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Personajes

La experiencia Neto

El artista brasileño Ernesto Neto (1961) ha recorrido el mundo, pasando varias veces por la Bienal de Venecia, otras por Estambul, el Centro Pompidou de París, la Tate de Londres, el MOMA de Nueva York y el MALBA de Buenos Aires.

Por Sol Astrid Giraldo E.
Fotos: Cortesía Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA)

El artista brasileño Ernesto Neto (1961) se ha comparado con un buhonero. Un nómada que va por ahí con la mercancía que cabe en su maleta, la cual puede extender en el piso donde, como y cuando le plazca.  De hecho, desde finales de la década de los 80, ha recorrido el mundo con su equipaje desarmable, pasando varias veces por la Bienal de Venecia, otras por Estambul, el Centro Pompidou de París, la Tate de Londres o el MOMA de Nueva York, por mencionar solo algunas de sus paradas. Hoy ha llegado al MALBA de Buenos Aires, gracias a la curaduría realizada por la Pinacoteca de São Paulo en la exposición “Soplo”, donde se revisan sus últimos treinta años de trabajo.

Aunque algunos consideran sus instalaciones fiestas o ferias, el artista prefiere hablar de rituales y ceremonias de vida. En todo caso es de Troya el caballo que monta, con esos cascos juguetones que desestabilizan el piso firme y grave de una sociedad altamente industrializada, mecanizada y rendida a la tecnología. Guía sus acciones una convicción: los espacios de la sociedad contemporánea en sí mismos controlan los cuerpos y las relaciones entre los cuerpos, como sucede en la arquitectura autoritaria de la cárcel, la escuela, el hospital y, por supuesto, también la de los museos.

Esas son las casillas que altera Neto cuando abre su valija y el contenido se desborda. Entonces emergen de su interior, más que objetos, otras maneras de ver y concebir la realidad que desactivan aquellas estructuras racionales y avaras. La magia entonces sucede y las líneas rectas se vuelven líquidas, las paredes se hacen membranas porosas, la asepsia es contaminada con olores de especias, los tornillos les dan paso a los nudos, los techos toman la forma de cielos, los pisos se hacen mullidos, las salas cuadriculadas se bifurcan. Y el tiempo se ablanda como en un reloj de Dalí.

Recreación festiva y radical, a contrapelo de la optimización exigida por las austeras cadenas de producción. Subversivamente, toda forma aquí no corresponderá ya necesariamente a una función. El universo que propone Neto, en cambio, permite y celebra el desperdicio, los rodeos, lo innecesario. Por ello, transitarlo exige lentitud, pues no se tratará ya de alcanzar la distancia entre dos puntos por la vía más rápida. Los instantes no serán más para ser consumidos de forma compulsiva, sino para detenerse en ellos, degustándolos con morosidad en laberintos y circunvoluciones que invitan a todos los sentidos. Ese es el tesoro que propone el artista: el que no se encuentra, sino el que se busca. Pues, como decía el poeta Kavafis, Ítaca será sobre todo el viaje.

Uno muy liberador se podrá emprender en sus “naves”, estructuras penetrables y traslúcidas, que se anclan como ballenas varadas para permitir que en su vientre se pueda estar aquí y ahora, consigo mismo y con los demás. Toda una contravención al espíritu de los tiempos, que exige dispersión, exterioridad y carreras contra el reloj. Sus naves, en cambio, se instauran como iglesias contemporáneas, donde se recobra aquella vocación original que tuvieron de reunir a una comunidad. Los cuerpos de los espectadores se autoexploran allí, pero también se imbrican con los de los demás, se rozan, se tocan, se miran. Es la oportunidad de hacer consciencia de sí mismo, pero también de la presencia del otro, que es lo que tanto niega la actual experiencia urbana.

Sin embargo, a pesar de su intención lúdica, estas estructuras no son casuales o aleatorias, sino una de sus principales y más reflexionadas apuestas. Neto se define ante todo como un escultor. Y se distinguirán siempre, como pilares de sus estructuras, geometrías orgánicas, equilibrios efímeros, tensiones constantes, muy en la línea del neoconcretismo brasileño, del que es un destacado exponente. Al igual que un alquimista, científico o chamán —de todos tiene un poco—, está fascinado por los secretos de la materia.  Y sus intervenciones espaciales siempre son concebidas como un laboratorio para experimentar con ella. Juega en estas un papel importante su conocimiento de asuntos básicos de la física; pero, también, su disposición a dejar actuar el azar, en una dinámica ininterrumpida de control de los elementos con los que trabaja, pero también de liberación y goce de sus potencias.

En sus ambientes se puede observar entonces el peso del mundo en la caída de una bola de plomo, la naturaleza de la luz cuando se empoza o circula a través de una malla o el contrapunto de las fuerzas opuestas en la precisión de un nudo.

Por esta geografía, entre arquetípica y futurista, se pasea espectacularmente una nueva mitología: mastodontes con cuatro patas, anémonas que se derraman, urdimbres de células, telarañas de crochet. El espectador podrá siempre sumergirse en ella, mientras asiste a un diálogo entre las premisas de la física occidental y la espiritualidad de los pueblos amazónicos, los elementos industriales con los ancestrales, lo material con lo trascendente. Allí se afirma una vez más que toda persona es un artista, y que la risa y el juego pueden volver a hacer parte de la vida contemporánea.

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