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Destino Nicaragua

Granada: una ciudad poética

La ciudad de Granada, fundada en 1524, guarda en sus calles y edificios la gloria económica y arquitectónica de su tiempo colonial. Codiciada por piratas, envuelta en guerras independentistas y víctima de incendios, esta joya nicaragüense se mantiene en pie luchando por conservar su riqueza y autenticidad.

Por Ana Teresa Benjamín
Fotos: Javier Pinzón

En el Parque Central de Granada se respira la vida. No son solo sus árboles de mango y malinches, ni la “música” de esa preciosa Fuente del Amor, ni el cielo limpio de verano o la brisa loca que agita alegrías: es que allí, en el centro de esta ciudad turística nicaragüense, todavía queda espacio para el limpiabotas y la vendedora de dulces, para la muchacha que lee sentada en cualquier banca, para el refresco de la tarde, la conversación o el descanso. Granada, aunque es destino turístico, es una ciudad habitada por gente que ríe, llora y grita, capaz de mostrar no solo la belleza del lago Cocibolca, sino el caos tremendo de su calle central y el mercado público.

El Parque Central —llamado en realidad Parque Colón, aunque ese nombre poco se utiliza— está rodeado, como cualquier plaza colonial de herencia española, por varios edificios monumentales. Está la Catedral, por ejemplo, destruida (y vuelta a construir varias veces) por las guerras e incendios sufridos en la ciudad. Están el Palacio Municipal y el Palacio de la Cultura, antiguo Club Social. La Casa Hotel La Gran Francia, valiosa porque fue reconstruida según el modelo original, que data de inicios del siglo XIX. Y también el Palacio Episcopal, construido en 1903, con los aires arquitectónicos de Nueva Orleans.

Pero la historia de la ciudad va más allá de la construcción de la Catedral (1583): Granada fue fundada en 1524 por Francisco Hernández de Córdoba, y antes de la llegada de los colonizadores estaba allí el poblado indígena de Xalteva. En el Museo Convento de San Francisco (calle Cervantes) hay una carta escrita al emperador Carlos V que se refiere a Nicaragua así: “Es la tierra muy poblada y abundosa. Hay en ella hasta 8.000 vecinos naturales e tiene muy buenos ríos y huertos y pesquerías y materiales”. En 1535, ya entrado el coloniaje, Bartolomé de las Casas escribió una carta en la que criticaba la forma como se llevaban las cosas en el territorio: “Es increíble el fruto que se ha hecho en dos meses con los indios, pero los vecinos de Granada no quieren las cosas de Dios. ¡Y quisiese el mismo Dios que las aprendiesen y obrasen como los indios! (…) Los azotan como si diesen en mármoles”.

Existe una estatua de Hernández de Córdoba al final de la calle La Calzada, un espacio peatonal que parte del Parque Central y llega hasta el malecón del lago Cocibolca. La calle adquiere su mejor rostro cuando cae la tarde y se asienta la noche, porque a todo lo largo hay cafés y restaurantes, músicos, tiendas y el espectacular edificio del Hotel Darío, con su comedor azul, sí, ¡azul!, y sus patios internos de ensueño. Los patios interiores de las casas de Granada son, en sí mismos, un recorrido turístico. Diminutos y apretados en las viviendas más pequeñas; señoriales y pomposos en las más elegantes, los patios de Granada tienen luz, jardines y fuentes.

Además del Parque Central, la calle La Calzada y el malecón, hay otros dos sitios que se deben visitar: el Museo Convento San Francisco y la torre de la Iglesia de la Merced. La Iglesia San Francisco es la más antigua de Nicaragua, y el edificio del convento, adjunto, alberga el Museo de San Francisco, con varias salas de exhibición. Allí, por ejemplo, se entera una de que los muebles de mimbre son tradicionales en Granada, así como el trabajo tejido y el bordado. Hay un espacio dedicado a la arquitectura, a las costumbres y el folclor, a la pintura primitivista y al arte popular religioso, con una colección de imágenes de vírgenes y cristos tallados en madera, en su mayoría de los siglos XVI, XVII y XVIII. La colección más importante del museo es la de ídolos precolombinos hechos en basalto negro, descubiertos en 1849 en la isla Zapatera. El museo también tiene un patio interno poblado de palmeras gigantescas, visitadas con frecuencia por bandadas de pericos. La entrada al museo cuesta cinco dólares.

El atractivo de la Iglesia de la Merced, por su parte, es su mirador. Después de superar unos cuantos escalones estrechísimos de la escalera de caracol, se alcanza finalmente el campanario de esta iglesia construida originalmente con madera y paja en 1539, para desde allí disfrutar las vistas panorámicas de la ciudad, incluyendo la torre de la Catedral y el volcán Mombacho. El costo para acceder al campanario es apenas un dólar.

Más allá de los “sitios que hay que conocer”, tal vez lo más fascinante de Granada —y de todas las ciudades y pueblos del mundo— es tener la oportunidad de recorrer sus calles. Las de Granada son estrechas y adoquinadas, con aceras accidentadas por las distintas alturas de las fachadas de las viviendas. Desviándose a la calle El Caimito, paralela a La Calzada, se encuentra una con espacios más alejados del radar turístico y, por lo mismo, más reales. En una ventana, este letrero: “Se vende leña”; en otra: “Queso y cuajadita”.

Recorrer sin rumbo fijo la ciudad tiene otra ventaja: puede una detenerse a contemplar sus colores. Los de Granada son las fachadas de sus casas, la una pintada de verde-caña, la otra de azul-añil, la de más allá de amarillo-oro, de naranja-mandarina, de rojo-bermellón… Luego están los techos de tejas, los farolillos, los ornamentos arquitectónicos, las ventanas, los diseños de los pisos y las cerámicas artesanales profusamente adornadas.

Granada es una ciudad bella. Una ciudad bella en un país de volcanes y revoluciones. Una ciudad que cada febrero se viste con un Festival de Poesía. Una ciudad para poetas que tal vez se reúnen allí, como escribió Claribel Alegría en Amor sin fin, para encontrar verdades, para que se asome el alma, para escribir con locura.