Contáctanos

Vistas de Panama

Las montañas de Victoriano

En Sonadora, La Negrita y San Miguel Centro se encuentra la leyenda viva de uno de los personajes más importantes de la historia panameña: Victoriano Lorenzo. Además del recorrido por los hechos heroicos y las tragedias humanas mediante el relato de los más viejos, en las montañas de Victoriano es posible dejarse llevar por la música y el viento.

Por: Ana Teresa Benjamín
Fotos: Carlos eduardo Gómez

A Cayetano le gusta contar la historia de su tatarabuela. El relato de la “viejita” María José Flores quien, allá por 1900, recibió un día la visita de Victoriano Lorenzo, el cholo guerrillero. “Victoriano vino de por allá de los lados de El Cocal y le dijo a la viejita si podía hacerse aquí con sus hombres. Ella le dijo que sí, que con mucho gujto”, pero a cambio le pidió que no se llevara a sus dos muchachos para la guerra.

Dice Cayetano que Victoriano aceptó el trato. La Guerra de los Mil Días era brava y traicionera, y el lote donde Cayetano tiene ahora su casa, de fachada rosa y un pequeño monumento al cholo, se llenó de tal gentío, que María José tuvo que irse a la montaña con sus dos muchachos y Genarina, la pequeña que había adoptado a los nueve meses, quien fue la mamá de Cayetano.

La casa de Cayetano queda en La Negrita de Penonomé, en la provincia de Coclé, a 120 kilómetros de la Ciudad de Panamá. Durante el conflicto que enfrentó a liberales y conservadores a principios del siglo XX, el terreno donde hoy vive fue sede del cuartel general de Victoriano y toda la tierra alrededor fue zona de guerra.

Victoriano, quien conocía mejor que nadie cada colina, trocha, piedra, árbol y quebrada, armó un ejército de desposeídos expertos en tácticas guerrilleras que marearon de tal forma al ejército conservador que, aún después de finalizado el enfrentamiento y firmado un acuerdo de paz, no tuvieron reparos en fusilarlo. Murió el 15 de mayo de 1903.

Cayetano sabe la historia que lo une a la tierra que habita, por eso se ha convertido en defensor y cuidador no solo del sitio donde estuvo el cuartel general, sino también de uno de los cerros desde el cual las tropas de Victoriano divisaban los movimientos de los conservadores: el cerro El Vigía. Cayetano lo muestra allá al fondo, con ese cielo celeste de fondo, mientras la brisa de verano revuelve cabellos y almas.

Bajito, de manos tan duras que desgrana mazorcas como si pelara nísperos, Cayetano tiene ojos pequeños de azul suave, sonrisa franca y una forma de hablar cadenciosa que contrasta con su tono de voz grave. Roza ya los ochenta años, pero todavía se levanta de madrugada para atender el lote que tiene sembrado de maíz. Los pericos le han dejado las mazorcas sin dientes y por eso, machete en mano y calzando sus botas negras, camina hacia la parcelita al pie de la quebrada a ver qué tanto puede hacer.

Subir al cerro El Vigía toma apenas 45 minutos; con buenos pulmones y piernas, quizás en veinte. Desde arriba solo hay montaña, cielo y más viento, pero el conocedor de la historia y la geografía sería capaz de ubicar los otros cerros estratégicos, los pueblos vecinos, los caminos que antaño usaron los combatientes de uno y otro lado… e imaginarse aquellas luchas con rifles de bayoneta, caballos resoplando y campesinos peleando contra soldados que no entendían el concepto del ataque sorpresa.

Pero El Vigía es apenas uno de los sitios por conocer en esta región de Penonomé, que no solo está cargada de historia sino de belleza extraordinaria. Camino a La Negrita, por ejemplo, está el todavía caudaloso río Zaratí y, más allá de Churuquita Grande, se encuentra el pueblo de San Miguel Centro, cuna de los diablos cucuás.

Campo Trinchera y los diablos de San Miguel Centro

En Campo Trinchera abundan los murales de hombres listos para el combate, con rostros de Victoriano, además de bohíos, montañas y flores. En un salón de paredes abiertas hay fotografías inmensas en blanco y negro de los brigadistas que fueron a Nicaragua y más allá están los caminos que conducen a los escondites y terrenos en los que los hombres de Victoriano emboscaban a los soldados del ejército conservador.

En alguna parte de aquel laberinto está el balneario; el lugar que, según Hernán Cárdenas, administrador del campo, usaron las tropas de El Cholo para asearse. “Aquí hay varios huecos de piedra basalto… Las acomodaron para hacer norias; cuando uno camina por aquí se puede pensar en los guerrilleros que se bañaron en ésta, la quebrada Ahoga Yegua”, relata.

