Contáctanos

Vistas de Panama

Herencia congo

El 18 de marzo se realizará en Portobelo, al norte de Ciudad de Panamá, la décima versión del Festival de Diablos y Congos, una oportunidad única para participar de una cultura que se manifiesta en varios países de la región y es herencia de la diáspora africana que se produjo en América durante la colonia.

Por Ana Teresa Benjamín
Fotos: Carlos Gómez

En 1978, Toshi Sakai comenzó a pensar en los africanos esclavizados traídos a América, cuando visitó un pueblo del caribe panameño llamado Portobelo. Andaba de visita y mientras caminaba por entre las ruinas de la antigua ciudad colonial, preguntaba quiénes habían levantado esas paredes. “Fueron los españoles”, le dijeron. Pero esa respuesta le pareció inexacta. “Los que trabajaron eran africanos o indígenas. Lo que pasa es que los borraron de la historia”, explica.

Sakai es japonés y vive en Estados Unidos. Hace algunos meses presentó en un congreso de antropología e historia, celebrado en Ciudad de Panamá, el resultado de varios años de investigación sobre los afrodescendientes panameños, que según los datos oficiales representan el 14,9% de la población del país. El primer estudio presentado fue un mapa de Panamá repleto de topónimos de origen africano. El segundo, un documental sobre el cimarronaje en el istmo.

No se había planteado ninguno de los dos temas como objeto de investigación porque, como dice al principio de esta historia, Sakai comenzó a interesarse en Panamá debido a sus vivencias en Portobelo, específicamente por las experiencias que tuvo con los congos: descendientes de los africanos que fueron introducidos en América por los colonizadores españoles.

Los congos son un grupo de población que mantiene una cultura propia, y su manifestación más “colorida” se produce entre enero y febrero de cada año, cuando se iza la bandera congo en los palenques. Allí se dan cita la Reina y Juan de Dios, y alrededor de estas figuras principales aparecen personajes como el Pajarito, Mamá Guarda, el sacerdote, el ánima, el arcángel y los diablos, entre muchos otros. Ellas vestidas con sus polleras de retazos; los hombres con sus rostros pintados o enmascarados y hablando el lenguaje congo. Las mujeres cantan, los hombres tocan los tambores y ambos bailan en medio de un juego teatral, sensual y representativo de su historia. Todo termina el Miércoles de Ceniza, con el bautizo de los diablos, quienes a lo largo de dos meses atormentan y reparten latigazos.

“Empecé pensando que iba a hacer una película sobre los congos, porque son una manifestación cultural viva”, admite Sakai, “pero terminé haciendo la película sobre el cimarronaje”, porque la investigación sobre los congos se fue ampliando y generando más preguntas. Todo lo cuenta mientras observa a la otra protagonista de esta historia: Sheila Walker.

Walker es estadounidense y vive en su país, aunque sus raíces africanas la han llevado por medio mundo. Su interés en la diáspora africana empezó cuando tenía 19 años: “Me fui a un programa de intercambio universitario en Camerún, en áfrica central”, donde se alojó con una familia “muy consciente de su cultura y con una perspectiva panafricanista”.

“Empecé a descubrir que había una diáspora africana —aunque no tenía la terminología en aquella época— por la música y la comida, por ejemplo”, relata Walker. Más tarde, mientras estudiaba antropología en la universidad, se dio cuenta de que aquella diáspora era ignorada en su país. “Los profesores intentaron enseñarme que nosotros, africanos americanos, éramos el único grupo étnico en Estados Unidos que no tenía cultura. Obviamente, esa afirmación no me gustó, así que empecé a estudiar mi cultura y mis orígenes… Así descubrí que yo era parte de algo mucho más grande”.

Entonces Sakai estaba investigando sobre la cultura de los congos de Portobelo cuando un amigo común le presentó a Walker el primer esbozo de estas pesquisas. Allí el documentalista japonés reproducía la versión más conocida en Panamá sobre el papel de los reyes en el ritual congo: que el Rey y la Reina Congo representan a la corona española. Al leerlo, Walker se sorprendió. “Yo le dije [a Sakai] que esto no podía ser… Yo había visto congos en otros lugares de América y eso de que se burlaban de la corona española no era lógico”, explicó la antropóloga.

