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Cultura

Mamita Candelaria

Víctor Neira Quispe, Uriel Montúfar Butrón y Carlos Álvarez Apucusi plantean tres miradas —mítica, comunitaria, íntima—, abriendo una puerta inédita a una de las celebraciones de identidad indígena más importantes de América: la de la Virgen mestiza.

Por Sol Astrid Giraldo E.
Fotos I Concurso Regional de Fotografía Ministerio de Relaciones Exteriores – Puno.  Cortesía Consulado Perú (Medellín)

Cada año es necesario que la Virgen salga de su templo para que la creación recomience: las lluvias y el sol, la oscuridad y la luz, las cosechas y la vida.  Un solo gesto suyo bastará para sanar el ciclo cósmico. Pero también, cada año, su propio cuerpo debe rehacerse: con flores, mantos, hilos de plata, arabescos… En este parto del universo y de su efigie se mezclan una y otra vez inciensos y dolores, traumas históricos y fiestas populares, danzas coloridas y silencios en el alba.

Es que la guerra de los mundos que creó los Andes peruanos también aconteció sobre la piel virginal, marcada por los rudos choques de la Conquista y las fricciones cotidianas de la Colonia. Así, aunque su rostro es el de la dulce María, su útero es el poderoso y vernáculo de la Pachamama. Y las candelas católicas que empuña zigzaguean en sus manos con la forma de un rayo incaico. En esa disonancia, que la aleja tanto de la figura sacra que trajeron los españoles como de la divinidad telúrica indígena, están la estrategia y el poder de la Virgen de la Candelaria del Puno.

Pero cada año hay que reafirmar sus dominios, poniéndolos en escena en su peculiar y ostentosa celebración de inicios de febrero. Entonces, los esfuerzos no se escatiman. Todos deben participar y todos llegan a la cita infaltable en la meseta alta andina: aymarás, quechuas y mestizos, habitantes urbanos y vecinos rurales, comerciantes y labradores, poderosos y humildes. Recorren kilómetros, bajan desde montañas de 4.000 metros, se trenzan el cabello, se bañan con pétalos, se visten con faldas y sombreros de todos los colores, tocan quenas y platillos, hacen tapetes con flores, se ponen máscaras negras o alas blancas. Revisten a la Mamita para que ella revista el mundo. La acompañan en las quemas de qhapos durante las vísperas, en la misa del alba, en las ofrendas. Y todos participan en las incontables coreografías, comparsas y bailes: alrededor de 70.000 danzarines con sus coreografías de morenadas y diabladas, con sus trajes de luces donde estampan sueños míticos inmemoriales.

Una festividad tan rica que en 2014 le mereció ser declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y congrega anualmente a antropólogos y turistas de todo el mundo. Es una tentación captarla y registrarla antes de que se esfume. Las imágenes y documentales de especialistas y aficionados foráneos se cuentan por montones.  Sin embargo, en 2017 se quiso conocer la mirada sobre las fiestas de los habitantes del lugar. ¿Cómo veían ellos mismos su fiesta? Surgió así un concurso local donde hubo tres ganadores.

Los sahumerios de la procesión, el humo de las quemas, la niebla del amanecer, el cuerpo disuelto de los danzantes, son las huellas que sigue con preferencia Víctor Neira Quispe. En medio del movimiento y el jolgorio, se decide por el silencio. En lugar de la literalidad de un reportaje periodístico, se instala en la zona de lo indeterminado, lo borroso, lo insinuado. Permanece en los bordes para no romper la magia del instante mítico. En sus fotos el mundo se rehace entre dos mujeres de fuego: la Virgen de las Candelas y la indígena de las piras paganas.

Uriel Montúfar Butrón no siempre se enfoca en los rostros, sino que explora la parte de atrás de los cuerpos: las espaldas del monumental Manco Cápac que preside al Puno desde el cerro Huajsapata, la del espectador arrobado por los juegos pirotécnicos. Y claro, la de la misma Virgen, de la que solo muestra el ostentoso y potente manto. Su cámara se dirige al tinglado oculto del drama. Le interesa su tejido, las multitudes que enarbolan y crean sus ídolos, el momento comunitario.

Carlos Álvarez Apucusi, por su parte, traduce esta celebración de inusual colorido a un ascético blanco y negro. Estrategia que le permite potenciar el simbolismo de la luz. En lugar de los encuadres generales sobre las multitudes vibrantes, explora la quietud e intimidad de los primeros planos.

Un punto de vista donde surge ya no la masa sino el personaje individual: el campesino con su ofrenda en las manos, el creyente encendiendo velas místicas, el niño de una banda musical que nos mira de frente, a nosotros, espectadores fisgones de su mundo. Cada uno de ellos se convierte en estas imágenes en un ícono, tan poderosos como la misma Virgen.

Tres miradas —mítica, comunitaria, íntima—, surgidas desde adentro, desde los ojos mismos del lugar, que nos abren una puerta inédita a una de las celebraciones de identidad indígena más importantes de América: la de la Virgen mestiza que todos los años pone en paz a su comunidad con el lago Titicaca, los diablos subterráneos y los cataclismos de la historia.