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Cuento

La ola gigante

Por Ana María Shua
Ilustraciones Henry González
Selección y compilación: Carolina Fonseca

Siempre le había gustado jugar con la arena. Y lo mejor era hacer pozos. Los pozos también son construcciones, les explicaba a sus nietos, mientras cavaba con entusiasmo, afirmando las paredes, asegurando los bordes para evitar desmoronamientos. Le gustaban mucho más los pozos que los castillos con almenas, las fortalezas con murallas capaces de desafiar las olas, las esculturas con forma de sirena o las torres decoradas con esa mezcla de arena y agua que recordaba efectos de Gaudí. Mario Laterra era dueño de un maxiquiosco muy completo y muy bien ubicado en Avellaneda. Pero le hubiera gustado ser arquitecto.

Hacemos dos pozos bien grandes y los comunicamos con un túnel, les había propuesto esa tarde a los chicos, que al principio participaron entusiasmados, seducidos por el tamaño increíble de la obra que el abuelo Mario diseñaba apenas un poco más allá de la línea de carpas, donde la arena empezaba a endurecerse. Media hora después, hartos de cavar, corrieron hacia la sombrilla a pedir plata para el tobogán de agua.

El abuelo no trató de convencerlos de que se quedaran. Estaba tan concentrado en su trabajo que casi se había olvidado de ellos. A las cinco de la tarde llegó al agua en el segundo pozo y se preguntó si lograría terminar el túnel sin accidentes. Desde la sombrilla, su hija y su yerno, despatarrados en las reposeras, lo miraban trabajar con una mezcla de fastidio y admiración. Los chicos se habían divertido mucho en el tobogán de agua y habían vuelto a la sombrilla a pedir plata para helados. Plata, plata, plata, estos chicos no tienen basta, suspiró la madre. El viejo trabajaba solo, absorto, feliz.

Era difícil progresar con el túnel porque estaba a bastante profundidad. Mario se acostó sobre la arena dura y su brazo derecho desapareció entero en uno de los pozos. En esta parte de la obra, la más delicada, era preferible cavar con las manos y no con la palita. Sin apuro. No le importaba arruinarse las uñas. La separación entre los dos pozos, el muro de arena endurecida por la humedad, cedía poco a poco.

De pronto Mario sintió que había llegado a una zona en que la pared era más delgada, se deshacía. Entonces, el asombro. Avanzando hacia él desde el otro lado, desde el otro pozo, sintió la mano de un chico con los dedos llenos de arena que tocaba su mano grande y vieja. El abuelo Mario se levantó asustado tratando de entender qué pasaba, pero en el otro pozo no había nadie. Me habrá parecido, pensó, aunque sabía que no era cierto. La sensación había sido indiscutible, podía percibirla todavía: la mano no lo había tocado con desesperación, ni con urgencia, no estaba débil, era la mano normal de un chico de ocho años cavando un túnel. Se tiró otra vez junto al pozo, metió el brazo y volvió a tocar la mano que venía del otro lado. Esta vez la manito lo aferró de la muñeca con una fuerza extraordinaria, tomándolo por sorpresa. Un tirón violentísimo lo arrastró hacia el fondo del pozo, hacia el agua, hacia la arena, hacia el frío, la negrura, lo indescriptible.

Salió cubierto de arena de la cabeza a los pies. Su mamá volvía del agua con el gorro en la cabeza. Marito estaba orgulloso de que su mamá fuera una gran nadadora, pero odiaba ver cómo su espesa cabellera negra desaparecía tragada por el horrible gorro de goma que usaba para no mojarse el pelo.

—¡Marito, mirá cómo estás, te dije mil veces que no te hicieras milanesa!

 

La madre lo tomó de la mano para llevarlo al agua. A Marito le encantaba meterse con ella en el mar. Jugaron con las olas mientras su mamá lo ayudaba a lavarse. En la Bristol, el camino de vuelta a la carpa era un laberinto, y el chico se había perdido más de una vez.

