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Vistas de Panama

La Cinta Costera: el “hub” que une a la ciudad

La Cinta Costera de Ciudad de Panamá no sólo conecta a la ciudad vialmente, también integra exclusivos sectores de la ciudad con zonas más tradicionales, recalifica barrios antes deprimidos y proporciona un gran espacio verde para el esparcimiento de miles de ciudadanos y turistas.

Texto y fotos: Javier A. Pinzón

El crecimiento exponencial que ha vivido Ciudad de Panamá en los últimos diez años se refleja en el perfil urbano y el frente de edificios espectaculares que bordean la bahía. Sin embargo, es abajo, a los pies de la lujuria inmobiliaria que deja boquiabiertos a propios y extraños, en donde se esparce el espacio más democrático de toda la ciudad y se da el verdadero entretejido ciudadano.

La Cinta Costera se extiende 7,6 kilómetros, bordeando la Bahía de Panamá, “amarra” el exclusivo sector de Punta Paitilla y la contemporánea ciudad de lobbies espectaculares y fachadas de vidrio, con el Casco Antiguo, construido por los españoles durante la colonia, y, finalmente, el más popular de todos los barrios: El Chorrillo y su azarosa historia.

En ese recorrido de pasos peatonales y ciclo-rutas se alternan jardines, parques infantiles, más de doce campos deportivos, dos anfiteatros y unas diez esculturas de reconocidos artistas. Parte importante de lo que vemos está en su variopinta gama de usuarios: millonarios propietarios de apartamentos con sus lujosos atuendos deportivos se entrecruzan con jóvenes skaters, familias que conducen una bicicleta de cuatro o seis puestos y vecinos de barrios deprimidos que, al abrirse la Cinta Costera, adquirieron un encanto inusitado. Cerca de mil personas tienen el privilegio de salir a diario a realizar sus ejercicios en este espacio democrático y un promedio de 10.000 cada fin de semana le dan legitimidad a una obra que no estuvo ajena a polémicas durante su construcción.

No es novedad, sin embargo, que Panamá haya querido ganarle terreno al mar. A principios del siglo pasado, como parte de las obras del Canal de Panamá, se construyó en 1913 la Calzada de Amador. Le ganaron territorio al mar después la Avenida de los Poetas (1914), el Javillo o Terraplén (1915), la Avenida Balboa y el Parque Urracá, que en 1940 “robó” 9,2 hectáreas al Océano Pacífico.

Finalmente, vino la Cinta Costera: 76,1 hectáreas de relleno (divididas en tres fases) a lo largo de la Bahía de Panamá, desde la avenida Balboa hasta la de los Poetas. Si se tiene en cuenta que el Casco Antiguo abarca unas cincuenta hectáreas, es posible imaginar la magnitud de esta obra.

Domingo en la Cinta

Estando en Panamá es imposible abstraerse de la tentación de recorrer la Cinta. Así que lustramos nuestras ciclas y madrugamos un domingo. Iniciamos el recorrido en Punta Paitilla y la primera zona de esparcimiento que encontramos es la Plaza de la Democracia, llamada así en honor a Guillermo Endara, Ricardo Arias Calderón y Guillermo Ford, ex presidentes de la república. Este es el extremo que nos muestra a la Panamá moderna. La sombra de los edificios y el brillo del sol en sus ventanas crean un paisaje bastante urbano.

Las personas que van con más calma y les gusta contemplar la naturaleza pueden empezar su recorrido en un amanecer de marea baja, cuando miles de aves playeras vienen a buscar alimento en las islas de arena que sobresalen del agua. Y si el espectáculo de la mañana es maravilloso, no lo es menos el ocaso de marea alta. El agua brilla como un espejo, el viento sopla y un par de mapaches que se asoman entre las rocas y miran a los ojos en busca de comida.

De Paitilla al icónico edifico Miramar hay novecientos metros con varias estaciones de máquinas y postes para hacer ejercicio, que decenas de ciudadanos aprovechan antes o después de sus horas de oficina. Pero este recorrido es solo el abrebocas a la verdadera sustancia de este espacio urbano, pues antes de llegar a la Plaza Anayansi, que corona el primer kilómetro, hay seis canchas de juego y dos parques para niños.

En la Anayansi es casi obligatorio comerse un raspa’o panameño (hielo molido regado con leche condensada y sabores de frutas) mientras se disfruta de uno de los miles de eventos que tienen lugar aquí: yoga, clases de baile, aeróbicos, eventos religiosos, actividades culturales, conciertos… todo aquello que requiera áreas verdes o precise disfrutar de la vista al mar. La plaza tiene, además, fuentes y uno de los parques infantiles más populares de la ciudad.

