Contáctanos

Reportaje

Arte wayúu: La vida tejida en mil colores

En La Guajira colombiana, la comunidad wayúu entiende, interpreta y plasma la vida en sus tejidos; esos que cuentan historias con símbolos y cientos de colores.

Texto y fotos: Vicky Santana Cortés

Varias gallinas se pasean picoteando debajo de los chinchorros colgados de la enramada, mientras a unos pocos metros un grupo de niños corretea detrás de una cabra blanca. Las niñas adolescentes acompañan a las mujeres mayores en las labores del tejido, armadas de un canasto en el que guardan las coloridas bolas de hilo Carmencita, que deslizan por los dedos hasta que la aguja de crochet termina la puntada.

Más allá, sentado bajo un árbol que lo ampara del calor del mediodía guajiro (38 °C), un hombre solitario teje sin siquiera mover la cabeza cuando pequeños insectos revolotean en torno a su sombrero, pero no consiguen distraerlo.

Aquí, bajo una enramada de la ranchería Kanashmahana, en el sector Aremasain —a una media hora del centro de Riohacha, capital de La Guajira—, me dejo sorprender con las historias, las frases y el profundo saber de una maestra de la tejeduría wayúu: Cenaida Pana Epieyú.

Proveniente de la ranchería Pariyén, en Uribia —la capital indígena de La Guajira—, Cenaida se declara artesana de nacimiento. Con su piel teñida de sol y de desierto, su mirada recia y su hablar pausado, Cenaida, de 64 años, pertenece al clan Epieyú, uno de los 23 clanes de la etnia wayúu. A su lado, Magnacia Epinayu, una guajira de 43 años con amplia y luminosa sonrisa, complementa las historias del tejido, un oficio que ha transmitido a sus hijas y del cual vive la familia entera con la venta de mochilas en el malecón de Riohacha.

Ellas, como miles de mujeres de su comunidad, aprendieron el oficio desde muy pequeñas, viendo tejer a sus madres, tías y abuelas, y perfeccionaron la técnica durante el “encierro”, que según la tradición wayúu deben cumplir las menores cuando se convierten en mujeres.

Tal como esta ranchería, ubicada en medio del desierto con casas de madera de un solo piso, un corral colectivo, un huerto y el cementerio, hay muchas otras regadas a lo largo de la geografía guajira. En cada una viven de veinte a sesenta familias del mismo clan. Bajo su enramada socializan, interactúan, celebran y tejen.

Todo comenzó con una araña

Para Cenaida, el trabajo de tejer esos hilos no puede llamarse simplemente “artesanía”. En su concepto, debe llamarse arte, “porque son piezas únicas hechas exclusivamente por los wayúus y por nadie más”, enfatiza.

Cuentan los wayúus que tanto la forma de tejer como los diseños provienen del ingenio y la laboriosidad de Wale’kerü, una araña que enseñó a tejer a la comunidad a cambio de que le dieran un burro o una cabra. Al amanecer, los habitantes de la ranchería podían ver las fajas, mochilas y chinchorros que ella había tejido durante la noche. De la boca de Wale’kerü no solo emanaban los hilos ya torcidos y listos para ser trabajados, sino que con sus patas empezó a recorrer una superficie para mostrar los diseños de figuras geométricas que ellos lograron ir descifrando.

La primera mujer que recibió de la laboriosa y generosa araña los secretos del arte de la tejeduría los fue enseñando a otras, y así toda la etnia logró aprender el oficio.

El 98% de los indígenas wayúu viven en La Guajira, la punta más septentrional de Colombia, que limita con Venezuela. Y sin dudarlo, Cenaida asegura que todos, desde el corregimiento de Palomino (el primer pueblo de La Guajira) hasta Nazareth (en la alta Guajira) conocen el arte de tejer.

En un comienzo, los chinchorros fueron los primeros objetos tejidos. “El chinchorro es nuestro dormitorio. En él se nace, se procrea y se muere. Es la sala de recibo, es el comedor y es el descanso eterno, porque ahí morimos y ahí nos entierran”, señala la maestra wayúu.

La autenticidad de un tejido wayúu está determinada por tres elementos: el diseño tradicional ancestral, los colores vivos típicos de la zona y que sea elaborado por un miembro de la comunidad. Aunque usan hilos con cientos de tonalidades, los colores que prevalecen son rojo, verde, naranja, café y fucsia.

Cenaida se lamenta: “Como ya no hay lluvias, no podemos sembrar el algodón que utilizábamos. Hoy usamos hilos industriales”. Ello no ha influido en la calidad final y la belleza de los tejidos. Mochilas, hamacas, chinchorros, fajas, telas funerarias, mantas y alpargatas son los objetos que más exposición tienen y los más usados también por los wayúus.

Pero quizá la mochila tejida en crochet es el artículo que más difusión y venta tiene tanto en Colombia como en el exterior. En sus coloridos diseños afloran estilizadas figuras geométricas de importante simbología, pues representan no solo la cotidianidad de esta etnia —el caparazón de la tortuga, la vulva de la burra, las tripas de la vaca, las varas del techo, las huellas de los caballos en la arena, el gancho de madera de la que cuelgan los chinchorros—, sino elementos de su cosmogonía.

El arte wayúu es hoy un importante producto de exportación, especialmente bien recibido en los mercados de Estados Unidos, México y España. Desde 2011, la tejeduría wayúu cuenta con la distinción de Denominación de Origen, que protege los derechos de propiedad intelectual de esta comunidad indígena de artesanos.

Con el apoyo de Artesanías de Colombia, especialmente por medio de sus laboratorios de diseño e innovación, los tejedores wayúus han logrado perfeccionar e innovar en sus creaciones, sin perder sus diseños ancestrales. Como complemento, el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) ofrece a la comunidad formación en asuntos contables, de mercadeo y de finanzas, para que manejen en forma más eficiente la venta de sus productos.

“Gracias a Dios, nosotros sabemos de tejidos y de diseño. Pero los arijunas [los blancos] nos han capacitado sobre cómo organizarnos”, dice Cenaida. Ahora, agremiados en “talleres”, han creado una federación desde la cual buscan proyectarse internacionalmente con más fuerza.

Así, la hoy maestra artesana disfruta recorriendo las rancherías de La Guajira para llevar sus conocimientos y su amor por el oficio a niños y jóvenes, con la esperanza de que el arte wayúu viva por siempre.