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Vistas de Panama

Manos de orfebre

Aunque en Panamá hay muchos tipos de polleras, la santeña es una de las más conocidas por su vistosidad. Además del lujo del vestido, una mujer empollerada también se adorna con un amplio joyero confeccionado por manos artesanales expertas: los orfebres especializados en las joyas típicas panameñas.

Por: Ana Teresa Benjamín
Fotos: Carlos Gómez

El día que fuimos a buscarlo, Alonso Delgado estaba trabajando en el taller de la Joyería y Empeño San Cristóbal, en la ciudad de Las Tablas, y se asomó para saber quién lo buscaba. De contextura gruesa, ceño fruncido y una especie de lentes de soldador sobre la cabeza, Delgado intentó ser amable pero el afán por el trabajo pudo más: “Con mucho gusto los atiendo pero después de las cinco de la tarde… Ahora estoy muy ocupado”, dijo enfático, con su acento santeño.

Ante la insistencia, Delgado se dio media vuelta y desapareció tras una puerta. En el local, unos clientes esperaban su mercancía. En las vidrieras altas, iluminadas con focos empotrados, brillaba el color oro de las joyas de la pollera: un rosario de filigrana, una gargantilla, una cadena chata y una guachapalí. Minutos después, Delgado reapareció e invitó a pasar, pero quien estaba en la oficina era un hombre blanco de cabello claro: Ronald Muñoz, el dueño de la joyería.

Muñoz es tableño y se dedica al negocio de la cría de puercos. Un día se ganó cinco cerditas en una rifa y empezó a engordarlas. Cuando llegaron las fiestas de fin de año cambió el plan que les había trazado originalmente: no las mataría para la venta sino que las pondría a parir. “Ahora tengo la Finca Epifanía, una de las más grandes fincas de cerdos… Allí hay como unos 12.000 animales”, relata orgulloso.

Estando en el negocio de los puercos y del ganado bovino, en 1995 se le ocurrió abrir una casa de empeño. Pronto se dio cuenta de que buena parte de la clientela buscaba prendas para la pollera “que se habían quedado”. Entonces averiguó sobre el mercado del joyero de la pollera y se dio cuenta de que había potencial.

“Le pregunté a un compañero de primaria que era orfebre y me dijo que no se daba abasto [con la confección]. Yo vivía en Ancón, en Panamá, y venía a Los Santos a ver el ganado. En eso una señora que contraté para la casa me dijo que su esposo era orfebre…”. Y ése era, ni más ni menos, Alonso Delgado.

Delgado está dentro de un cuartito largo y estrecho, en la parte de atrás de la joyería, fundiendo plata para hacer cadenas chatas y guachapalí. Su historia con la joyería empezó con unos nicaragüenses, en la Ciudad de Panamá. Tenía trece años y lo que le pagaban no le alcanzaba ni para comer. “Empecé a dedicarme a lo típico con Victoriano Galástica, de La Enea de Guararé. él me interesó en esto”, cuenta el hombre, sin despegar los ojos de su faena.

En el taller, donde Delgado es jefe, el aire acondicionado marca 20 ºC, pero allí no se siente frío. El sitio, apenas un espacio de tres por tres, tiene muebles, máquinas y herramientas en las cuatro paredes, además de carteles con fotografías de chicas sonrientes. El soplete echa fuego por un rato y a uno de los escritorios llega César Almanza, el otro orfebre de la joyería. Más joven, con diez años allí, Almanza revisa el material y da su diagnóstico: algunas piezas se han dañado y otras están listas para ser parte de alguna de las cadenas de la pollera. Cuando Delgado y Almanza no pueden con la cantidad de trabajo pendiente, Muñoz recurre a Eroteides Escudero, quien trabaja en su casa, en La Palma.

La riqueza del joyero de la pollera de lujo santeña radica en que las cadenas, aretes, peinetas, pensamientos, pulseras, brazaletes y anillos son hechos a mano, pieza por pieza… Un trabajo que requiere no solo paciencia, buen ojo y excelente pulso, sino un conocimiento ancestral que tiene en la familia Villarreal una sus más grandes exponentes. Tal como dice Delgado, “en La Palma estamos varios orfebres. Una familia, la Villarreal, se dedicaba a eso y enseñó a otros”.

Los Villarreal de La Palma

La Palma es un pueblo del distrito de Las Tablas que queda camino a Pedasí. Esa tarde estaba gris y en los portales de las casas apenas si había asomados algunos habitantes tomando el fresco. Pronto caería la lluvia. En la entrada del pueblo hay una casa en la que se vende no solo pollo asado, chorizos y hamburguesas, sino que además ofrecen servicio de “blower y plancha” (alisados para el cabello). Más adelante hay un minisúper, un jardín del que sale música y otra fonda, oscura y con manteles plásticos, donde sirven pollo, carne y sopa.