En el kilómetro 2,6 está el Mirador del Pacífico. Bajo una pérgola de flores tropicales hay mesas de ping-pong y máquinas para hacer ejercicio. Muy cerca se hallan canchas de tenis, dos parques infantiles y una plazoleta para actividades culturales. Pero la cereza del pastel lo constituyen las escalinatas que bajan hasta el mar, uno de los mejores lugares de toda la Cinta para sentarse a apreciar el ir y venir de las olas mientras se saborea una “carne en palito”, típica de la ciudad.

El camino que lleva al siguiente punto de interés se convierte en toda una feria durante los fines de semana. No en vano, las estadísticas dicen que lo disfrutan unas 10.000 personas. En su recorrido encontrará puestos de algodón de azúcar, manzanas de caramelo, pequeñas atracciones, músicos ambulantes, malabares y artistas callejeros, antes de toparse con el muy visitado Mercado del Marisco, en el kilómetro 3, que surgió en torno al embarcadero de los pescadores artesanales y es muy popular entre los panameños. Allí, 16 puestos al aire libre le ofrecen delicias del mar como ceviche, corvina frita con patacones, filete a lo macho, patacones rellenos de camarón o el famosísimo “guacho” (quizá lo más parecido a un risotto tropical).

Cada mañana, muy temprano, es posible ver a los pescadores afanándose con sus canastas llenas de materia prima, lo que augura la frescura de los platos.

Sigue luego el Rompeolas Turístico, que permite una buena vista del Casco Antiguo de Panamá, la bahía y sus barcos, los caserones de Santa Ana, la entrada al Barrio Chino y, en lo alto, el cerro Ancón. Toda Panamá desde un mismo punto. En el kilómetro 3,8 se encuentra una fuente, que es el sitio ideal para ver el atardecer. El sol se oculta detrás del cerro Ancón, protagonista, en días aciagos, del célebre poema de Amelia Denis de Icaza, y donde hoy ondea orgullosa la bandera de Panamá.

Al dejar el Rompeolas, también se deja la tierra firme. La Cinta se despega de la ciudad por el viaducto marino vehicular y peatonal, estructura semicircular conformada por 177 pilotes anclados en el mar y 560 vigas longitudinales. Caminar o pedalear por este sendero de 2,6 kilómetros ofrece una vista inusual: la ciudad desde el mar (y no al contrario) con el gradiente urbano, desde los altos y modernos edificios hasta los viejos caserones coloniales, además de una vista inédita de la muralla construida en el siglo XVII para defender a la ciudad de los piratas.

Este puente peatonal marino está delineado por una cerca de flores de colores, que lo separa del puente vehicular, y se halla dotado de sillas y estaciones de observación para disfrutar la vista. En el kilómetro 4,5 están los tres platos turísticos que parecen levitar sobre las olas que envidia cualquier surfista. Acá se puede estacionar la bicicleta y descansar un rato en una de las sillas asoleadoras, refrescarse con un poco de agua en las fuentes estratégicamente ubicadas y usar alguno de los binoculares para detallar el Casco Antiguo y su muralla.

En lo que falta de recorrido encontrará tres miradores, dos canchas de futbolito, dos de baloncesto y dos de multijuego, una cancha de voleibol de playa, varios parques para niños con paredes de escalar y hasta un fabuloso skate-park diseñado por expertos californianos. En este tramo no hay muro que nos separe del agua, así que siéntese, relájese y disfrute el paisaje; pero solo un momento, pues falta una de las visitas más importantes: Sabores de El Chorrillo, once locales construidos especialmente para que los famosos cocineros del barrio El Chorrillo tuvieran dónde dar a conocer su exclusiva gastronomía. El barrio creció sobre los rellenos de la bahía, construidos con las tierras de las excavaciones para hacer el Canal de Panamá y fue habitado desde el principio en su mayoría por antillanos e indostaníes, que dejaron una impronta en la gastronomía.

Si al estar sentado en su mesa escucha sonar tambores o alguna algarabía, no se preocupe. Lo más probable es que haya un partido en el estadio Carlos M. Pretell, más conocido por los habitantes del barrio como el “Maracaná”. Construido en 1970 sobre un relleno, fue totalmente renovado como complemento de la tercera fase de la Cinta Costera. Cabe destacar que el Maracaná colindaba con el territorio de la antigua Zona del Canal y con una punta sobre el mar denominada en aquella época “Thatcher”, en donde se apostaban las patrullas de la policía zoneíta que estaban acantonadas en las riberas de la vía interoceánica.

Al finalizar el puente marino, en el kilómetro 6,6, está el Paseo de los Poetas, que conecta con la calle 13 de San Felipe, ya dentro de la ciudad. La Cinta Costera conecta la ciudad no solo vialmente, sino a toda la ciudadanía; además recalifica barrios antes deprimidos y proporciona un gran espacio verde para el esparcimiento de miles de ciudadanos y turistas. La próxima vez que venga a Panamá le recomiendo pasearse por su hub y ser parte de él.