotros viajan varios lutieres. En esta ocasión, viajaron con nosotros varios guitarristas y hubo donaciones de materiales para construir instrumentos en estas comunidades. Nuestros lutieres comparten sus técnicas, pero los músicos locales aportan un conocimiento muy importante. Se aprende mucho de cómo fabrican ellos estos instrumentos antiguos. Al llegar a cada comunidad en tantos países se multiplica el conocimiento.

Se comenta que estamos rescatando la cultura, pero yo creo que es al revés: la cultura es la que nos va a terminar rescatando como sociedad. Sería importante resaltar todo lo que nos falta por conocer de las culturas propias y también del medio ambiente natural. Muchas de las soluciones que buscamos ahora y que provienen del campo de la ciencia y de la medicina o del ámbito espiritual se pueden encontrar en esta mezcla entre cultura y naturaleza. Por ejemplo, “árbol” y “arte” son una misma palabra para los indígenas. El árbol es lo que comunica la tierra con el cielo y el artista cumple esa misma función. Ese vínculo no se puede separar.

La investigación musical es uno de los pilares de su faceta como músico. ¿Qué satisfacciones le ha traído ese camino en el aspecto académico?

Es muy gratificante conocer cosas que no se enseñan en las universidades, sino que hay que ir a aprenderlas donde realmente funcionan. La gente me pregunta por qué hago conciertos en lugares imposibles y yo les contesto que ahí es donde están sucediendo las cosas. Uno no puede quedarse en los teatros o donde ocurren los hechos de manera convencional. Creo que la historia musical de Centroamérica sería diferente si no existieran grupos como la Orquesta de la Papaya y muchas otras que han surgido alrededor de esto. En estos años han florecido proyectos inspirados en esos viajes. El aprendizaje ha sido enorme.

La ventaja de la música es que habla por sí sola. Si uno escucha un disco de artistas que ya no están con nosotros, vemos cómo todo su conocimiento queda reflejado ahí. Algunos hablan de un americanismo musical. Lo cierto es que seguimos siendo un continente que no se conoce bien a sí mismo. A veces nos cuesta imaginarnos entre nosotros y cuando hablo de continente incluyo desde Canadá hasta la Patagonia. A pesar de esto, las fronteras americanas nunca han sido impedimento para que cantemos una misma canción en todos nuestros países y esto solo sucede en América.

Este año ha sido de muchos reconocimientos en su carrera. ¿Hacia dónde se dirige ahora su camino musical?

Indudablemente, ha sido este un año complejo en la toma de decisiones y hubo algunos reconocimientos importantes. La verdad es que ese doctorado en una universidad en Canadá me puso a escribir y a buscar cosas que tal vez me llevaron a valorar el pasado y replantearme hacia dónde quisiera ir. Más que todo, después de este viaje al Amazonas, pienso que en mi carrera hay una constante: libertad para explorar nuevos espacios. He estado componiendo cosas inspirado en sueños. Este nuevo tipo de composición me permite borrar esquemas que yo mismo me he puesto. A veces uno cree que es un músico folclórico clásico y más bien esas barreras no existen. Incluso luego de la pausa que tuve en el Ministerio de Cultura [de Costa Rica] durante cuatro años los proyectos se retomaron de modo fluido y eso es bueno. Las cosas deben tener vida propia sin que uno siempre esté presente.

Al final de la entrevista, Obregón toca una de las piezas oníricas que lo han seducido. En su sueño, algunas mujeres caminan por un desierto cantando estas notas. Esa escena se repite en mi mente, pero lo veo a él navegando por ríos, tocando entre bosques y construyendo su sueño de una América más unida por los lazos de una herencia musical indeleble.

Para mayor información sobre la discografía y la obra musical de Manuel Obregón se puede consultar la página www.manuelobregon.com