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Ecología

Los humedales: espacio vital para la humanidad

A lo largo de toda la existencia del planeta, los humedales han contenido y preservado
el agua ―tan escasa, finita y esencial para la vida. Pese a la importancia de estos reservorios, en los últimos 150 años hemos perdido el 64%. Una acción por su conservación resulta urgente.

Texto y fotos: Javier A. Pinzón

El agua, caprichosa, deambula por el mundo en sus tres estados. Y aunque cubre dos terceras partes del planeta, lo cierto es que sólo el 3% de esa masa líquida que nos bordea es dulce y un 1,7% de esta cantidad se encuentra atrapado en los glaciares y casquetes polares. He aquí la importancia de este líquido esencial para la existencia de todos los seres vivos: es escaso y finito. A lo largo de los miles de años de existencia de la Tierra, los humedales ‚Äïvaliosos ecosistemas repartidos en todos los pisos térmicos‚Äï se han hecho cargo de contenerla y preservarla. Y, sin embargo, según Arturo Dominici, director ejecutivo del Centro Regional Ramsar, en los últimos 150 años hemos perdido el 64% de estos ambientes.

Los humedales son grandes superficies cubiertas de agua dulce ‚Äïlos reservorios de agua dulce más grandes del planeta‚Äï, salobre o salada, ya sea de forma temporal o permanente con un máximo de seis metros de profundidad. Son ecosistemas muy variados, donde no solo habitan las especies de plantas y animales que han evolucionado para aprovechar los abundantes nutrientes que allí se generan, sino de los cuales se derivan todas las formas de vida. Además son los más importantes captores de carbono. Podemos encontrar humedales a 5.000 metros de altura, llamados bofedales, pasando por los páramos, ríos y pantanales, hasta llegar a los manglares, al nivel del mar, e, incluso, más allá, dentro de los primeros seis metros de profundidad, donde se ubican los arrecifes de coral.

Los invito a que hagamos un viaje desde los 5.000 metros de altura hasta llegar al mar, para descubrir algunos de estos humedales y ver cómo cada uno aporta a la gran diversidad de nuestro planeta. En la estepa árida de los Andes centrales existe un grupo excepcional de humedales de alta montaña: los bofedales. Según Francisco A. Squeo, profesor de la Universidad de la Serena, en Chile, los podemos encontrar desde los 3.200 hasta los 5.000 metros sobre el nivel del mar, a los pies de cerros y nevados, en el norte argentino, Bolivia, Perú y Chile. Su agua fresca y ligeramente salina es humedad subterránea asociada a riachuelos proveniente de glaciares, derretimiento de nieve y lluvia. La vegetación es una capa verde parecida a una esponja, suave al tacto y capaz de absorber gran cantidad de agua. Han sido poco estudiados y sólo se conocen alrededor de 52 especies de plantas y sesenta de animales que habitan allí. Son entidades únicas y muy frágiles por su dependencia del agua, sensibles a los cambios climáticos y vulnerables a la alteración humana.

Siguiendo nuestro recorrido, en los Andes de Ecuador, Colombia y Venezuela, y también en Costa Rica, encontramos los páramos. Según indica Mario E. Tapia, del Consorcio para el Desarrollo Sostenible de la Ecorregión Andina (CONDESAN), este singular ecosistema se encuentra desde los 3.400 hasta los 4.200 metros, donde hace demasiado frío para el desarrollo de un bosque, aunque prosperan unas 5.000 especies de plantas. Es por este motivo que sus habitantes han debido adaptarse a esta singularidad. El frailejón, especie endémica, es un claro ejemplo. Posee un tronco grueso, con hojas suculentas y muy velludas, que le permiten atrapar el agua de la neblina y conservarla. Una de sus características es que apenas crece un centímetro anual.

La fauna del páramo ha sido muy poco estudiada, pero se sabe que aquí habita el único oso verdadero en Latinoamérica: el oso de anteojos, pero el avance de la frontera agrícola y la destrucción de su hábitat lo han puesto en una posición muy vulnerable. Los páramos han sido reconocidos por sus importantes funciones ecológicas, incluyendo la regulación del ciclo hídrico, que resulta fundamental para el ser humano. El agua de muchas de las ciudades andinas proviene de estos delicados ecosistemas. Además, los suelos paramunos tienen una elevada concentración de materia orgánica y son muy profundos (hasta tres metros). Gracias a esto, la concentración total de carbono almacenado por hectárea de páramo puede ser mayor que la de una selva tropical.