En el centro de aquel pueblo apiñado está la iglesia, el parque y la casa de la familia Villarreal, flanqueada por dos árboles de naranjo muy verdes. Dicen que la tradición orfebre empezó allí, en esa casa, con Ezequiel Villarreal, el abuelo de la familia. Luego la tomó José de la Cruz Villarreal y actualmente se desarrolla en las manos de Marlon Villarreal, quien se encuentra también en Las Tablas, tras el mostrador del Taller Villarreal. Prepara el material para hacer brazaletes y su padre está a su lado, dándole forma a unas virutas de plata que formarán parte de una joya. Más allá, un trabajador desenreda hilos de oro.

José de la Cruz Villarreal comenzó con la orfebrería a los catorce años y ya tiene 67. Habla poco y despacio, tal vez porque el Desfile de las Mil Polleras estaba a la vuelta de la esquina y aún tenían prendas pendientes. De hecho, Marlon cuenta que son tan pocos los que se dedican a este arte en la zona que “a veces toca decir que no”, y en el taller no hay cupo para nuevos pedidos sino hasta después de Carnavales…

Le pregunto por qué es tan buen negocio la confección de las prendas de la pollera santeña. ¿Por qué hay tantas mujeres dispuestas a gastarse cientos y miles de dólares en joyas tradicionales? “No creo que sea tanto por vanidad, sino porque acá a la gente le gusta el folclor”, aventura Delgado. “Es que aquí hay tantas actividades y las hijas de las tableñas siempre compran”, explica Muñoz. Algo parecido opina Ennio Ortiz, dueño del Taller Artesanal Joyeros y uno de los protagonistas más nuevos en el mercado tableño: “Siempre hay reinas, polleras, matrimonios…”.

En el libro La pollera panameña, la fallecida folclorista Dora P. de Zárate aventura una explicación: “Se dirá que es muy rica la panameña”, se lee, debido a la “gran cantidad de joyas que hacen de este atuendo uno de los más costosos que se conocen… [Pero] las joyas pasan de generación en generación como herencia intocable” y solo se usan para vestir la pollera.

A las generaciones nuevas, entonces, quizá les toque completar el joyero: agregar una cadena, reparar otra o comprarse unos aretes de mosqueta, para no tener solamente los zarcillos… Y finalmente colocarlo todo “al fondo de los cofres caseros o en los depósitos de los bancos” en espera de otro desfile, matrimonio o fiesta patronal.

Flores de pollera

Los tembleques son las flores que la empollerada usa en la cabeza y se colocan en pares, siempre sobre el mismo peinado: el cabello partido a la mitad y recogido en dos moños, detrás de las orejas. Tradicionalmente se hacían con escamas de pescado, pero lo que se impone ahora son los gusanillos y las perlas junto con chaquiras, canutillos y hasta lentejuelas.

Tal como ocurre con los orfebres, en la región de Azuero (provincias de Herrera y Los Santos, más que todo) hay personas reconocidas por su trabajo de “temblequeros”, dos de ellas son Amarilis Samaniego y Digna Henríquez Pinilla.

Samaniego, residente en La Villa de Los Santos, cuenta que su abuela y su mamá comenzaron a enseñarle las labores de tejido para las polleras y de allí surgió su interés en el trabajo relacionado con el vestido típico de la región. “Las puntadas casi que las aprendí sola”, cuenta, y algo similar ocurrió con la confección de los tembleques. “Los diseños son ideas mías”, apunta.

Como escribió la folclorista Dora P. de Zárate en el libro La pollera panameña, los tembleques imitan las formas de flores, insectos y aves. Así, en la cabeza de una empollerada puede haber lirios, chabelitas, rosas, mariposas, alacranes y hasta pavos reales.

Una cabeza completa doce pares para una adulta y diez pares para una niña puede tomar entre diez y doce días. Hay piezas, claro está, que toman más días que otras: no es lo mismo armar un “tapaoreja” o un “tapamoño” que una flor de relleno o un jazmín.

Digna Henríquez Pinilla, residente en Chitré, fue alumna de Samaniego. “Una vez que me jubilé, tenía ese afán de aprender nuevas cosas y darle rienda suelta a mis deseos”, cuenta. El tejido y el bordado siempre le habían gustado y así fue como se matriculó en las clases que Samaniego daba en la Escuela de Jóvenes y Adultos. “Allí aprendí el bordado ocueño, el punto de cruz y la confección de tembleques. Mi obra cumbre fue mi pollera de coquito”, comenta.

Henríquez Pinilla fabrica poco para el mercado, “porque la gente no quiere pagar”. Los tembleques que confecciona son principalmente para uso propio y para la familia (en cada Carnaval la familia organiza tunas), pero hay quienes sí logran ingresos por la confección de tembleques. Tal como escribió De Zárate, “su elaboración constituye una bonita industria doméstica que alivia bastante más que un presupuesto familiar”.