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Reportaje

Los cafés clásicos de Bogotá: La vida alrededor de una mesa

Alguna vez allí se escribieron los periódicos, los poemas, los manifiestos, las cartas suicidas, las cartas de amor e incluso los discursos presidenciales. Los cafés clásicos de la capital colombiana tienen una historia exquisita y reveladora. Hace unos años parecieron entrar en decadencia, pero ahora regresan con fuerza gracias a la gestión del Instituto de Patrimonio Cultural, de la Alcaldía. Se reanuda el coloquio.

Por: Iván Beltrán Castillo
Fotos:: Lisa Palomino

 

Una extraña sonrisa iluminaba el rostro de aquel hombre de paso lento que recorrió el centro de Bogotá hará unos cinco meses, imprimiendo a su peregrinar una curiosa intensidad de danza y tal vez de despedida. Vestía con los colores del páramo y de los aguaceros, calzaba unos zapatos puntiagudos de actor de película silente y sus palabras respetaban la estricta corrección lingüística de otros tiempos.

Preguntaba aquí por un antiguo político, allí quería saber la suerte de un jurista pertinaz, más adelante inquiría por el destino de un cantante de zarzuela, un arquitecto vanguardista o un boxeador malogrado. En algún instante repetía chistes, bromas, retruécanos y charadas protagonizadas por personajes públicos desaparecidos hace tiempo y ya transformados en historia.

Los sitios que concentraban su interés, que recorrió como un amable espectro, entablando charla con los meseros y esporádicos contertulios, fueron los cafés del centro bogotano, receptáculos del espíritu y el pálpito de la ciudad conventual. Dijo que se llamaba Alfonso Cadavid Ceballos, que tenía setenta y siete años cumplidos, que se consideraba llerista irredento después de casi dos décadas de la muerte de los caudillos liberales que llevaron ese apellido, y narró que gracias a un prontuario de disciplina laboral en una institución bancaria adquirió el derecho a una modesta pero reconfortante pensión y que sentía orgullo de poseer, como reliquias subjetivas, singulares ideas sobre el mundo y la historia universal. Era, sin duda, un clásico ambulante.

Con su pinta de celebración estuvo en el Café Pasaje, de la Avenida Jiménez; en el Saint Moritz, de la calle 16 con carrera octava —donde extrañó los antiguos billares y sus sempiternos jugadores—; en el Salón La Fontana, que queda subiendo hacia La Candelaria; en los billares de la quinta, donde se han iniciado varios campeones de este deporte taciturno, y no dejó de pasar por el Florida, de la carrera séptima con calle 21, que si bien no es un café sino un tomadero de chocolate, hace parte del grupo de reliquias memoriosas.

Esa ilustre visita fue, sin embargo, transitoria. Duró apenas unos cinco días en los que Alfonso tomó incontables pocillos de tinto (como se le llama al café negro en Colombia), copiosos aguardientes y algún humeante chocolate, e ilustró a más de uno sobre los tiempos del esplendor de los cafés capitalinos. Según cuentan quienes lo vieron y escucharon, el hombre había estado enfermo y casi a punto de morir, encerrado en su viejo caserón del barrio Teusaquillo, pero logró sobreponerse a la dolencia después de años de insomnios y jornadas febriles. Así que cuando escuchó en las noticias que la Alcaldía de la ciudad lanzaba un ambicioso proyecto de recuperación del centro, que planeaba revivir los cafés clásicos, decidió ponerse sus mejores atavíos, perfumarse con loción inglesa y acudir en busca de la lucidez y la comunión inteligente.

Sabía la ubicación exacta de las mesas y sillas en las que se sentaron los grandes personajes que escribieron la historia. Paseaba su vista y todos los presentes le escuchaban decir: “En aquel rincón León de Greiff, el gran poeta antioqueño, escribió ‘La balada de los búhos estáticos’, una de sus obras capitales y la que mejor expresa su mundo; al lado de aquella puerta, el caricaturista Chapete, siempre al servicio del periódico El Tiempo, hizo los dibujos más fieros y venenosos contra el general ultraconservador Gustavo Rojas Pinilla, quien fue dictador de Colombia en los años 50, y en aquella otra mesa planeó su salida de Colombia antes de las elecciones de 1970, en las que el déspota pareció ad portas de regresar al poder, no sin antes prometer para Chapete y sus manos un destino sangriento. Allí escribía Juan Lozano y Lozano su columna ‘Jardín de Cándido’ para el mismo diario. Frente a esa ventana se sentaba el filósofo vanguardista Nicolás Gómez Dávila, a quien le decían Colacho, que escribía encerrado en una casa del norte bogotano una obra que por entonces nadie entendió, pero que con el correr de los años ha venido ganando fuerza hasta hacerse famosa en Colombia, Italia y el mundo entero. En una mesa de este café se formó el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), con Alfonso López Michelsen a la cabeza, y se soñó con un ideario vanguardista verdaderamente emancipador. Aquí quedaba el Café Windsor, donde el mejor caricaturista de todos los tiempos, el gran Ricardo Rendón, se metió al baño para pegarse un tiro en la cabeza cuando aún ninguna arruga le surcaba el rostro”.

Estaba en el Café Pasaje, y mientras hablaba le llegaban pocillos de tinto con puntualidad matemática. Fue aquí donde hizo los amigos que ahora le hacían una falta indescriptible: fue contertulio de Jorge Vázquez, el fundador del café; de sus hijos, que heredaron el legado, y alguna vez bromeó con Bertha Morales, la mujer que, según dice la leyenda citadina, le dio un vaso de agua a Jorge Eliécer Gaitán antes de su muerte.

