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Destino Perú

Lago Titicaca: Puma de Piedra

Texto y fotos Mariana Lafont

La primera vez que vi ese gran mar en las alturas tenía veinte años, iba en un “periplo iniciático” de Buenos Aires a Perú por tierra, con mochila al hombro y estaba en viaje de La Paz a Copacabana (Bolivia). Recuerdo que lo que más llamó mi atención (además del azul profundo que se confunde con el cielo diáfano del altiplano) fueron las nubes pegadas al horizonte. El lago Titicaca (compartido por Perú y Bolivia) se alza a 3.800 metros de altura, en la meseta del Collao de los Andes centrales, tiene mil kilómetros de costas y abarca más de 8.500 kilómetros cuadrados, siendo el más grande de Sudamérica y el lago navegable más alto del mundo. Está formado por dos espejos de agua separados por el Estrecho de Tiquina. Como no hay puente, la gente y los vehículos cruzan en barquitos a motor. Si bien este lago cristalino recibe 25 afluentes y de diciembre a marzo llueve mucho (el resto del año es casi seco), el agua se pierde por evaporación. Aunque el clima aquí es extremo, el gran cuerpo de agua genera un microclima ideal para actividades agropecuarias. Si el lago no existiera, esta zona hubiera sido un páramo helado y solitario.

La leyenda que relata el origen del Titicaca (“puma de piedra” en quechua) cuenta que los hombres vivían felices en un valle fértil donde no faltaba nada y estaban protegidos por apus (dioses de las montañas). La única condición era no subir a las cumbres donde ardía el fuego sagrado, aunque el diablo los incitara a hacerlo. Un día los apus los sorprendieron escalando y fue tal su furia que soltaron pumas que devoraron a toda la población menos a una pareja. Al ver tal matanza, Inti (el dios Sol) lloró por cuarenta días y cuarenta noches, dando origen al gran lago. Al salir el Sol, la pareja, refugiada en una barca, vio que todos los pumas se habían convertido en piedra.

Miles de turistas visitan este lago atraídos no solo por su belleza, sino porque alberga etnias aymaras, quechuas y uros que preservan tradiciones ancestrales. La mayoría son católicos y adaptaron esta religión a una cultura cuya deidad principal es la Pachamama (madre Tierra). Para conocer a los indígenas de estas etnias hay que visitar las islas de colores brillantes donde habitan y compartir con ellos sus costumbres, historias y creencias. Entre las más destacadas están las islas flotantes de los uros Taquile y Amantaní, en la Bahía de Puno (Perú).

De la totora flotante a Amantaní

Navegar por el lago más alto del mundo y conocer sus islas es una experiencia única. La noche previa a la partida no podía pegar un ojo y cuando por fin logré dormirme sonó el despertador. Era una mañana fría de junio en Puno, pero el sol pronto nos abrigó. Nos embarcamos y al rato divisamos las islas flotantes de los uros a unos seis kilómetros. Hoy hay unas veinte islas, pero esta cifra varía según el número de familias y parece increíble que tales entramados flotantes soporten tanto peso. Las islas son construidas sobre bloques de raíces de totora, cuya descomposición produce unos gases que le permiten flotar. Encima ponen varias capas de totora seca y construyen sus casas con el mismo material. Y anclan las islas con largos palos para no ir a la deriva.

Esta etnia se autodenomina “kotsuña” (“pueblo del lago”) y, según su tradición oral, se vieron obligados a huir al Titicaca luego del asedio del Inca Pachacútec. Desde entonces su vida depende del lago y la totora. Aunque se han volcado al turismo, los habitantes actuales aún practican tradiciones ancestrales como pesca artesanal (y conservan los pescados secándolos al sol), las mujeres son expertas tejedoras y los hombres hábiles constructores y conductores de bellas balsas o “caballitos” de totora. Luego de navegar un rato, llegamos a una zona donde abunda la totora y a lo lejos se veían las llamativas y doradas islas. Paramos a pagar el ingreso y luego desembarcamos en una de las islas, donde nos recibió la familia completa. Nos sentamos en ronda sobre la mullida superficie a escuchar la charla del jefe de familia, mientras el más pequeño de sus hijos, maravillado, acariciaba la barba pelirroja de mi marido. Luego unos se quedaron comprando artesanías, algunos recorrieron el lugar y otros dimos un corto paseo en una balsa de totora antes de seguir el viaje.

