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Vistas de Panama

Fortificaciones militares estadounidenses del Istmo de Panamá

Las primeras fortificaciones militares de Panamá fueron levantadas por la Corona española durante la colonia para salvaguardar sus intereses económicos y las segundas las edificaron los estadounidenses para defender el Canal de Panamá y controlar esta valiosa posición geoestratégica.

Texto y fotos: Carlos Eduardo Gómez

Las fortificaciones militares que fueron levantas a lo largo de los siglos en Panamá son testigos mudos de cómo las grandes potencias de cada momento pretendieron proteger con diversos intereses el paso estratégico entre los océanos Pacífico y Atlántico. Las primeras fueron levantadas por la Corona española hace 420 años para salvaguardar el tránsito de los tesoros que salían y las mercancías que llegaban a sus colonias. Las segundas las edificaron los estadounidenses, hace 105 años, para defender el recién abierto Canal de Panamá y controlar la geoestratégica posición.

Las primeras, de fácil acceso, han sido analizadas, inventariadas y, algunas, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Para encontrar las segundas, que son desconocidas y poco estudiadas, es preciso hurgar en la selva. Así lo expresa Luis Alfonso Puleio, veterano explorador, conservacionista y amante de la historia, quien me acompaña en este periplo por la leyenda de las fortificaciones, que fueran construidas en secreto entre 1911 y 1917 bajo indicaciones directas del Departamento de Guerra de Washington, D.C. con el propósito de neutralizar un asalto o prevenir cualquier amenaza, en medio de la Primera Guerra Mundial. El Fuerte Amador fue planeado para defender la entrada al canal por el océano Pacífico y estuvo listo en enero de 1914. Hoy es un gran atractivo de Ciudad de Panamá.

El gran desconocido es su gemelo: el Fuerte Sherman, levantado para defender la entrada Atlántica del canal. Hoy una. Partimos temprano por la fabulosa autopista que hoy separa los dos extremos del canal y en hora y media ya divisamos las vetustas estructuras de lo que fue el fuerte de defensa militar costera más importante y moderno que hicieron los estadounidenses en el Caribe. La fortaleza —compuesta por siete baterías armadas con cañones y morteros, pista de aterrizaje, cuarteles, unidades de vivienda, zonas de recreo y más de 9.000 hectáreas de terreno— hoy luce cubierta en su mayoría por una tupida selva tropical del Parque Natural de San Lorenzo.

Al poco tiempo de pasar por la garita del área protegida, Paolo Sanfilippo Corleone, otro estudioso del sistema defensivo usado por los norteamericanos para la protección del Canal de Panamá, empuña su GPS y busca el lugar donde debemos detenernos para adentrarnos a pie, en un empinado y cerrado trillo. Después de algunos minutos en busca de estructuras militares ocultas en la selva nos topamos con tres grandes torres de concreto que funcionaban como puntos de observación y control. En sus entradas todavía aparece la numeración: 10, 11 y 12. Por una rústica escalera de hierro subo a una de las atalayas de casi catorce metros de altura, donde se encuentra el sitio de observación. Desde aquí, los soldados de la marina estadounidense, ayudados por telescopios de alta precisión, fijaban atentamente sus ojos en las aguas próximas al canal para alertar, mediante un complejo sistema cifrado de coordenadas radiotelefónicas, la presencia de elementos sospechosos. Desde aquí, según me explica Paolo, se enviaban las coordenadas a los puestos de mando y tiro, para orientar el disparo del artillero de las baterías de costa baja.

Salimos al encuentro de otro camino, un poco más amplio, donde Sanfilippo me pone a prueba: si no veo nada, es simplemente porque mis ojos no están entrenados. Saca su GPS y me señala arriba otra gran estructura, y sí… Subimos por la colina hasta alcanzar un edificio de tres pisos de concreto y camuflado. Dice que es posible que sea un edificio de comando, o estación de minas, con amplios salones de planeamiento y cuartos de generación de energía. Durante las dos guerras mundiales fue usual sembrar minas a la entrada del canal. Desde estas estructuras se recibía la información de los puestos de observación y control de tiro, para coordinar con el artillero la orden de disparo o la detonación de las minas; armas certeras en la defensa costera.

