Contáctanos

Destino Bogotá

La Macarena: epicentro de arte y gastronomía en Bogotá

En el barrio La Macarena, edificado en los años 30 en Bogotá junto al cerro de Monserrate, frente a la plaza de toros y entre el conjunto aristocrático de Bosque Izquierdo y el barrio obrero de La Perseverancia, se puede disfrutar de exquisita gastronomía con una cena íntima en uno de sus acogedores restaurantes o visitar las galerías de su distrito artístico.

Por Pablo Rodero
Fotos: Santiago Sepúlveda, María Rado

Cuando Fernando Bernal abrió El Patio, hace 25 años, en la carrera cuarta de Bogotá, corazón del barrio La Macarena, no había ningún restaurante. Los tiempos de los prostíbulos y las excéntricas fiestas de la bohemia bogotana habían quedado atrás y el barrio apenas iniciaba su nueva etapa como centro gastronómico. “Entonces no había nada, aquí junto había una casa de citas famosísima: el Club Social El Cedro, pero era un barrio muy tranquilo y muy taurino, por estar junto a la plaza de toros”. La Macarena fue edificada en los años 30 bajo el majestuoso cerro de Monserrate, frente a la plaza de toros La Santamaría, construida en la misma época, y entre el conjunto aristocrático de Bosque Izquierdo y el barrio obrero de La Perseverancia.

Sobre la plaza de toros se alzan las Torres del Parque, un conocido conjunto residencial que acogió desde los años 70 a una nueva clase media de artistas y periodistas que trajeron un nuevo espíritu al barrio. El popular actor cómico y defensor de los derechos humanos Jaime Garzón era un fiel representante de esta nueva élite cultural y también era cliente habitual del restaurante El Patio. “Jaime fue amigo mío del alma. Esa era su mesa. Todos los días a las doce venía y había un whisky servido ahí”, cuenta Bernal señalando una esquina con fotos de Garzón: el particular altar dedicado a su viejo amigo, asesinado por unos sicarios en 1999, víctima del turbulento pasado colombiano, que conserva en El Patio.

Pero los más madrugadores encontrarán poca actividad a primera hora en la carrera cuarta. Justo en frente de las torres, sobre la carrera quinta, encontramos ácimos, una pequeña cafetería y tienda de productos orgánicos, idónea para comenzar el día con un desayuno y un “tintico”, como los locales llaman al café. Si además de un café, desea empezar el día con una lectura, a escasos metros se halla Luvina, en la esquina con la calle 26C, cuyo nombre procede de un cuento del escritor mexicano Juan Rulfo. Esta librería de aire bohemio, que ocupa el local de dos pisos de una antigua pizzería, tiene una cafetería y un espacio para pintores y fotógrafos independientes. “Es una librería de amigos donde se hacen cine-foros y clubes de lectura”, explica el librero Jaime Enrique Hernández. “Aquí vienen autores, artistas, gente joven universitaria… Uno puede venir aquí a estudiar o a ojear los libros, pero si le cae una gota de tinto, te lo compras”, comenta entre risas, sentado bajo una alta estantería de libros.

Un templo de la comida internacional

En los años 80, cuando Bernal abrió El Patio, la carrera quinta era una zona de rumba, con locales nocturnos como El Goce Pagano o La Teja Corrida, hasta que el jaleo —se dice que incluso hubo una bala perdida una noche cualquiera— acabó con la paciencia de los vecinos, que presionaron la salida de los bares del barrio. El Patio, con su estética y gastronomía mediterránea, supuso, en cierto modo, un modelo para los restaurantes internacionales que empezarían a surgir desde entonces, cambiando el espíritu rumbero del barrio por el culinario.

Caminando hacia el sur por la carrera cuarta, el visitante se irá encontrando con una sucesión de locales con distintas banderas nacionales en la puerta. El Gaudí, a escasos metros de El Patio, ofrece comida española con un diseño que imita la obra del famoso arquitecto catalán y, en la siguiente cuadra, en el Sándwich Taller puede disfrutar el sabor caribeño con diversos ingredientes y tipos de pan a buen precio. En la esquina de la carrera cuarta con calle 27, encontramos La Juguetería, un curioso restaurante ambientado con una decoración que nos hará sentir en el baúl de juguetes de un niño.

Por la misma carrera, bajo una gran bandera de Perú, está Manya, regentado desde hace cuatro años por Gerardo Gaviria. “La Macarena tiene una particularidad en Bogotá: es un sector de restaurantes pequeños, donde no están las grandes cadenas”, explica el cocinero bogotano, quien también fundó una churrasquería argentina en el mismo barrio. “Esto hace más fácil competir con calidad entre restaurantes más familiares. En casi todos los restaurantes encontrarás a los dueños atendiendo o cocinando, algo que casi no se ve en otras partes de la ciudad”.

La Macarena y el arte

Pero La Macarena no es solo gastronomía. En medio de una arquitectura tan desordenada como la del resto de la ciudad, donde se combinan edificios de distintos estilos, alturas y colores, aunque logrando una cierta armonía, encontramos una infinidad de galerías de arte. En la misma carrera cuarta, escondido bajo la apariencia de ser la entrada de un parqueadero, accedemos a El Dorado, uno de tantos espacios artísticos del barrio. Esta galería alberga una sorprendente y atrevida colección de arte contemporáneo colombiano. En la actualidad se expone “una selección de un grupo de obras de 29 artistas colombianos que están atravesadas por la violencia como eje central de la historia de Colombia”, explica Camila Duque, trabajadora de la galería. Junto a su puerta trasera en la carrera quinta, de nuevo frente a las Torres del Parque, hay otras galerías de arte contemporáneo como la NC-Arte o la Valenzuela-Klenner, la primera que se instaló en el barrio, en 1994.

En el extremo sur del barrio, en el área conocida como Bosque Izquierdo, llegamos hasta el teatro La Macarena, un espacio dedicado a la implementación de nuevas puestas en escena, mediante la investigación en el arte teatral, el lenguaje del cuerpo y el teatro físico. Su programación es limitada, pero vale la pena consultarla y, si es posible, acudir a uno de los originales espectáculos en su pequeña sala.

Para cuando hayamos salido del teatro, la noche probablemente ya habrá caído o el sol se estará poniendo hacia el otro extremo de la ciudad, con un mirador de excepción en el extremo oriental del Parque de la Independencia, a escasa distancia del teatro. A estas alturas, el visitante será quien decida si desciende caminando hacia el vecino barrio de La Candelaria, centro histórico de Bogotá, o desanda sus pasos y regresa a los restaurantes de la carrera cuarta, para seguir disfrutando de la gastronomía de La Macarena con una cena íntima en cualquiera de sus pequeños y acogedores restaurantes.