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Cultura

Luis González Palma: Las resistencias del cuerpo

Más que certezas, González plantea preguntas en sus enigmáticas composiciones. Persigue en ellas los huecos de los relatos oficiales, los silencios de las narraciones, las oscuridades que expulsan estéticas y seres.

Por: Sol Astrid Giraldo

 

La rosa, una imagen realizada por el artista guatemalteco Luis González Palma a finales de la década de los 80, nos mira con el blanco perturbador de sus ojos. Altiva, levanta su cabeza coronada de pétalos y muerte. No está triste ni feliz. No es morena, sino sepia. Porta serenamente sobre su rostro las ruinas dejadas por los choques de mundos, la violencia y el desarraigo. Sin embargo, está viva. Quizá solo nos mira para recordárnoslo. Quizá solo es hermosa para que no lo olvidemos. 

Ella se plantó en el centro de las imágenes fundamentales de Latinoamérica desde hace tres décadas. Simplemente floreció en el espejo fluido que ha venido construyendo González para reflejar los cuerpos siempre cambiantes. De un formato que no es estrictamente fotográfico, documental ni pictórico, ellos emergen con sus heridas y sus victorias a flor de piel. Superficies de carne donde se transparenta la historia.

La Rosa. Fotografía más técnica mixta. 50 x 50 cm.

Una imagen en especial nos da la clave. En ella apenas alcanza a distinguirse un niño que está oculto casi totalmente por un gran crucifijo. Del chico solo se ve un pedazo de la cabeza, su pelo liso y negro, y los ojos; su boca, en cambio, es tapada por la inscripción INRI, mientras su cuerpo desaparece debajo del lacerado Jesús y su imponente cruz. Esto fue lo que sucedió literalmente en la Colonia, cuando las imágenes católicas reemplazaron a las indígenas. Los mantos de pureza de la Virgen María silenciaron las convulsiones fértiles de la Madre del Maíz; las heridas de los mártires suplantaron a las manchas de los hombres-jaguar; los estigmas de Cristo sustituyeron a las escamas de la Serpiente Emplumada. El cuerpo aislado y triste se tragó al pagano conectado con la naturaleza de los habitantes originarios. 

Esta violencia de las imágenes persiste. Se sigue replicando cada vez que la cámara de los antropólogos o de los celulares de los turistas enfoca desde arriba el misterio de los cuerpos mestizos. Ellos no pueden verse reflejados en imágenes que los devalúan o exotizan. Y ese fue el problema que enfrentó González cuando comenzó a mirar a los sobrevivientes de las culturas mayas de su país. Entonces comprendió que la fotografía era ficción, que el cuerpo estaba hecho de capas de historia y que la memoria era resistencia. Renovadas mitologías emergieron entonces de su laboratorio para hacerles contrapeso a los estereotipos: la feroz Mujer Luna, una América coronada y de labios gruesos, legiones de ángeles con alas de selva. 

Para dar cuenta de estas densidades y complejidades, sus retratos debieron romper la superficie plana de las copias fotográficas. Explotaron saliéndose de las paredes y replicaron las estrategias de los altares. Sin miedo ni pudor, acumularon, mezclaron, ensamblaron coronas de espina, ramas secas, clavos… En estas imágenes, de alguna manera, se emulan los íconos católicos, pero también se les da vía libre a objetos paganos como plumas, rocas y aceites. El oro del barroco europeo conserva allí las huellas de las manos indígenas que lo extrajeron. El rojo de la realeza evoca el de la sangre derramada. Las telas reproducen sudarios y Verónicas actuales. 

La Luna. Fotografía más técnica mixta. 50 x 50 cm.

Más que certezas, González plantea preguntas en sus enigmáticas composiciones. Persigue en ellas los huecos de los relatos oficiales, los silencios de las narraciones, las oscuridades que expulsan estéticas y seres. Por eso, sus exposiciones se despliegan en penumbras como las de los templos. ¿Qué se ha visto y qué no se ha visto en el arte? ¿Quiénes han tenido derecho a la imagen y quiénes no? ¿Cómo se ha decidido lo que es bello y feo?, ¿lo civilizado y lo bárbaro?, ¿lo que somos y lo que no?

El cuerpo aparece fragmentado en sus obras; no termina de hacerse. Los ojos se hunden en los pliegues del papel, un pedazo de la nariz no concuerda, una cara se mezcla con otra, las bocas anidan entre los párpados, los brazos se liberan del tronco y se pierden, las manos tantean el vacío. O el cuerpo simplemente desaparece, dejando apenas la estela de sus rastros: un pedazo de tela con forma humana, camas solitarias atravesadas por un muro, comedores adonde nadie llegó nunca a cenar. 

Sin dramas ni tragedias, sin panfletos ni discursos, sin gritos ni reclamos, el artista observa silenciosamente. Hurga, recorta, reordena, adorna, hace un montaje, cubre las fotos con betún de Judea para cargarlas de tiempo, limpia los ojos para hacerlos más blancos y potentes, añade símbolos ancestrales o jeringas o líneas geométricas contemporáneas. Asiste así a la génesis cotidiana del cuerpo latinoamericano, a sus diarios traspiés y resurrecciones. El mestizaje no ha sido solo sumisión, sino además resistencia, tejido y reconstrucción; las imágenes imperfectas, melancólicas, intrigantes de González también lo son.

Sin título (Serie Möbius). Impresión sobre canvas más laminado en oro. 30 x 30 cm.
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