—¿Puedo ya un sándwich de jamón, ma?

—Sorpresa: ¡hoy vamos a picar algo a un barcito de la rambla!

—¿Podemos ir al que tiene más platitos de todos?

Los bares de la rambla competían en la cantidad de ingredientes. Mario nunca había logrado que lo llevaran al de treinta y cinco platitos. Mamá pensaba que había otros con menos variantes y mejor calidad. Pero esta vez aflojó.

¡Ah, qué maravilla! Podría haber sido la felicidad pura. El calor colgando del cielo y tratando de abrazarlos como un animal peludo, pero él y su mamá tan frescos, con sus sandalias y sus salidas de baño sobre las mallas secas (porque comer con la malla mojada hacía mal), comiendo en la rambla…Papá estaba en el trabajo, en la ciudad, solo se tomaba vacaciones los fines de semana.

Pero nada es perfecto. Allí estaba, esperándolos en la mesa de la rambla, el primo Carlos. A Marito le compraron una Bidú que empezó a tomarse sin ganas. Había salchichitas, maníes, mejillones, papas fritas… A Marito no le gustaba cómo hablaba mamá con el primo Carlos. No le gustaba que hubiera puesto un cigarrillo en la boquilla y fumara echando humo por la nariz. Había sandwichitos tostados, ensalada de papa con mayonesa, aceitunas, trocitos de jamón, cornalitos fritos… A Marito no le caía bien el primo Carlos con su bigotito finito y sus anteojos verdes. Dudó mucho, pero al final tomó coraje:

—Ma, no te enojes conmigo. Pero no me gusta que fumes delante de la gente cuando no está papá.

Mamá no se enojó. Se puso un poco colorada, apagó el cigarrillo y se echó a reír y también el primo Carlos. Ella nunca fumaba en casa, justamente elegía fumar así, delante de la gente, como si lo más importante fuera mostrar que fumaba. Para ponerlo de buen humor, le compraron de postre una tacita de helado Laponia de su gusto preferido: tutti frutti.

Pero el helado se terminó: las cosas buenas duran poco. Seguía haciendo muchísimo calor, cada vez más.

—Ma, dale que puedo ir al agua…

—No Marito, ¿estás loco? Recién comiste, estás haciendo la digestión. Tres horas por lo menos.

—Dejalo al pibe que se moje los pies —dijo el primo Carlos—. Lo cuidamos que no se meta más de las rodillas.

Marito lo miró agradecido y los dos lo escoltaron hasta la orilla. Se sacó las sandalias y dejó que el agua siempre helada de Mar del Plata le refrescara las piernas.

En ese momento alguna gente empezó a mirar y señalar hacia el mar. Algo enorme y oscuro, algo gigantesco y coronado de espuma venía hacia la playa. ¿Era una ola o eran tres? No hubo tiempo de nada, las madres aferraron a sus hijos, la ola se abatió inmensa sobre la playa, chocó contra el murallón y retrocedió llevándose ropa, sillas, juguetes. Marito alcanzó a escuchar los gritos desesperados de su madre antes de que la ola gigante lo arrastrara hacia las profundidades, hacia el frío, hacia la negrura y el olvido.

Salió del mar muy cansado, rengueando. Le dolía la rodilla izquierda. El frío del agua no era bueno para la artrosis.

—Papá, no nos des esos sustos, ¿dónde estabas? —la voz fastidiada de su hija Paula.

—¡Te estábamos buscando, abue! —la voz preocupada de su nieta Sofía.

—Se desmoronó el túnel, abue —la voz decepcionada de su nieto Santino.

—No importa Santi, ahora vamos a hacer lo mejor de todo —le prometió, para consolarlo—. ¡Vamos a hacer el volcán más grande de toda la playa!

—Sabés que no me gusta que jueguen con fuego —protestó Paula.

Pero no le hicieron caso.

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