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Personajes

Juan José Campanella: el éxito, la imaginación y la memoria

El argentino Juan José Campanella, estrella del cine universal, ha dirigido series emblemáticas de la televisión norteamericana como Doctor House, La ley y el orden y 30 Rock, pero su consagración definitiva fue el premio Oscar que ganó por su película El secreto de sus ojos. En el Hay Festival de Cartagena rastreamos parte de la historia de este personaje que capta la atención de jóvenes cineastas, productores ávidos de piezas triunfales, críticos y público.

Por: Iván Beltrán Castillo
Fotos: Julieta Solincée

 

Un hombre de aspecto inteligente, bonachón y desaliñado viajó a Cartagena de Indias durante más de veinte horas, en un bus que semejaba un refrigerador gigante, con la intención exclusiva de entregarle el manuscrito de una primera novela a un director de cine bonaerense que lo había influenciado de una manera tan vívida como para proporcionarle el final y varios momentos de su engendro literario, además de haberlo obligarlo a ver su película más famosa veintiocho veces, siempre con la emoción de la primera vez.

Este escritor y asceta tropical es Alejandro Ordóñez, y el cineasta que tanto marcó sus últimos años de trabajo no es otro que Juan José Campanella, quien en 2010 ganó el Oscar a la mejor película extranjera por El secreto de sus ojos, un filme cuyo tema, genialmente expuesto, es el parentesco del arte del amor con las no menos notables artes del crimen y el olvido.

Para el novelista errante no fue fácil la tarea, pues no era el único que había ido al Hay Festival para interceptar a Campanella; también una horda de seguidores y estudiosos del cineasta lo asedió sin tregua ni piedad durante su estancia de tres días, en la que debió sofocar demandas de todo calibre: preguntas intimistas, académicas, políticas y hasta teológicas.

La prehistoria del sueño

Para entender a cabalidad la pasión de Campanella por el cine es necesario dar un vertiginoso salto atrás o deambular, con liviandad encantadora, por el desfiladero de sus años idos, cuya contemplación juzga reveladora y legítima.

“Nunca fui un niño convencional ni un argentino ortodoxo”, rememora. “De pequeño prefería el camino del teatro que el de la cancha de fútbol o el estadio, y era mayor mi devoción por los héroes de la ficción cinematográfica que la que pudiese provocarme un arquero del Boca o un goleador del River”, evoca sonriendo. “Reconozco, sí, que estas palabras pueden ser tomadas como una herejía”.

“Mi niñez es un largo y prolongado ensueño hecho de películas e historietas”, agregó. “Era un niño en manos de la loca imaginación. Por todas partes, como amigos invisibles, proyectaba a Tintín y el Hombre Araña, el Príncipe Valiente, Robin Hood, James Stewart y John Wayne o los héroes de la historieta argentina: Capicúa, Piantadino y Pepe Sánchez. Leía como un loco e iba al cine cuatro veces por semana”.

Nació en Vicente López, un barrio característico de la clase media argentina, con sus nubes de pensionados y viejos tangueros, amas de casa devoradas por el tedio, vendedores de frutas y legumbres, niñas casamenteras y sentimentales, pequeños burócratas, tenderos, alcohólicos, viudos y empleadillos grises; todos en manos de amores, rupturas, caídas y renacimientos. “Esa fauna contradictoria y sugestiva, vista en la niñez y analizada en la juventud, es el embrión, la génesis, de mis películas, que tratan de reflejar la locura económica y colectiva de una generación atribulada”, revela Campanella.

En septiembre de 1983 viajó a Nueva York para estudiar cinematografía. Esa ciudad y ese país habrían de retenerlo por casi veinte años. Al principio, en Estados Unidos la situación no fue fácil: para sobrevivir trabajó en inolvidables oficios, entre ellos el de mozo del restaurante francés La Cremerie, de la calle 75 y Lexington, y el de traductor en juicios a latinoamericanos en los estrados judiciales del Bronx. La mayor parte de aquellos pleitos eran por narcotráfico, y Campanella traducía las palabras defensivas de pequeños mafiosos y padrinos sudamericanos, lo cual, según narra, tenía su encanto teatral. Los otros juicios, más patéticos, eran los que se escenificaban en contra de los desempleados latinos. “Para un artista en ciernes”, analiza, “los materiales que proporciona la realidad, sin excluir los más toscos y virulentos, se convierten en una fuerza propulsora para que la imaginación sensible se dispare”.

