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Destino Chile

Jugando sobre los Andes chilenos

Dos días de nieve y sol a escasos kilómetros de Santiago de Chile. La cercanía de montañas magníficas y cómodas estaciones de esquí hacen de esta urbe un destino de nieve sin parangón en Suramérica.

Por: Julia Henríquez
Fotos: Demian Colman

Chile entré en avión atravesando la majestuosa cordillera de los Andes. Desde las alturas, la inmensidad se hace visible y el cordón que nunca acaba me intimida desde la seguridad de mi ventanilla. No había puesto mis pies en tierra firme y ya el entorno en que está inmersa Santiago me había enamorado. Había venido a conocer sus picos nevados, así que, sin perder mucho tiempo, busqué la manera de acercarme a estas míticas montañas que tantas caras tienen a lo largo del continente, y muy pronto dejé atrás la ciudad.

La primera parada fue Farellones. Una villa de esquí a poco más de cincuenta kilómetros de la Plaza de Armas, centro de la ciudad capitalina o, como te lo pintan los chilenos, a cuarenta curvas de altura. La primera vez que me mencionaron las curvas por las que subiríamos a los 2.340 msnm pensé que sería algo pintoresco. Sin embargo, por la curva número veinte empecé a entender que debí escuchar con más atención aquella advertencia. Segura de que iba en buenas manos —con un conductor que conocía muy bien la ruta y era diestro manejando sobre la nieve—, me dediqué a admirar el paisaje con la única preocupación de contar de cuarenta a cero mientras disfrutaba del juego de colores entre blanco, negro y verde que se va mezclando en cada curva a su antojo.

Cuando ya empezaba a ver doble, unas casas de madera típicas de película surgieron de entre la nieve anunciando la llegada a la pequeña villa de esquí. Aunque en el sur del país algunos migrantes europeos, movidos por la nostalgia de sus queridos Alpes, ya disfrutaban de la nieve chilena en todo su esplendor, fue en 1937 cuando se construyeron las primeras estaciones de invierno en la zona de Santiago, precisamente aquí en Farellones.

Hoy la vía también es la entrada a Valle Nevado, La Parva y El Colorado, centros de esquí de diferentes precios y dificultades que ofrecen cada uno su encanto a aventureros del mundo entero.

Un poco aturdida por la subida y el abrumador paisaje, me bajo frente a la entrada del Parque los Farellones y tardo en entender mi realidad. El blanco profundo de la nieve brilla y refleja el sol del cielo perfectamente como si mil espejos reposaran en las montañas. Es casi imposible abrir los ojos sin lentes oscuros, no hay un soplo de viento y agradezco la suerte de haber subido en el mejor día posible.

El parque ofrece desde clases de esquí para principiantes hasta pistas de alta velocidad para los expertos. Quienes no se atreven a probar el deporte pueden escoger entre varias actividades: tubbing, bicicletas de nieve y tirolesa son algunas opciones que los extranjeros disfrutan en este escenario.

Jamás he sido buena en los deportes y casi no soporto el frío, por lo que decido recorrer con tranquilidad la calle entre los restaurantes y las tienditas que ofrecen ropa, lentes, trineos… todo lo necesario para disfrutar de un excelente día de invierno. En el camino, mi guía había contado que los brasileños son gran parte de la movida turística y que no dejan de sorprenderse al ver la nieve. A los pocos minutos lo compruebo al verlos formando una fila que se arma con rapidez para tomarse una foto con un muñeco de nieve. El acento era claro y la felicidad en sus caras los delataba: el país del fútbol, el carnaval y la garota de Ipanema había, finalmente, llegado a la nieve.

Nuestra excursión continúa y a unos minutos y un par de curvas paramos en medio de la nada. Sin peligro aparente bajamos con una sola misión: cumplir lo que nos ha prometido Hollywood: ¡guerra de nieve! Los brasileños que me acompañan me llenan de energía y el miedo al frío desaparece.

