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Cuento

Jinetes

Por / By Ednodio Quintero
Ilustraciones / Illustrated by Henry González
Selección y compilación / Selection and Compilation: Carolina Fonseca

 

Atravesaron el puente de madera haciendo resonar los travesaños con un ruido ensordecedor. Sin aminorar el paso enfilaron sus cabalgaduras calle arriba en dirección a la plaza arbolada. Habían surgido de la niebla sucia del verano, y sus rostros de cuchillo eran para nosotros absolutamente desconocidos. Acaso una muchacha, abrasada por la fiebre, los habría divisado entre las brumas de su sueño. Barbas desteñidas, cabellos largos y retintos, y la mirada oculta por el ala ancha del sombrero. Lluvias remotas y soles implacables habían deshilachado sus amplias capas color ratón, y el viento amarillo de los páramos había agrietado sus sonrisas.

Ninguna señal del cielo había anunciado su llegada: no los aguardábamos; y nadie los vio entrar al pueblo y atravesar la empinada calle real. Aquel día, obedeciendo una antigua costumbre, nos reuníamos todos en el templo, cumplíamos un rito ancestral. El estruendo de cascos nos hizo volver los rostros en dirección a la puerta: y ahí los vimos, meciéndose en el aire, envueltos en sus capas grises, que ondeaban como banderas de un ejército de vengadores. A horcajadas en sus cabalgaduras renegridas daban vueltas en círculo en el atrio empedrado, haciendo restallar sus látigos con zumbidos cortantes de abejorros. Permanecimos clavados como estacas a nuestros asientos e intercambiamos miradas temerosas ante la inminente embestida de los invasores.

Pastores de ovejas, gañanes y labriegos, nuestros puñales se enfriaban debajo de la almohada o yacían enterrados entre las reliquias de nuestros antepasados. Hacía ya más de un siglo que las guerras con los señores de las llanuras habían cesado. Desde entonces nos ocupábamos en otros menesteres: bregábamos de sol a sol. La tierra negra y las escasas lluvias proveían nuestro alimento.

Nos bastaba un puñado de avena, unas cuantas verduras y un pedazo de queso; y en las celebraciones de la muerte, nuestra mesa se veía enriquecida con carnes, almíbares y licores fuertes. Nuestras mujeres cargaban agua desde los manantiales, bordaban flores de oro en sus vestidos y tejían abrigos y cobijas de lana para calentarnos; y en nuestras casas de piedra no faltaban la leña, el café y la sal. A veces nos juntábamos para cantar, bailábamos sones de violín y nos emborrachábamos. Vivíamos en paz; y resolvíamos nuestros súbitos odios en silenciosos duelos a machete, en algún paraje solitario, a la caída del sol. Llamarnos cobardes hubiera sido una acusación vil, pues al mismo demonio habíamos expulsado de nuestro territorio. Sin embargo, el ataque de aquellos bandidos colosales nos tomó desprevenidos, y como mansos bueyes, encerrados en aquella fortaleza que alguna vez creímos inexpugnable, aguardábamos la acometida de los vengadores.

Pluma de zamuro adornando su hosco sombrero y cabellera atada con una cinta color sangre, el primer jinete surca el aire requemado y atraviesa el umbral. El caballo se desliza en el piso de ladrillos y cae doblando las patas delanteras. Con fiereza el jinete recoge las riendas y acicatea al animal con las espuelas. Y la bestia se incorpora, piafando y resoplando, tanteando el suelo con sus cascos como si quisiera asegurar sus recias pisadas antes de aventurarse en aquel terreno resbaladizo y traicionero. Luego, durante un breve instante, hombre y caballo se inmovilizan: recortados contra el marco luminoso de la puerta parecieran fundirse en el azul pizarra de la lejanía, y recuerdan algún monstruo legendario extraviado en la memoria y en los sueños. La visión se desvanece; y a una señal del primer jinete, los otros espolean sus cabalgaduras y se lanzan al asalto, resueltos e impetuosos, como si un viento poderoso los impulsara a girar en remolinos de luz que al avanzar pusieran en fuga a las tinieblas.

Las bestias se atropellan y se empujan por el centro de la nave. Entre los asistentes a la ceremonia interrumpida, que ya se creen víctimas de una falaz maquinación del enemigo, algunos levantan sus voces débiles y suplicantes. Otros, entre dientes, susurran una oración desesperada. Los demás aguardan en silencio, rastreando en sus memorias el recuerdo imposible de algún hecho parecido, atribuyendo a sus pequeñas mezquindades la ira del cielo representada en aquella horda de bandidos que avanza profanando el suelo sagrado. Voces, sollozos y silencios tejen una invisible muralla, que los jinetes van derribando con su altanera presencia y las bestias con el filo mellado de sus cascos. Aunque no pasan de una docena, la ferocidad de sus rostros, sus raídos trajes de otro tiempo y los arreos insólitos de sus cabalgaduras, forman un conjunto siniestro, capaz de imponer el terror de un ejército. No obstante, si alguien los hubiera observado sin temor, no habría visto jinetes vengadores sino pálidos espectros de antiguos pescadores o de reyes.

Alguna vez nos habíamos sentido seguros en el interior de aquel recinto consagrado a un culto remoto, ininteligible casi siempre para nuestro entendimiento, ajeno por completo a nuestras preocupaciones terrenales. Tal vez sin proponérselo, los invasores habían develado nuestra debilidad. Y ahora cuando se detienen frente al altar, un cierto alivio se instala fugazmente en nuestros corazones, al menos recuperamos el aliento. Presentimos que aquellos extranjeros no han venido para hacernos daño. Sabemos, con extraña certeza, que no se quedarán entre nosotros. Y quisiéramos ignorar los propósitos de su dilatado viaje.

El jinete de la pluma negra se apea del caballo y camina confiado rumbo al altar. Avanza seguido por el resonar de las espuelas y dejando tras de sí el rastro polvoriento de sus pisadas. Asciende los peldaños y se detiene frente a la piedra de consagrar.

Dobla ligeramente la rodilla y mueve los labios como si convocara las sílabas de un nombre secreto. Luego se voltea, y en una lengua desconocida, con voz potente pronuncia una frase breve y cortante que hace temblar a los otros jinetes en lo alto de sus cabalgaduras. Los caballos se inquietan, y de las gargantas de los forasteros escapa un sordo clamor semejante al rugido de muchos leones.

El jinete nos vuelve la espalda y extiende sus brazos hacia el tabernáculo, colocado unos palmos arriba de la piedra negra. Abre la puertecita y con movimientos demorados extrae de aquel pequeño cofre incrustado en la pared la custodia de plata dorada, y la envuelve con delicadeza entre los pliegues de su capa. Y mientras desanda el trayecto en dirección a su montura, vemos cómo su rostro resplandece.

Libres ya de temores, salimos al atrio y los vemos partir. Capas y látigos al viento, cruzan el puente y como flechas negras se internan en los territorios de la luz. Regresan presurosos a sus dominios en la niebla o a alguna ensenada junto al mar. El alivio que nos proporciona su partida nos impide darnos cuenta de nuestro íntimo alborozo.

Mientras tanto seguimos con la mirada aquella nube de polvo que se hace cada vez más diminuta e imprecisa con la lejanía. Y podemos imaginar el júbilo que inflama el corazón de los forasteros, el brillo de sus ojos y sus sonrisas relumbrantes de contento: pues, errantes desde los confines de los siglos, en aquella remota aldea de las montañas habían encontrado a su Señor.

(En Cuentos completos. El Estilete, Caracas, 2017, pp. 169-172).