Marcia Rodríguez, reina congo del barrio panameño de Curundú, apoya la versión de Walker. “Es cierto”, dice sentada a una mesa en una popular cafetería de Ciudad de Panamá: “Los reyes del ritual congo representan al antiguo reinado africano”. Entonces, ¿por qué en el país se ha popularizado tanto la otra versión? “Porque a nosotros no nos escuchan. Nos ignoran”, recalca Rodríguez.

El Kongo era un reino importante de áfrica central durante los siglos de colonización y esclavitud en América. Los datos indican que existió desde el siglo XIV hasta el siglo XIX, y antes de que llegaran los europeos era un estado con una red comercial extensa, cuyos habitantes participaban en la venta de objetos de cobre, tejidos de rafia y cerámica. El idioma del reino era el kikongo, y de esas tierras salieron a la fuerza millones de seres humanos para ser esclavizados en América.

“Para mí es obvio que [los congos] representan [en sus bailes y rituales] a ese reino Kongo: un reino del que tenían referencia, y no una monarquía europea que desconocían”, insiste Walker. En sus investigaciones, Walker ha encontrado población congo en Brasil, sobre todo en los estados de Minas Gerais, São Paulo y en Río Grande do Sul. “Allí los congos se llaman congado o congada”, explica. En Pernambuco existe un baile llamado maracatú, en donde se representa a la realeza Kongo. Y también hay congos en República Dominica y Haití. En Panamá, la cultura congo está fuertemente arraigada en las zonas costeras de Colón, porque Portobelo funcionó como mercado negrero.

“El baile congo en Brasil, Haití o República Dominicana se entiende como algo africano; nadie habla de la corona española”, insiste Walker. Y resulta lógico que la cultura esté dispersa por varios países, porque fueron seis millones de personas secuestradas del antiguo reino, asegura la antropóloga.

Para Walker y Sakai, la versión diferente que se maneja en Panamá sobre los reyes congos podría explicarse en el todavía incipiente conocimiento sobre áfrica y la cultura afrodescendiente en la región, aunque Walker recalca que personas y culturas de origen africano hay en todos los países de América, “desde Chile hasta Canadá, y cada país tiene por lo menos un grupo organizado de afrodescendientes y algunos fenómenos culturales que los identifican”. De hecho, la CEPAL calcula que los afrodescendientes representan del 15,6% al 30% del total de la población; es decir, entre 80 millones y 150 millones de personas.

Sea cual fuere la razón, y con el debate ya plateado para profundizar los estudios, Portobelo se vestirá de diablos y congos otra vez, para satisfacción no solo de los estudiosos sino también de los visitantes que, en medio de los edificios y fuertes coloniales levantados por los africanos e indígenas, podrán apreciar una de las tantas manifestaciones culturales que enriquecen a América.

Cimarronaje y nombres africanos

Hubo negros cimarrones ahí donde existió la esclavitud. Entre los más conocidos está Benkos Biohó, fundador de San Basilio de Palenque, en Colombia, comunidad que por su historia y su cultura única fue declarada Patrimonio de la Humanidad.

El tema del cimarronaje en Panamá le interesó a Toshi Sakai porque se dio cuenta de que, pese a ser un territorio geográficamente pequeño en comparación con otras ciudades españolas de América, la cantidad de líderes cimarrones y palenques era considerable.

¿Cómo se explica esto? Portobelo era entonces un centro de comercio colonial estratégico en el que se vendían desde piedras preciosas hasta mano de obra esclavizada. Todo esto dio como resultado que hasta el 75% de la población en el istmo fuera africana.

Con tanto oprimido concentrado en un solo sitio, las rebeliones eran frecuentes. La antropóloga Patricia Lund Drolet citó en su libro El ritual congo del noroeste de Panamá que entre 1542 y 1582 hubo un aumento importante en el número de esclavos cimarrones y el establecimiento de palenques en el istmo. “Para el año 1553 había un estimado de 800 esclavos fugitivos, negros e indios. En 1575, la cantidad de esclavos fugitivos era similar a la de personas esclavizadas”: 2.500 cimarrones y 2.809 esclavos.

No es raro, entonces, que en Panamá existan tantos pueblos, comunidades y ríos con nombres de origen africano: Cimarrón, La Guinea, Jurutungo, Cocolí, Malambo, Conga, Mandinga, Bayano… Todos nombres de pueblos o etnias del áfrica central o líderes cimarrones.

Como recalca la antropóloga Sheila Walker, en Panamá existe una “flagrante africanidad”.