La guía nos cuenta que la nieve está fresca y eso la hace muy suave. Sin entender lo que esto significa corremos a la montaña y ¡puf! caemos de cara contra un algodón helado en el que se nos hunden las piernas hasta las rodillas. Con cara de niños en juguetería se nos olvidan las reglas de comportamiento y el hecho de que debemos “actuar como adultos” y la nieve empieza a volar por todos lados. La humedad en mis botas deja de importarme y disfruto de los azules y blancos profundos que se forman a mi alrededor. Hay algo en la nieve que mueve el niño interior que llevamos todos; hay algo en ese frío intenso, en ese blanco nube, que nos hace reaccionar como nunca y disfrutar el estar mojados y fríos a miles de metros de altura. El día no alcanza y la guía nos llama a seguir el camino. Quiero tumbarme a sentir el sol en mis mejillas y no pararme más, pero no lo hago: los ángeles de nieve se complican cuando no ves dónde queda el piso y tus pies deben superar las rodillas para dar el paso. Además creo que no he perdido lo suficiente mi miedo al frío como para entregarme definitivamente.

La última parada del día es Valle Nevado, la punta más alta a la que llegaré. La villa, ubicada a 3.000 msnm me regala un almuerzo en medio de las montañas más espléndidas que jamás haya visto. Deseo sacarme el guante para sentir en la piel esto que me ha hipnotizado por tantas horas. Toco esa mezcla de sal y algodón de azúcar y con la mano entumecida agradezco de nuevo estar aquí en este día tan blanco y a la vez tan soleado, y me dedico a la contemplación mientras cientos de expertos suben y bajan a gran velocidad por las pistas de esquí.

Nuestro tour del día siguiente comienza antes de que la ciudad termine de despertar. Partimos con cinco capas de abrigo rumbo al Cajón del Maipo. A sesenta kilómetros al suroriente se encuentra San José de Maipo, pequeña comunidad alguna vez habitada por chiquillanes, incas y mapuches. Luego de la Conquista, con los vientos de independencia soplando cada vez más fuerte, este pequeño asentamiento tomó un papel de gran importancia al conectar los ejércitos que venían de Argentina con aquellos que peleaban a este lado de la cordillera. Hoy San José de Maipo recuerda su historia en plena calma, con una plaza abierta donde se exponen artesanías con claras evocaciones de quienes hace mucho pisaron sus calles. Ahora no se siente mucho movimiento y quienes llegamos hasta allí lo hacemos de paso al embalse El Yeso, una de las atracciones más aclamadas de la región.

Esta reserva artificial provee de agua potable a la ciudad de Santiago y sus alrededores. En el camino, el río Maipo nos acompaña casi apagado, pues su verdadera fuerza se ve en verano cuando su corriente es utilizada para los deportes acuáticos. El sol me vuelve a acompañar, mientras el paisaje brilla como si fuésemos cómplices y me estuviese dando todo para poder disfrutar de panoramas inesperados.

Llegamos a la entrada del embalse y lo que veo es una escena casi apocalíptica. Unas estructuras de cemento gigantes recuerdan un refugio de mineros mientras observamos el lugar donde nace el agua que se bebe en la ciudad.

Mis pies vuelven a tocar la nieve y siento de nuevo ese crujido que hacen las botas al romperla, ese “crac” como de cáscara de huevo que me trae a mi realidad. Hay gente por todos lados, decenas de idiomas, cámaras, coolers, comida y no entiendo muy bien qué sucede. Camino en fila siguiendo a un rebaño de humanos que, a medida que subimos, poco a poco va menguando. A los pocos minutos ya se ve el embalse: una laguna de agua turquesa embellece aún más el paisaje, si es que esto es posible. El panorama aturde.

Estamos a dos horas de la ciudad y se siente como un mundo de distancia. Aun faltan dos horas más de caminata y el paisaje cada vez es más espectacular. Paso una curva marcada por la montaña, el viento desaparece y el agua se convierte en un espejo perfecto. Estoy perdida en una realidad donde ya no sé qué es arriba y qué es abajo.

La altura y la belleza me quitan el aliento y no queda más que respirar ese paisaje surreal sacado de la imaginación de algún artista que no ubico. Son pinceladas de miles de tonos azules y blancos que juegan con mi cordura; es un sentimiento que te hace enfrentar la grandeza de la naturaleza, que te demuestra que no eres más que un invitado en este planeta magnífico.

El tiempo es un enemigo que siempre corre en contra de esos momentos mágicos. Emprendo el regreso media hora después de lo estimado, deseando que alguna de las familias que hacen picnic me invite a acompañarlos por el resto del día. Antes de volver a la realidad, me salgo del camino, subo con un esfuerzo máximo el lado nevado de la montaña y me lanzo en la nieve.