La invención de la voz

“Como todos los artistas, desde que el mundo es mundo, yo pasé mucho tiempo buscándome, indagando lentamente sobre qué cosas quería decir y el tono apropiado para hacerlas alternativamente poética y verosímiles. Se diría, por lo tanto, que hay películas mías que son de otro Campanella; un hombre que ahora me resulta lejano y desconocido. Después de que ‘afilé el arma’ en las series norteamericanas ‚ÄïDoctor House, 30 Rock y La ley y el orden‚Äï y de nuevo en la Argentina, de manera natural, empezó a surgir la voz que habría de esculpir mi verdadera obra, la que había esperado y que sería la encargada de fundar mi universo, darle una forma a lo que hasta entonces había sido simplemente búsqueda, intuición y tentativa”.

Campanella habla entonces de esas cintas inesperadas, milagrosas, poéticas, hondas pero elementales, que le dispararon en el escenario mundial y le permitieron exorcizar demonios, fijar recuerdos, convertir en belleza el enigma y la desazón, las heridas, las soledades o la angustia. Lo logró en la madurez, al filo de los cincuenta y, según dice aludiendo al boxeo, después de haber lanzado infinidad de ganchos y jabs que terminaron por producir el knockout.

Algunas de sus más destacadas películas han sido El mismo amor, la misma lluvia (1999) muestra el retrato perverso de un escritor que quiere ser inmortal, pero debe conformarse con escribir novelitas cursis para una revista cualquiera, hasta que el amor lo obliga a encontrarse; El hijo de la novia (2001), donde plasma la necesidad de nombrar el olvido y musicalizar el silencio mediante la dulce historia de una gran mujer asolada por el Alzheimer; Luna de Avellaneda (2004), nostálgico homenaje a esos sitios de comunión clásicos denigrados por la modernidad y la amnesia, y El secreto de sus ojos (2010), recuento en clave de novela negra de las trampas, burlas y enigmas que nos tienden los años.

Asteroide Campanella

Desde que subió al escenario para recibir la codiciada estatuilla de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, Campanella ha entendido que “en el fondo no pasa demasiado luego del reconocimiento, salvo, quizá, que ya no estás tan necesitado de mostrarte ni de que la gente fije su vista en tus movimientos. Entonces puedes, desde la serenidad, dedicarte a tus obsesiones, las mismas que se convertirán en filmes”.

 

Recordó que la noche en que se llevó a casa la estatuilla le impresionó el hecho de que la entregaran “desnuda”, o mejor dicho sin ningún tipo de capa o envoltura. Estuvo mirándola largo tiempo, recordando que soñaba con ella cuando iba a ver películas en su infancia. Y en el viaje de regreso, en el aeropuerto, le hicieron una de aquellas penosas requisas en las que hay que mostrar hasta el más insignificante pañuelo de la última valija. Para perplejidad de la policía, apareció la efigie de Oscar; entonces le preguntaron si era cierto lo que estaban pensando y esa era la mítica estatuilla del dios del cine. Y al saber que así era, trucaron la severidad policial por la devoción de los fans, improvisando una sesión de fotos y posando al lado del tótem sagrado y su inesperado dueño.

“El cine desaparecerá solo el día en que desaparezca el hombre”, dice ahora, rotundo. “Es palpitante, generoso y humano ir a una sala llena a bruñir emociones con los otros. Eso prolonga y fortalece la hermandad y el lazo invisible que va de un hombre al otro. Si en este momento existe una crisis creativa, es transitoria y ya aparecerán las piezas que insuflarán nueva vida a este baile de sombras”.

Epílogo

Alejandro Ordóñez, el novelista y admirador de Campanella, logró entregarle su novela, formularle dos preguntas agudas y ponerlo a firmar el libro en que está basada El secreto de sus ojos. Quedó exhausto, alucinado, radiante. A la salida de su encuentro, cuando planeaba subirse a otro bus y regresar a Bogotá, sintió que todas las emociones le dolían en el cuerpo y fue como si se le viniera encima el cansancio de los años en que escribió la novela, miró infinitas veces El secreto de sus ojos y vino hasta el mar para conocer a un maestro. Cayó enfermo en la puerta del bello Hotel Santa Clara y debió ser hospitalizado de urgencia. Pero no fue nada serio, se recupera a satisfacción soñando que ahora es un personaje de Campanella…

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