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La magia del color: Cabo Polonio

En Cabo Polonio (Uruguay) destacan las enormes dunas de arena dorada y fina, un centenar de casitas simples y coloridas y su famoso faro, un lugar donde la magia es real porque esta aldea especial enciende en cualquier persona la voluntad de vivir.

Por: Ana Paula Prestes
Fotos: Margarita María Navas

Llegamos justo después de la caída del sol por la estación que da entrada al Parque Nacional, llamada “Terminal Puerta de Polonio”. Aunque sabíamos que solo pueden entrar al parque vehículos autorizados, no imaginábamos que ese camión 4×4, remodelado, de dos pisos y sin techo, que se acercaba poco a poco, era nuestro transporte. Luego de la primera sorpresa, nos acomodamos rápidamente y partimos hacia aquella villa ubicada entre dos playas que, luego descubriríamos, es dueña de una belleza singular.

El viaje de siete kilómetros, que dura unos treinta minutos, es excitante y enigmático. Como ya era de noche apenas veíamos algunas sombras sin forma, que dedujimos serían matorrales, mientras sentíamos la inmensidad del mar a nuestro lado. El corazón palpitaba acelerado en una mezcla de adrenalina y curiosidad, más que todo porque las luces de la ciudad se quedaban atrás y una nueva atmósfera nos invadía.

Fue como ir ingresando poco a poco a una nueva dimensión, y mientras arrojábamos las preocupaciones en la arena por donde el camión pasaba, preparábamos nuestra mente, completamente limpia, para apreciar lo que teníamos delante.

A medida que el camión se adentraba en el parque, constatábamos que lo que habíamos escuchado sobre el Cabo era verdad: sin energía eléctrica ni alumbrado público, el lema de Cabo Polonio es la simplicidad y la preservación, por una decisión consciente de la comunidad, en su mayoría constituida por pescadores y artesanos. Con el uso de paneles solares, turbinas de viento, limitación de wifi y uso restringido del agua, queda claro que todo eso no es solo una elección, sino algo que los residentes luchan por mantener.

La villa forma parte del Sistema Nacional de Áreas Protegidas de Uruguay (SNAP) y allí tampoco se permite la construcción de grandes emprendimientos ni el aumento de la población. Este fue uno de los principales divergentes encantos de Cabo Polonio. Pero se equivoca quien cree que el Cabo es solo esto, pues apenas estábamos empezando.

Solo entonces, cuando llegamos a nuestro destino y bajamos del camión, notamos que, dejando de lado la luz artificial, el cielo se muestra tal como es, con la Luna iluminando el océano y las estrellas brillando sobre nosotros. Prendimos nuestras linternas y comenzamos la búsqueda de un lugar para quedarnos. Allí todos los alojamientos quedan sobre la arena y muy cerca del mar, no hay calles ni pavimento. En pocos pasos vimos una casita pequeña, con grandes ventanas y velas por todos lados, así que resolvimos acercarnos. Por suerte era un hostal bastante cómodo, rústico y con anfitriones muy simpáticos.

Por la mañana, los primeros rayos del sol entraron por la cortina de la habitación, invitándonos a un hermoso día. Tomamos nuestro desayuno en la playa mirando hacia el mar azul y ahora, con la luz del día, pudimos ver lo que es en realidad Cabo Polonio: enormes dunas de arena dorada y fina, un centenar de casitas simples y coloridas y el famoso faro de Cabo Polonio.

La caminata hasta el faro es muy placentera por todo el hilo invisible que une el mar con la playa, un escenario casi desierto con escasos y pequeños barcos pesqueros, hostales y restaurantes simplistas que decoran nuestro camino. Más cerca del faro, rocas de una variedad de tamaños y tonos anaranjados y millares de conchas del mar que cubren la arena nos quitan el aliento. Cuando nos acercamos a las piedras, escuchamos sonidos de animales marinos y al acercarnos un poco más tenemos otra sorpresa: lobos marinos. Gigantescos mamíferos que se quedan allí indiferentes a la curiosa mirada del intruso, tomando el sol y durmiendo en las rocas, exhibiéndose de un modo perezoso y espléndido. Allí habita la mitad de la población de lobos marinos de todo Uruguay: lobos finos, leones marinos y elefantes marinos de todos los tamaños conviviendo en armonía.