Dejaremos atrás estas asombrosas montañas y nos enfocaremos en los ríos: otros humedales que a su paso van dando vida a diferentes paisajes y alimentan pantanos, lagunas costeras y al final el inmenso mar. Pero del 60% al 70% de los ríos de la región están contaminados y muchos de ellos han sido represados, afectando a un sinnúmero de especies de fauna y flora debido al estancamiento de las aguas, según informa Dominici. Esta situación ha provocado la extinción de diversas especies y la inundación de grandes áreas de humedales, bosques y tierras de cultivo. Además genera gas metano, que retiene el calor en la atmósfera terrestre de 21 a 34 veces más que el dióxido de carbono.

Los pantanos son nuestro siguiente destino: grandes extensiones de tierra inundable que han sido drenados para dar paso a la agricultura o a la urbanización, como sucedió con parte de la Ciudad de Panamá, según me cuenta el científico Stanley Heckadon, del Instituto Smithsonian. En nuestro continente tenemos el Gran Pantanal de Brasil, con 220.000 km² de extensión: el más grande y biodiverso del mundo. Estos espejos de agua son excepcionalmente importantes para las aves migratorias, que los usan como paradas obligatorias para alimentarse o reproducirse durante sus travesías de miles de kilómetros.

Continuando con nuestro recorrido, nos dirigimos hacia los manglares. Según Heckadon, son bosques pantanosos que se forman en las costas donde se une el agua dulce con la salada. Sus raíces se desarrollan de forma superficial en el tronco o las ramas, que se entrelazan entre sí hasta formar impenetrables barreras que sirven de refugio y sala-cuna para cientos de especies. Estas mismas raíces protegen las costas como un muro contra las tormentas y huracanes, ya que reducen la fuerza de las corrientes de agua. Son además grandes filtradoras de nutrientes, orgánicos e inorgánicos, que ayudan a purificar el agua. Pero estos sistemas están siendo destruidos, ya sea para establecer fincas camaroneras, ampliar la frontera agrícola, hacer explotación forestal, obras de infraestructura y desarrollos portuarios; todo lo cual genera contaminación.

Para finalizar nos sumergiremos en el mar, en busca de los arrecifes coralinos: un mundo multicolor de diferentes especies. Estos ecosistemas, llamados “las selvas marinas”, por su mega-diversidad, según el Foro de Leyes y Políticas Ambientales de la Universidad de Duke (Duke Environmental Law and Policy Forum), ocupan apenas el 0,1% de la superficie total de los océanos, pero en ellos habitan el 25% de todas las especies marinas. Casi el 10% del pescado que se consume en todo el mundo es capturado en los arrecifes. Con un kilómetro cuadrado de arrecife saludable se proporcionaría suficiente pescado para alimentar a trecientas personas; pero la sobrepesca, las prácticas destructivas de pesca, la polución, la sedimentación, el turismo irresponsable, la acidificación de los océanos y las altas temperaturas están mermando estos magníficos territorios.

Pero no todo está perdido, pues Dominici me cuenta que desde 1971 se lleva a cabo la Convención Ramsar, la única en el mundo que se preocupa por los humedales. Conformada por 168 países, 39 de los cuales son americanos, esta entidad fue creada para darle a los humedales un uso racional, intentado mantener sus características ecológicas y aprovechar sus bienes y servicios. Uno de los acuerdos establecidos entre los países firmantes es declarar los humedales de sus territorios como sitios Ramsar; categoría que les da una protección internacional.

Estos ecosistemas sumamente frágiles deben ser defendidos y protegidos. Aunque pudiera parecer fácil, no lo es porque en la comodidad de la ciudad nos olvidamos dónde se origina ese recurso vital y nos parece muy sencillo abrir la llave para tener agua. Necesitamos los humedales y todos somos responsables por su conservación.

El Centro Regional para el Hemisferio Occidental

El Centro Regional para el Hemisferio Occidental (CREHO) fue propuesto por el gobierno de Panamá y establecido en la Ciudad del Saber en 1999, en el marco de la convención Ramsar. Es una iniciativa técnica para apoyar programas de capacitación e investigación en todos los países miembros, para que tengan herramientas que les permitan conservar los humedales. Cada país firmante tiene el compromiso de declarar un porcentaje de sus humedales como sitios Ramsar y la entidad solicita que todos los países conserven la totalidad de sus humedales.

Los humedales desempeñan funciones vitales para el ser humano y además son los ecosistemas más productivos y biodiversos del mundo. Son el reservorio más grande de agua dulce del planeta y ayudan a controlar las inundaciones, puesto que actúan como esponjas que almacenan y liberan el agua poco a poco, y funcionan como barreras que evitan las grandes marejadas. Pero el problema más grave que atenta contra su conservación es el desconocimiento de los valores y beneficios que brinda este valioso hábitat, por eso todos debemos poner algo de nuestra parte en pro de su conservación.

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