Contáctanos

Destino Argentina

La Estancia Harberton y la Isla Martillo: Entre el principio y el fin

Harberton, remota hacienda de la Patagonia argentina, en Tierra del Fuego, es el lugar que cientos de pingüinos eligieron para garantizar la permanencia de su especie sobre el planeta y también el sitio adonde llegan toneladas de huesos y esqueletos de los gigantes del mar (ballenas, delfines y tiburones) en búsqueda de su última morada.

Por Marcela Gómez
Fotos: Demian Colman

Es posible que por estas fechas las gélidas playas de Isla Martillo, localizada en Tierra del Fuego, al sur de Argentina, estén vacías, mientras los vientos patagónicos azotan sus 32 hectáreas de extensión.

Solo falta un mes para que inicie el barullo. En septiembre, cuando los primeros rayos de sol de la primavera comiencen a tibiar las aguas y las costas, uno a uno, al principio, y en grupos más grandes después, arribarán los pingüinos magallánicos machos prestos a organizar su nido.

Llegarán luego las hembras y durante los siguientes cuarenta días la pareja se turnará para empollar e ir en busca de alimento. Entre la primera y la tercera semana de noviembre nacerán los pichones y durante los siguientes cien días habrá mucha actividad en la isla, pues es la época de alimentar y enseñar pacientemente a caminar a esos regordetes bebés mientras se convierten en juveniles.

En el verano, cuando comienza la temporada turística alta en la región y los botes zarpan a diario de la bahía de Ushuaia, ya los pichones estarán cambiando sus plumas, síntoma inequívoco de que la adultez está cerca y, con ella, la hora de partir.

Esto fue lo que vimos aquella mañana de marzo cuando desembarcamos en la pedregosa playa de Isla Martillo, anexa a la Hacienda Harberton. El viento era fuerte y frío, pero lo ignoramos por la emoción de caminar entre cientos de recién nacidos. Mientras algunas madres calentaban aún a los polluelos y los padres cargaban presurosos en su pico pajillas para reforzar el nido, ya se veían juguetear por ahí los juveniles, con sus plumas en pleno cambio, haciendo sus primeros intentos de acercarse al agua. Sus preocupados padres parecían impartir clases de nado, de caza, de sobrevivencia, mientras los adolescentes temerarios querían ya retar el océano.

Este es el símbolo de la vida aquí en Harberton, una mítica hacienda perdida en Tierra del Fuego, Patagonia argentina, en donde se conjugan principio y fin, vida y muerte. Un lugar que cientos de pingüinos eligieron para garantizar la permanencia de su especie sobre el planeta, y también parece haber sido escogido por los gigantes del mar (ballenas, delfines y tiburones) para pasar el fin de sus días. Es un misterio que la ciencia aún no ha descifrado, pero se expresa en millones de osamentas que el mar arroja a sus costas.

Habíamos partido temprano desde Ushuaia en un bus turístico que tomó la mítica Ruta Nacional n.° 3 hasta el cruce de los Andes, en donde se desvió por un carreteable sin pavimento. La primera parte del trayecto, entre montañas, bordea las estaciones de esquí y casi permite tocar por la ventana los bosques de lenga, también conocida como el roble de Tierra del Fuego. Luego del cruce, el paisaje se abre y entonces pudimos observar las famosas turberas, invaluable ecosistema fueguino que regula el ciclo del carbono sobre la Tierra y el ciclo hídrico en los valles del sur.

El recorrido resume en una jornada lo que es Patagonia: tierra inexplorada, relatos legendarios de valientes exploradores que lo arriesgaron todo por llevar su visión del mundo a los aborígenes, a quienes consideraban que “debían civilizar”, y fauna, mucha fauna salvaje que asume como propios aún estos vastos territorios.

Ya en Martillo, la guía nos informa que los magallánicos llegaron a esta isla en 1976, conformando así el sitio de anidación de esta especie más austral de Argentina. Ese año, alguna pareja perdida descubrió estas costas y prosperó, pues en 1992 había 519 parejas y en 2005 ya eran unas dos mil. No es gratuito, pues el suelo de la isla es blando y tiene un alto contenido orgánico, así que los pingüinos pueden construir cómodamente su nido con casi un metro de profundidad.

Gracias al seguimiento satelital, los científicos ahora saben que cuando comienza el invierno las familias salen al Atlántico y migran hacia el norte. Y cuando el clima se suaviza en estas coordenadas vuelven a bajar. Así, a mediados de octubre la mayoría de parejas ya se han reencontrado y los nidos están listos.