El balneario está seco, no solo porque es verano sino porque los bosques son ahora menos abundantes que hace un siglo. Igual, estar allí resulta un viaje en el tiempo y no es solo cosa de la imaginación: es que Hernán rescata datos, héroes y hechos, dándoles contexto y significado, mientras la naturaleza regala el sonido de un chorrillo y del viento imparable que baila entre el dosel de los árboles.

Conocido ya Campo Trinchera, el campamento central de Victoriano y el cerro El Vigía, es momento de subir a San Miguel Centro, al norte de la provincia de Coclé. Allí todo es verde, muy verde, excepto por los árboles de guayacán que brillan entre el manto del bosque penonomeño. Sobre una colinita y al lado de una quebrada que canta día y noche vive Silvestre Ovalle, un hombre bajo y encorvado, con una voz de susurro, que mantiene vivos los recuerdos de Candelario Ovalle.

Candelario era uno de los secretarios de Victoriano. Cuando el general estaba cansado o quería dedicarse a otros asuntos, delegaba en Candelario la tarea de comandar el ejército. En mayo de 1903, tras la muerte de El Cholo, Candelario cayó preso en el Cuartel de Chiriquí, hoy Paseo de Las Bóvedas. Tras su liberación, regresó a sus montañas. “Candelario tomó la iniciativa de invitar a personas que quisieran aprender a leer y a escribir. Y luego, más adelante, le nació la idea de abrir una escuela”, cuenta Silvestre. Por eso hoy el colegio de la comunidad lleva el nombre de Candelario Ovalle.

San Miguel Centro es también el “centro de operaciones” de la Asociación Cultural, Artesanal y Ecológica Cucuá, que preserva la danza y la música de los diablos cucuás. Lo más llamativo de estos diablos son sus vestidos, confeccionados con la corteza de los árboles homónimos. “Se corta el árbol, se extrae la corteza, se machaca y se hierve, porque así nos queda blanquita”, explica José Emilio Morán, maestro de la danza cucuá.

La asociación ha plantado unos cuatro mil quinientos de estos árboles para contar con el material, que utilizan además para hacer monederos, separa-libros y recuerdillos. Los colores de los vestidos también los obtienen de la naturaleza: el amarillo de una planta que llaman yuquilla, el rojo del palito guaymí y el color negro sale del ojo del vena’o. El vestido es decorado con figuras geométricas o de animales como sapos, ranas y ardillas, o con elementos de la naturaleza como la montaña, el sol o la luna. “Los cuernos de la máscara son de vena’o, la quijada es de saíno y la máscara por dentro es una jabita de bejuco”, detalla Morán.

La danza resulta especialmente divertida cuando se escuchan las redondillas: “¡Soy el diablo mayor! ¡Vengo del otro la’o! ¡Y tengo la lengua afuera de mamar pechitos para’os!”. O “¡Soy el diablo mayor! ¡Nosotros todos somos raya’o! ¡Todos somos diablos, pero no diablos condena’os!”

Silvestre, además de ser descendiente de uno de los secretarios de Victoriano, es quizás el más viejo ejecutante de la música cucuá. Con un viejo violín hecho de cigua canelo marca la melodía acompañado de tambor, caja y maracas, mientras los diablos ‚Äïun adulto y varios niños‚Äï danzan, gimen y cantan sobre un llanito que, durante media hora, se convierte en el mejor escenario posible.

 


Cómo llegar

Penonomé, al oeste de la Ciudad de Panamá, está a dos horas de camino por la carretera Interamericana. Para ir a Campo Trinchera hay que tomar la vía hacia Sonadora; la entrada del campo queda a siete kilómetros de Penonomé, a mano derecha.

Para llegar a La Negrita debe seguir la carretera de Sonadora hasta encontrar el letrero que anuncia la entrada a El Cocal y allí doblar a mano izquierda. Cuando la carretera de pavimento se termina es que ha llegado a La Negrita.

Para subir hasta San Miguel Centro se requiere un auto de doble tracción, siga la ruta de circunvalación y, ya en Tambo, continúe por el camino sin asfaltar, desde el Súper Compa Rica. Para hospedarse en San Miguel Centro, llame al número de contacto que se detalla más abajo.

Dónde hospedarse

Hotel Coclé, Penonomé. Tels. (507) 908 5039 / 5719. info@hotelcocle.com

Hotel Guacamaya, Penonomé. Tel. (507) 991 0117.

Contactos

En La Negrita, Cayetano Flores. Tel. (507) 6753 7086

En San Miguel Centro, José Emilio Morán. Tel. (507) 6702 1221.