Una serie de señales entre las rocas nos piden que hagamos silencio, respetando el espacio de los mas antiguos pobladores del Cabo; a fin de cuentas, estamos allí solo para admirarlos. La lobería, que está justo bajo el faro, es un santuario que merece una parada extensa y promete renovar tu mirada sobre esas hermosas criaturas. El pensamiento es común: que suerte tuvimos al ver estos animales con tanta cercanía, y de nuevo agradezco a Cabo Polonio por esos encantos.

Finalmente llegamos al faro de Cabo Polonio que, con 27 metros de altura y sus exclusivos detalles en rojo, constituye una de las postales que hacen de este un lugar único. Vienen a la memoria las leyendas que contaban que aquella tierra no quería ser descubierta, pues anhelaba seguir protegida de todo lo extraño. Y es un hecho que la aldea misteriosa, en medio de un mar oscuro y agitado, daba trabajo a los navegantes que por allí pasaban a mediados del siglo XVIII. Cuentan las historias que el lugar era temido por los marineros y piratas, ya que en sus alrededores era muy fácil perder el curso y naufragar.

Fue lo que sucedió con la embarcación de Joseph Polloni (“Polonio”), un galeón español naufragado que dio nombre al pueblo. El faro fue construido más tarde para orientar a los navegantes y atenuar la leyenda que iba in crescendo.

Al atardecer volvimos a nuestro hostal. El estilo del lugar y la luz de las velas nos dan la impresión de haber regresado en el tiempo, incluso de ser parte de una vieja película. Mientras descansábamos en hamacas, conseguimos ver la Vía Láctea perfectamente. Nuestro deseo a las estrellas fugaces que cruzaban el cielo era poder recordar aquella sensación por siempre. Y como si algo faltara en aquella noche perfecta, de repente la Luna comenzó a aparecer abriéndose paso en el horizonte, hasta ese momento perdido en el mar: perfecta, grande y roja como las hojas en otoño. Y como si esto no bastara, una vecina llamó nuestra atención sobre un fenómeno que suele ocurrir muy de vez en cuando en el mar de Cabo Polonio: la visita de la noctiluca.

Iluminados solo por la luz del cielo, corrimos hacia el agua y quedamos deslumbrados, ya que este organismo unicelular, que emite un brillo proveniente de una reacción bioquímica, encendía en púrpura fluorescente la orilla de la playa y la espuma de las olas. La experiencia en esa mágica playa uruguaya tenía mucho que ver con crear recuerdos; después de todo, la gente no se olvida de su primer amor, su primer viaje en avión y, con certeza, la primera vez que vio la noctiluca.

La tarea al día siguiente era un baño de mar. De un lado de la villa está la playa sur, que se encuentra protegida del viento, y del otro la playa norte, conocida también como la Calavera, ambas con el agua a buena temperatura y oleaje tranquilo. En la playa norte, donde nos hospedamos, se encuentran las famosas dunas del Cabo. Majestuosas, las dunas están en constante cambio de tamaño y posición gracias al viento y a su falta de vegetación. Pueden alcanzar varios metros de altura y fueron declaradas “monumento natural” por decreto presidencial en 1966. Si decides emprender una caminata de unos siete kilómetros, donde el sol, la arena y el mar van a ser tu guía cruzando este inmenso sistema de dunas, puedes llegar a Barra de Valizas, otra encantadora playa.

En la tarde paseamos entre las pequeñas tiendas de artesanías. La “vibra hippie” hace que la gente se sienta en una sociedad alternativa de los años 70. El final del día nos sorprendió con otro show natural: el cielo se transformó en una gran pintura al óleo en tonos naranjas, rojos y amarillos, haciendo eco en el mar, como si estuviéramos dentro de un cuadro de Van Gogh.

Al día siguiente, ya en el camión en busca de la salida, nos invadió la nostalgia por aquella inexplicable sensación de plenitud y libertad que sentimos allí. Cabo Polonio es un lugar donde la magia es real. Queríamos enamorarnos, sí, pero incluso si no hubiéramos querido, lo habríamos hecho porque esta aldea especial enciende en cualquier persona la voluntad de vivir.