La colonia de pingüinos magallánicos, sin embargo, no es la única, y tampoco es la que causa más curiosidad a los científicos en Isla Martillo. La gran novedad allí es la única colonia reproductiva en territorio sudamericano del pingüino papúa, presente en la isla desde 1980, cuando llegó la primera pareja. En la primavera de 2003 ya había nueve parejas y siguen en aumento cada año. Los papúa son más altos (miden hasta noventa centímetros frente a los 45 de sus vecinos magallánicos) y más veloces bajo el agua, pues alcanzan velocidades hasta de 36 kilómetros por hora.

Los polluelos permanecen en el nido por unos treinta días, pero después tiene lugar un curioso comportamiento: las familias organizan “guarderías de polluelos”, en donde los adultos se turnan para cuidar un montón de recién nacidos. Los polluelos también mudan su plumaje a sub-adulto y se van al mar al cumplir ochenta o máximo cien días de nacidos.

Martillo es la isla de la abundancia o quizás el planeta de los pingüinos. No hemos terminado de escuchar la historia de los papúas cuando chocamos con una pareja solitaria del pingüino rey sudamericano o del Atlántico que, al igual que el pingüino emperador, tan famoso por el documental La marcha del pingüino, no hace nido, sino que incuba un único huevo sobre sus patas. Nos comenta la guía que han visto también pingüinos de penacho amarillo.

Para los turistas de Ushuaia, la única manera posible de bajar a Isla Martillo y caminar entre los pingüinos es tomando la excursión terrestre a la Hacienda Harberton, pues de otra forma las embarcaciones solo se acercan para observarlos desde altamar. Lo interesante de ir a la Hacienda no solo es la posibilidad de caminar entre pingüinos, sino también visitar este lugar histórico que fue determinante en los primeros años de la colonia inglesa en tierras argentinas.

Efectivamente, el bus llega a las instalaciones originales donde el legendario misionero Thomas Bridges fundó la primera estancia de Tierra del Fuego, en 1886, luego de renunciar a la Misión Anglicana de Ushuaia, y que hoy es Monumento Histórico Nacional. Bridges bautizó la estancia en honor de su esposa, quien era oriunda de Harberton, en Devon (Inglaterra). La motivación de Bridges al llegar a estas tierras fue llevar las enseñanzas del evangelio a los pueblos aborígenes, pero tuvo una preocupación personal en la cual invirtió todo su tiempo libre: el diccionario del lenguaje yámana. La hacienda ha sido heredada por generaciones a sus descendientes. Su hijo, Esteban Lucas Bridges, escribió The Uttermost Part of the Earth (El último confín de la Tierra), donde narra su infancia, habla de los yámanas y las aventuras de la familia para lograr publicar el diccionario en Europa. Su bisnieto, Thomas Goodall, se casó con la ya fallecida bióloga estadounidense Rae Natalie Prosser, inquieta, curiosa y sistemática científica.

Y es ella quien nos lleva a enfrentar la otra cara de la moneda, el fin de todas las cosas, el símbolo de la muerte en Harberton. Y es que aquí, mientras cientos de pichones descubren la vida, ballenas gigantes, delfines y tiburones regresan de sus titánicos viajes transoceánicos para dejar sus ancianos cuerpos a la deriva. Un misterio que ningún científico ha podido descifrar, mientras se limitan a recoger y almacenar millones de osamentas que se aglutinan en sus playas.

Fue Rae quien inició la colección para luego crear el Museo Acatushun de Aves y Mamíferos Australes, adonde cada año llegan a estudiar jóvenes de todo el mundo en busca de respuestas a las más variadas preguntas de la biología. El museo es una oportunidad para aprender acerca de aves y mamíferos marinos y ver de cerca las osamentas robadas a ese lugar mítico que quizá la gran fauna eligió para pasar sus últimos días o tal vez fueron las corrientes marinas en su afán de aglutinar en el mismo lugar los huesos de los gigantes que hallan en sus largos viajes.

Nos falta un último encuentro con otro símbolo del lugar: los árboles bandera, torneados por los fuertes vientos que azotan desde el sudoeste sobre las suaves colinas onduladas que conforman el paisaje y son testigos del antiguo glaciar que cubrió estos territorios. Mientras el bus se aleja, sus troncos doblados se me antojan símbolos de otro planeta, quizá de otra dimensión. Ese lugar en donde se conjugan el principio y el fin, el nacimiento y la muerte, en casual melodía.