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Vistas de Panama

Herencia negra

La historia de Panamá tiene profundas raíces negras y los panameños manifiestan su negritud de formas diversas, aunque no siempre conscientes. La exposición “Los Rebeldes: la tradición in(di)visible”, que se mantendrá hasta el 17 de junio en el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá, muestra, en un solo espacio, las influencias de lo negro en la literatura, la música, el diseño, las artes visuales, los festivales, rituales y un sinnúmero de prácticas culturales. Una oportunidad también para caminar por las calles de la ciudad en búsqueda de estas raíces.

Por Ana Teresa Benjamín
Fotos: Javier Pinzón, Cortesía Gabriel Guandique, MAC Panamá

El viaje que la curadora, periodista y crítica de arte panameña Adrienne Samos emprendió para terminar con la exposición “Los Rebeldes: la tradición in(di)visible”, empezó cuando el gran pintor Julio Zachrisson, también panameño, le hizo notar que en su más reciente libro, Divorcio a la panameña, había un aspecto, una tradición artística a la que no se le había puesto atención: el arte negro.

Divorcio a la panameña, presentado en enero de 2017, recoge una serie de ensayos que Samos publicó en Talingo —suplemento cultural que circuló con el diario panameño La Prensa durante casi una década (1993-2002)—, donde se cultivó la crítica en torno a distintas manifestaciones artísticas del mundo. Los ensayos recogidos en el libro establecen cómo, entre los años 1990 y 2000, el arte panameño sufrió una ruptura entre lo que Samos define como una “especie de escapismo” hacia un arte más vinculado con la realidad inmediata.

Ese cambio tiene como trasfondo dos hechos históricos fundamentales en el país: la invasión de Estados Unidos a Panamá de diciembre de 1989 y la entrega total de las tierras y la administración del Canal al Estado panameño, en 1999.

“Las artes tienden a reflejar lo que pasa en la realidad. El arte pictórico escapista y académico que tenía Panamá saltó a un arte contemporáneo con manifestaciones muy afines a lo que estaba pasando en el mundo, por un lado, pero también a lo que estaba pasando en la realidad panameña”, explica la crítica. Había sus excepciones, matiza, pero el vuelco es notable: “Los artistas jóvenes llegaron y empezaron a ver la ciudad, el caos, las dificultades…”.

Entonces Zachrisson —con sus noventa años y residente en Madrid desde hace décadas— le comentó que hacía falta analizar el arte panameño desde la perspectiva de lo popular, específicamente desde la visión de la herencia africana. “Es que hay una manera de ver el arte muy elitista”, precisa Samos, “de quiénes son los que entran a los museos. A todas las demás manifestaciones creativas les hemos dado la espalda y él llamó a eso la tradición rebelde”.

“Los Rebeldes: la tradición in(di)visible” busca precisamente eso: mostrar cuán rico es el arte afropanameño no solo desde la perspectiva “culta” (escultura, pintura, literatura), sino también desde lo popular, eso que influye a los “genios” artísticos pero que se manifiesta con toda transparencia en las calles, los barrios y la ciudad, aunque pocas veces se detenga una a pensar en ello. Como se establece en la premisa de la exposición, la creación colectiva o comunitaria “a menudo se tacha de artesanía, folclore o mero entretenimiento”, estableciendo así diferencias —discriminación, al fin y al cabo— con la “obra maestra” reconocida por el arte occidental.

“Los Rebeldes” arrancó con la presentación de la Banda Internacional El Hogar, agrupación con más de 65 años de existencia, que encarna esa relación particular del panameño con sus “fiestas patrias”, que se celebran cada noviembre. La Banda es reconocida no solo por el ritmo de sus tonadas, sus movimientos y los uniformes con los que desfilan —creaciones elaboradas por un sastre y una modista—, sino también porque sus miembros forman parte del tejido social popular de Panamá.

Pero así como en el acto de inauguración se hizo presente esta Banda —conquistando el espacio del Museo de Arte Contemporáneo, tradicionalmente utilizado para mostrar el “arte culto”—, la exposición dedica una sala entera a la música con raíces evidentemente negras: el calipso, por ejemplo, tan ligado a las caribeñas provincias de Bocas del Toro y Colón, y a barrios de Ciudad de Panamá como Río Abajo y El Chorrillo, que durante los años de construcción del ferrocarril Transístmico (mediados del siglo XIX) y del Canal (principios del siglo XX), se poblaron con inmigrantes afrocaribeños. También el bullerengue darienita y el congo de Colón, enraizados con la historia colonial de Panamá y con los miles de personas que fueron arrancadas de su África natal para ser esclavizadas en América; así como el reggae, la plena, la cumbia y la música de los combos nacionales, todas ellas manifestaciones musicales más recientes que siguen contando historias desde las vivencias comunitarias.

“La exposición tiene una parte muy importante dedicada a Colón”, señala Samos, porque de esa ciudad —ubicada a solo una hora de distancia de la capital— hay muchos libros de ficción, poesía y música, tanto en inglés como en español, que relatan la historia de los afroantillanos que llegaron allí cuando se inventó ese territorio para convertirse en la terminal Caribe del ferrocarril, ese que todavía hoy viaja por la ruta establecida desde 1850. “Colón es protagonista importante en esta exposición, porque es como una ‘ciudad maldita’”, comenta Samos. Por sus particularidades económicas y sociales, por su negritud, “durante toda su historia ha vivido auges y excesos”… para terminar luego en crisis profundas, hoy vigentes y palpables.

“Los Rebeldes: la tradición in(di)visible” fue inaugurada el 3 de mayo pasado y continúa hasta el 17 de junio próximo. Entre las actividades previstas para este mes están un conversatorio sobre las discotecas móviles panameñas, muy famosas durante los años 80; la proyección de los documentales Los fabulosos Crooners, grupo de cantantes de la comunidad negra de la antigua Zona del Canal, y Megabanda, que explora la cultura de las bandas panameñas de tambores, clarines y liras; una performance de Los Indios de Pueblo Nuevo, una de las comparsas carnavalescas creadas en los barrios de Panamá y Colón, luego de que el gobierno prohibiera la tradicional figura del “resbaloso”; y una mesa redonda en la que se discutirá, precisamente, cómo pintarse la cara para carnavales era una manifestación cultural patrimonial, ligada con los cimarrones, que sufrió la censura desde el poder.

Al final, de lo que se trata es de reconocer en la cotidianidad el arte y la herencia afrodescendiente que colman los espacios de este territorio llamado Panamá. Como enfatiza Samos, “la cultura panameña debe reevaluarse y conscientemente re-africanizarse”, para terminar de construir una identidad que está, indivisiblemente, ligada con lo negro.

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