Cambió el escenario. Ahora Cadavid Ceballos estaba en el Saint Moritz, la emblemática trinchera que fundara hace setenta años el alemán Guillermo Wills, evocando una blanca ciudad suiza rodeada de montañas como Bogotá. Allí, el ex banquero delicado prosiguió con su memoriosa captura de recuerdos: “Aquí ensayaban los actores de las radionovelas de Todelar y Caracol, los teatreros de Bernardo Romero Lozano, los fundadores del Teatro Popular de Bogotá, los pintores que exponían en el Museo de Arte Moderno. En esa mesa se reunían los poetas nadaístas, encabezados por el niño genio e iconoclasta Gonzalo Arango”.

“Allá acostumbraban tomar sus cafés y sus primeros aguardientes los estudiantes del Gimnasio Moderno, incluidos los más ilustres y los que hacían el clásico periódico El Aguilucho. En esa otra esquina se sentaba la gente del mundo taurino y se veía a los toreros escribir cartas a sus mujeres y queridas. Mejor dicho, jóvenes amigos, la vida bailó una danza sutil alrededor de las mesas de estos venerables cafés”.

Alfonso Cadavid transitaba con soltura por la más endiablada gama temática. Nunca había ido a la universidad y es posible sospechar que ni siquiera terminó el bachillerato, pero sus horas de charla, debate, confrontación y lectura en los cafés del centro lo transformaron en un prodigioso autodidacta, otro de los cientos que se formaron en la Bogotá del siglo XX.

La novela de la historia 

Bogotá, la ahora moderna y tempestuosa, contradictoria y cruel, tuvo sus primeros cafés cuando agonizaba el siglo XIX. La Botella de Oro, la Cantina Guaraní, Cantina La Poesía, La Cuna de Venus, La Gata Golosa, La Gran Vía, el Victoria y El Automático fueron algunos de sus sonoros y sugestivos nombres. Centros de ebullición de la vida social y cultural, lo que pasaba en el país y en el mundo se reflejaba en ellos como en un espejo.

“Los afortunados que viajaban al extranjero regresaban cargados de noticias, cual emisarios de un mundo que estaba más allá de los montes y el océano. Así, en las mesas de estos tertuliaderos geniales se habló por vez primera de art déco o surrealismo, de la atroz jornada fascista en Europa, de Salvador Dalí o Greta Garbo, de Federico Fellini, Mahatma Gandhi o Winston Churchill. El arte, la poesía, las bellas mujeres, el cinema, la política y hasta la lucha de las ciencias contra la oscuridad de las nuevas y feroces enfermedades ocupaban las horas, llenándolas de luz”, evocó Santiago Merino, otro clásico ambulante, mientras tomaba tinto cerrero en el Café Pasaje.

“Mire, aquí en este sitio hasta se dio inicio a la pasión deportiva, cuando una tarde de hace muchas décadas se fundó en aquella mesa el Independiente Santa Fe, ese equipo que se transforma en una pasión y casi que en idolatría los domingos del estadio y que cuenta con una legión de hinchas”, agregó Merino.

“Los que caían en el influjo del café se hacían meditabundos, esenciales, reflexivos, se diría que metafísicos”, afirmó ahora el gran poeta colombiano Antonio Correa, mientras atacaba un chocolate mágico en una de las mesas del Florida y quien trasnochó en el centro bogotano al lado de los íconos de la bohemia y la insurrección creadora hasta su exilio voluntario y feliz en Quito.

“Según los investigadores acuciosos y los nostálgicos sin remedio, los cafés del centro bogotano, como tantas otras cosas, fueron víctimas del turbión de la historia”, aseveró el poeta Correa. “Estos centros de cultura, como me gusta llamarlos, cayeron en las amargas redes de la gesta y el acaecer del mundo, de sus cambios brutales y sus ásperos episodios. Los más nostálgicos y radicales afirman que la primera muerte de estos epicentros del ingenio fue el 9 de abril de 1948. Después vinieron muchos golpes, muchas noches terribles, muchas empresas criminales haciendo carrera en la ciudad. El miedo echó raíces en las calles y, claro, los placenteros conversadores empezaron a quedarse en casa”.

Reinvención de la ciudad

Nadie sabe cuál fue la suerte de Alfonso Cadavid Ceballos. Después de visitar, uno a uno, los clásicos cafés bogotanos que supervivieron a la vorágine de los años, desapareció sin dejar mayor rastro. Alguno de quienes lo atendieron trató de ubicar la casa de Teusaquillo donde dijo vivir, pero no encontró el más leve rastro del bohemio magistral. Fue como si lo hubiera devorado la selva de asfalto.

“Lo que me parece más sensato y real es suponer que se trataba de un fantasma, una encarnación, la suma de muchos hombres que amaron, reflexionaron, gozaron y sufrieron en las mesas de los céntricos cafés bogotanos. Estaba, sin duda, recogiendo sus pasos y aplaudiendo la reinvención de esta ciudad”, conjeturó el poeta Correa y después concluyó: “Ahora quisiera invitarlos a un buen chocolate de estos que sirven aquí en el Florida. Su fórmula es secreta y su aroma es el mismísimo aroma de la memoria y el tiempo”.

Cortesías: Café Pasaje, Florida, Salón La Fontana, Saint Moritz, Pandebono, Café Eldorado y Billares Aretino.