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Cuento

La marcha

Por: Leyles Rubio León
Ilustraciones: Henry González
Selección y compilación: Carolina Fonseca

 

Escuchan muy de cerca el monólogo de la guía de turistas. Latoso, idéntico a los demás: “Siempre han estado en la Puerta del Sol, aunque con ubicaciones diferentes. Hasta 1986, estuvieron situados en el lado oriental, en las inmediaciones entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo. En ese año fueron trasladados al inicio de la vía del Carmen, en el contexto de las obras de reforma y remodelación de la plaza, impulsadas por el alcalde Enrique Tierno Galván. En 2009, con la renovación integral del sitio promovida por Alberto Ruiz-Gallardón, regresaron a su emplazamiento original”.

—¿Por qué no nos mudamos de aquí? —pregunta el Oso—. Me tiene cansado estar tantas épocas en el mismo lugar.

—No entiendo por qué te quieres escapar. Si estamos de lo más cómodos —le responde el Madroño.

—Llevamos no sé cuánto inmóviles, sintiendo el mismo frío en invierno y el mismo calor en verano. ¿No te da envidia ver toda esa gente que se mueve, que está un instante aquí, en Madrid, y al otro en alguna parte distinta del mundo?

—Yo estoy preparado para la quietud. Es mi naturaleza.

—No seas conformista. Uno puede soñar, ser otro. Si tan solo nos convirtiéramos en esculturas nómadas, sin lugar fijo en un punto urbano; que nuestro destino fuera deambular por la ciudad.

—Sugieres que nos piremos, así sin más —dice sin percatarse de que ambos adoptaban los términos de los chavales de cada generación.

Todos los días la ven ahí, a la misma hora, con una sonrisa contrita en el rostro: “Obra del escultor Antonio Navarro Santafé, se inauguró en 1967. Fue promovida por la sección de Cultura del Ayuntamiento. Las figuras están hechas en piedra y bronce. Pesan casi veinte toneladas y miden cuatro metros de altura. Descansan sobre un pedestal cúbico escalonado, tallado en granito”.

—¿Adónde podríamos ir? ¿Cómo sería nuestra vida si nos escapáramos de nuestras obligaciones? —pregunta el Madroño.

—Estaremos guiados por el azar y, cuando lleguemos a un sitio que nos guste, buscaremos algún currillo para sobrevivir.

—¿Como cuál? Yo solo tengo experiencia como estatua.

—A ver. Los más acostumbrados son los repartidores de pizzas de franquicia. Esas empresas solo quieren a alguien que esté al pie del cañón, cobre poco y, si puede, no llegue más tarde de la media hora.

—¡Estás loco! No servimos para eso.

—O, mejor aún, podríamos apuntarnos en unos de esos cruceros para viajar y ver otras orillas. Con todos los idiomas que hemos aprendido de oído, seguro que nos contratan sin problemas.

—¡Qué jaleo!

Aglutinado, el grupo políglota escucha, sin saberlo, la misma entonación: “El árbol del madroño empezó a representarse en el escudo de la ciudad en el siglo XIII, tras un conflicto territorial entre el concejo de la Villa de Madrid y la Iglesia, de forma que aquella se quedó con la posesión de los montes, y la Iglesia, con las tierras de pasto. Al principio, el oso estaba unido a una torre, que sería sustituida luego por esta enorme planta, frecuente en las afueras durante la época medieval”.

—Y, cuando escojamos el lugar, ¿dónde viviríamos? ¿Con quién?

—¡Con quien nos plazca! Ahora los jóvenes son solidarios. Muchos comparten piso. No les importará dejarnos cama o sofá o trozo de pasillo para unos días. Eso sí: no hay que ser remilgados con sus perros. Ahora es la moda criar uno. Tenemos que ver la manera de que esos animales no marquen territorio contigo.

—¡Peor! Quitas las ganas. No quiero un trabajo, no quiero responsabilidades, no quiero dinero, no quiero ir a ningún sitio. No soy como tú: no estoy preparado siquiera para cazar mi propia comida.

—O podríamos vivir solos, durante algunos años, para tener tiempo de calcular mejor lo que haremos. ¡Nuestra vida no tiene sentido en esta situación!

—Yo puedo manejarla. Estoy bien así. No me es necesario partir de retiro ni alejarme de mi plaza. ¿Por qué no escapas solo?

—No me iría sin ti.

—Vendría otro oso como tú.

La guía, aliviada, nota que la descripción está por llegar al momento final: “Representa los principales símbolos heráldicos de la ciudad y de España, con el madroño superando en altura al oso y este apoyando sus manos sobre el tronco y dirigiendo sus fauces hacia uno de los frutos”.

—¿No te aburre escuchar lo mismo día tras día?

—Eso sí. Pero no quiero escaparme de la civilización. Si de mí dependiera, dejaría todo como está —responde el árbol.

—Conocerás más personas, pero a las que tú quieras. Podrás estar en capitales con playas. O lejos de los clichés turísticos. ¿Te has preguntado hace cuánto que no se ven seres silvestres transitando desenvueltos por el mundo?

—¡Que no! ¡Que no! —las ramas se le crisparon.

—¿Por qué eres así?

—Procuro ser realista.

—¿No me has dicho alguna vez que quieres vivir otra vida? Pues lo harás.

Por un instante, el silencio vence al bullicio de la multitud de castas.

—Vamos a salir en las noticias. Nos buscarán. Deberíamos dejar un mensaje, ¿vale? —prosigue el Oso.

—Uhm.

—No se me ocurre nada más. A veces, uno tiene que lanzarse sin tener todo calculado. ¿Recuerdas cuando un turista entre lágrimas nos dijo que tanto el viaje más largo como el más corto empiezan de la misma forma: con un primer paso?

Dictamina la cicerone: “Se resolvió situar al oso en actitud de comerse las hojas porque, según se creía entonces, eran un buen remedio contra la peste. Como ven, son uno de los íconos de la capital. Pueden aprovechar y tomar algunas fotos, ya que en un rato nos vamos a la Plaza Mayor”.

—La gente cree que intento comerte. Pero, en realidad, te estoy contando el plan de huida —dice el Oso—. Lo pondré en marcha. De esta madrugada no pasa.

—Recapacita. No me extrañaría que dentro de un tiempo nos bajasen del pedestal y nos llevasen a otra plaza. Eso puede satisfacerte.

—Hoy nos vamos…

—¿Y tienes alguna puñetera idea de cómo damos el primer paso?