Navegamos un par de horas hasta la isla Amantaní, que ya estaba habitada desde épocas preincaicas. En 1580, el rey Carlos V la vendió al español Pedro González y desde entonces estuvo en manos de gamonales. Pero hacia 1900 hubo una racha de grandes sequías, por lo cual los hacendados comenzaron a vender la tierra a los nativos, quienes al cabo de cincuenta años ya habían recuperado toda la isla. Debido a la altura y el suave movimiento de la lancha, el sueño nos venció. Para salir del letargo subíamos al techo de la embarcación y sentíamos la fresca brisa en el rostro. Finalmente llegamos a la isla más grande del lado peruano del Titicaca, al norte de la isla de Taquile. En el muelle el grupo se dividió y a nosotros nos esperaba Pedro, nuestro anfitrión, quien nos guió a su casa abriéndose paso entre un rebaño de ovejas. Agitados por la altura y la falta de oxígeno, a duras penas logramos seguirle el paso hasta su morada. él estaba apurado, ya que era día de fiesta (Pentecostés) y todo el pueblo se reunía en la plaza principal. Luego de mostrarnos casa y habitaciones, sirvió el almuerzo y nos invitó a la celebración. En minutos vistió un llamativo traje blanco y lo seguimos por ondulantes senderos hasta la concurrida plaza.

Todos los lugareños estaban allí con sus mejores galas bailando y gozando. Las botellas de cerveza iban y venían y hasta las mujeres de más edad bebían directamente del pico. La banda tocaba sin cesar mientras hombres y mujeres disfrazados con coloridos atuendos giraban al son de la música. Al cabo de un rato y varios tragos nos alejamos para caminar por la isla que, en ese momento, estaba desierta. Un pétreo sendero paralelo al azulísimo lago nos regaló lindas panorámicas y si dejaba volar mi imaginación me transportaba a alguna isla del Egeo. Recorrer Amantaní de punta a punta es fácil, pues mide solo tres kilómetros y medio. El monte Llacastiti es el más alto (a 4.150 metros) y para escalar hasta la cima hay que subir unos trescientos metros, que no es mucho, pero a tal altura cualquier caminata se torna exigente. En el paseo también admiramos los andenes cultivados, donde producen papas, ocas, cebada y habas, además de criar ganado. Cuando anocheció, el frío se hizo sentir, pero valió la pena abrigarse para ver las estrellas en ese rinconcito del mundo. De Pedro no tuvimos más noticias, uno de los hijos vino a servirnos la cena y caímos rendidos.

La isla de los tejidos

A la mañana madrugamos para seguir a Taquile (“Intika” en quechua). La fiesta había sido larga, Pedro dormía y uno de sus hijos sirvió el desayuno mientras su abuela refunfuñaba en quechua: estaba indignada con Pedro por no atender bien a sus huéspedes. Nos reímos de la situación, nos despedimos y agradecimos la buena atención. Al cabo de unas horasllegamos a las escarpadas costas de Taquile. Como en Amantaní, en este peculiar rincón del mundo vive una de las comunidades más singulares de Perú que, pese al turismo, no cambió sus tradiciones y costumbres. La isla, 35 kilómetros al este de Puno, tiene cinco kilómetros y medio de largo y es la segunda isla más grande de la parte peruana del lago, luego de Amantaní. Los taquileños fueron uno de los últimos grupos en capitular frente a los españoles en el siglo XVI. La isla luego fue tomada en nombre del emperador Carlos V hasta pasar a la corte de Pedro González de Taquila (de ahí su nombre). Durante la colonia y en el siglo XX fue prisión, hasta que en 1937 los antiguos pobladores empezaron a comprar tierra y recuperaron la isla. Pero como los españoles habían prohibido los atuendos incas tradicionales, los isleños adoptaron la vestimenta campesina europea que perdura hasta hoy.

