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Cuento

La reunión

Por:Adriana Hidalgo Florez
Ilustraciones: Henry González  
Selección y compilación: Carolina Fonseca

 

“Hoy sé, como la Luna,

Moverme libre, 

entre tiniebla y noche

Aunque los días parezcan devorarme”.

Julieta Dobles

Es un aquelarre. O al menos se le parece. Están todas: Sonia, Floria, Maritza, Laura, Raquel, Soledad, Delfina. Ninguna alcanzó la universidad. Todas parecen ser libres, sus ademanes y las ondulaciones de sus torsos deambulantes lo confirman. Y todas están borrachas. Nunca antes las vi así, si acaso sorbían la esencia frutal del vino. Parece que celebran algún rito y han involucrado a la Luna; inventan las secuencias, seguro, pues no saben de asuntos esotéricos. Todas llevan flores en el pelo a manera de coronas. Visten faldas muy largas y blusas de tirantes, de flores unas y lisas otras. Bailan y ríen a carcajadas: su estruendo resuena en las mesetas aledañas. Juraría que las resquebrajan de tan sonoras que son: la fortaleza de las rocas no puede aplacarlas, porque cargan historias milenarias de infortunio y de silencio y ahora su voz, su canto y su risa despedazan en mil estrellas la materia que las circunda. Vociferan, no hablan. En la casa de cada una todo está pendiente: la cena espera a ser servida; las mascotas, atentas a una mano que sirve pero no llega, se alteran y giran sobre sí de tan intranquilas que están; los hijos y las hijas no pueden con el peso de la sorpresa y salen a buscarlas, porque no dejaron recados adheridos a la refrigeradora, no pidieron transporte, no dijeron nada. No están. Es todo. Ninguna está en su casa y al menos ese dato indica que han de estar juntas; mejor, así no les pasará nada. Eso tranquiliza a los buscadores, porque se sienten frustrados de saberlas fuera del perímetro dentro del cual, por años, por siglos, por siempre y por agonía, levantaron su velo de novia para enraizarse en la sombra.

No fue para gozar de lo indómito del sexo ni beber el placer de un cuerpo a borbotones. Tampoco fue para destapar los pezones al sol, sentirlos vivos y descubrir que, además de un manto lechoso dador de vida, son una fuente de miel ardorosa. Y sus lechos… el mar terminó por arrebatárselos al deseo y fueron, desde entonces, espasmos de sal. ¡Ay, la gracia de una sábana blanca salpicada de erotismo que nunca las cobijó! ¡Ay, los torrentes de semen disipados por la prisa! ¿Le reclamarán, acaso, a la Luna? ¿Cuál lenguaje acuñan entre lenguas y palabras trastabilladas de alcohol? Sus esposos murieron, con distancia unos de otros y en cada despedida, una risa inerte asomaba, culpable, irreverente, en las fugaces lágrimas caídas al piso. La risa de Soledad se sumaba a la de Laura y se fueron acopiando hasta que estalló en dulce carcajada. Y fueron entonces libres. ¿Cuál confabulación tejen en este momento tan cándido de flores? Sus voces me cantan pero ellas no lo saben. Yo las miro desde lejos. Al doblar por una calle empedrada disfrazada de noche profunda, vi fuego: habían encendido una fogata, quizá sobre un estañón abandonado. Fue entonces cuando vi las llamas enlazarse con la hilaridad de sus discursos. Me acerqué como pude con los focos del auto apagados, no fuera que me escudriñaran y manchara yo la acuarela que florecía sin pinceles. ¡Sí! Allí están las mujeres perdidas, de quienes todo se sabe y todo se ignora en este momento. Solo yo las avisto y gozo, silenciosa, del espectáculo. Se ven ufanas, gloriosas, ungidas de espectros candentes. No cuidan a nadie, no sirven ni cocinan, no rinden cuentas. Solo ríen y toman, se contorsionan dándole la vuelta al mundo en cada serpenteo. Se comen la entraña de la vida pero antes la bañan en vino. Mis ojos dilatados se maravillan. Quisiera estar allí, junto a ellas, elevando plegarias a la Luna que parece inquieta. Pero no puedo. No debo. Es un aquelarre y la campana de convocatoria tenía destinatarias con nombre y sed. Glorifican a la vida en cada copa. Yo brindo por ellas con la tibieza de mi aliento y decido partir con la certeza absoluta de confirmar a mis vecinos que no hay señales de sus madres, ninguna. Que ni siquiera un arrebato disfrazado de aquelarre se vislumbra por las longitudes de esta noche.


La autora
Adriana Hidalgo Flores, nacida en San José (Costa Rica) en 1968, es abogada y consultora independiente en el ámbito de los derechos humanos y políticas sociolaborales. Es políglota: habla inglés, francés, español e italiano. Integró el Taller Literario del poeta Laureano Albán, de 1992 a 1997. Luego, de 1997 a 2004, se unió con varios poetas y cuentistas bajo el Grupo Literario Voz Abierta y después al Grupo Literario Poiesis.
Ha publicado un cuento en la Antología del Círculo de Escritores Costarricenses: Latido generacional 1990-2000 (Editorial Guayacán, 2001); otro en la antología Teman a los vivos (Editorial Clubdelibros, 2017) y La mujer oscura del balcón (Editorial Uruk, 2005).
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