Si va desde Puno son tres horas de navegación hasta Chilcano, el puerto principal de Taquile. Una gran escalinata lleva hasta un pueblo detenido en el tiempo, donde la vida transcurre apaciblemente. Un micromundo sin electricidad, autos, hoteles ni comercios; tan solo algunas tiendas que venden productos básicos. En 2005 la isla cobró gran notoriedad, pues la UNESCO declaró su arte textil como “Obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad”. Las prendas conservan reminiscencias de tiempos precolombinos en cuanto a su calidad, diseño y simbología, que ha sido transmitida de generación en generación. Para confeccionarlas usan lana de llama, alpaca y oveja, y las tiñen con tinturas naturales. La mujer lleva una blusa roja y faldas multicolores (cubiertas con una amplia falda negra), un fino cinturón guinda y se protegen del sol con un largo manto negro en la cabeza. Los hombres usan pantalón tejido negro, camisa blanca, chaleco corto (cuya forma y colores marcan su función en la comunidad) y una larga faja bordada, cuyo tejido describe los eventos que han marcado la vida de la pareja. El chullo o gorro permite diferenciar a los hombres casados (rojo) de los solteros (blanco) y la forma como usan la cola del mismo indica si buscan pareja. Para ver y comprar estos textiles basta ir al local de la municipalidad, en la plaza.

Además de tejidos hay varios sitios sagrados para ver, como los cerros protectores de Mulsina Pata, Pukara Pata, Takilli Pata y Coani Pata, ideales para tener una buena panorámica de Taquile, el lago y los picos nevados de la Cordillera Real en Bolivia. Y si tiene suerte de ir durante alguna festividad, verá la isla en todo su esplendor. La mayoría de las fiestas (fusión de los cultos andino y cristiano) se relacionan con la producción agropecuaria. En enero, mes crítico para la agricultura, hay rituales consagrados a los apus para alejar heladas, granizos y sequías. En marzo hay danzas carnavalescas y en Semana Santa se bailan sicuris. En junio, en domingo de Pentecostés, se hacen rituales para que las semillas sean fértiles y el 24 de ese mes es la fiesta de San Juan. Agosto está dedicado a la construcción de viviendas y en septiembre son las primeras siembras y los pagos a la Pachamama.

Isla del Sol

La más mítica de las islas del Titicaca, cuna de la cultura inca, es la más grande del lago (tiene casi diez kilómetros de largo por cinco de ancho). Está poblada por indígenas de origen quechua y aymara que se dedican a la agricultura, el turismo, las artesanías y el pastoreo en sus antiquísimas terrazas incas. La Isla del Sol, a quince kilómetros de Copacabana, es una de las principales localidades de la zona (a 155 kilómetros de La Paz) y centro de peregrinación para ver la imagen de la Virgen de Copacabana. De allí parten lanchas todos los días a la Isla del Sol y de la Luna. Otra opción, para quienes gozan de más energía y disponen de tiempo, es hacer el trekking de Yampupata. Desde Copacabana hasta el Estrecho de Yampupata son 17 kilómetros caminando tres o cuatro horas, y luego se cruza el estrecho en alguna lancha. La isla está colmada de pequeñas comunidades, pero las más grandes son Cha’llapampa, en el norte, y Yumani (con más oferta gastronómica y hotelera), en el sur. Si bien muchos van por el día, lo más placentero es pasar al menos una noche disfrutando de increíbles atardeceres y noches estrelladas.

Además, en la parte norte de la isla hay playas de arena blanca. Si el bote se detiene allí se puede hacer una bella caminata (pese al fuerte sol y la altitud) por la parte más alta de la isla, con panorámicas increíbles y pasando por varios sitios arqueológicos, sobre todo el de la Chincana, con la Roca Sagrada, desde donde, según la leyenda, Manco Cápac y Mama Ocllo partieron en busca del lugar donde fundarían luego su imperio: el Cusco. La Chincana es una serie de edificaciones de estilo inca, pero más rústicas, emplazadas en varios niveles y comunicadas por puertas y pasillos. Se dice que aquí vivían los monjes adoradores del Sol. A lo largo de la caminata deberá pagar varios “peajes”, ya que se atraviesan diversas comunidades y una chola estará allí para cobrar. Finalmente, al llegar a la parte sur (la más concurrida), podrá visitar las ruinas arqueológicas del Templo Pilkokaina y las escalinatas de piedra del muelle de Yumani que conducen a la Fuente de la Vida. Una experiencia imperdible en el lago de las alturas.

Direcciones útiles

www.depuno.com
www.amantani.net
www.visitacopacabana.com