Por el mismo camino nos desplazamos para buscar la Batería Mower, una de las siete que formaban el Fuerte Sherman. La selva ha cobrado lo suyo y el camino se hace difícil. Finalmente, oculta en medio del bosque, aparece una construcción que llama la atención por su diseño de terrazas conectadas por escaleras, tan característico de las pirámides mayas. Son verdaderas fortalezas de enormes y gruesas paredes de concreto armado, cuyo diseño evidencia la utilización perfecta de la geografía del terreno. En su interior había un mundo completo, pues estaban dotadas de facilidades para el alojamiento de las tropas, con disponibilidad de agua potable, letrinas, salones de planeamiento, oficinas para los oficiales, depósitos de pólvora para la preparación de los proyectiles, cuartos de munición con capacidad de alojar 142 voluminosas granadas, mesa para proyectiles, salón de comunicaciones y control de tiro con líneas alámbricas, además de poderosas plantas eléctricas para generar luz, prender los abanicos de ventilación, alimentar las estaciones de radio y los motores para mover la carga pesada, en especial las municiones de abastecimiento del cañón de catorce pulgadas que allí operaba. Esta gigante mole de concreto fue terminada de construir en 1916 en medio de la Primera Guerra Mundial.

Pasamos luego a la Batería Stanley, construida en la misma época de forma muy similar. Puleio explica que, con el objetivo de defender la ruta de posibles ataques, aquí se dispuso de la más sofisticada artillería del momento: cañones de 12, 14 y 16 pulgadas capaces de lanzar proyectiles de media tonelada a más de 22 kilómetros de distancia; los mismos que eran usados en otras coordenadas para defender las costas y enfrentar los grandes acorazados durante la gran guerra.

Sin descanso salimos por un camino bloqueado por troncos de árboles caídos a causa de un vendaval con lluvias. Nuestro objetivo ahora son las baterías Baird y Howard, más amplias que Stanley y protegidas por una muralla de concreto con sus debidas troneras. En el interior, soldados de infantería custodiaban tiempo completo para evitar ataques sorpresivos por tierra. Se pueden apreciar las antiguas líneas de un ferrocarril dispuestas para abastecer de municiones a cuatro morteros. Sanfilippo me informa que el disparo de mortero es parabólico, mientras que el de cañón es rectilíneo.

El camino es más largo para llegar a la Batería Mackenzie. Dotada de morteros y cañones de doce pulgadas, permitía girar el armamento 360 grados. Tras terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1948 las fuerzas especiales la utilizaron como centro de entrenamiento militar en la selva y adiestramiento de las fuerzas aliadas en América Latina. Quedan aún las baterías Kilpatrick y Pratt. La primera está ubicada en predios del Servicio Nacional de Fronteras y la segunda, en muy buenas condiciones, fue dada en concesión a una empresa de telecomunicaciones.

Terminamos nuestro recorrido a ocho kilómetros del Castillo de San Lorenzo, fortaleza militar levantada durante la colonia española en 1575, en lo alto de un acantilado para defender la entrada atlántica de la ruta transístmica. Atacado por piratas en 1671 y 1740 y reconstruido varias veces, el castillo fue incluido en 1908 en la primera lista de monumentos históricos de Panamá. Sin embargo, en 1911, cuando fueron establecidos los límites del Fuerte Sherman, fue reciclado por la armada estadounidense para la instalación de cañones antiaéreos de tres pulgadas. En 1980 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El Fuerte Sherman fue uno de los cuatro construidos por el gobierno de Estados Unidos para la defensa de la ruta en el Caribe. En el Pacífico hubo otro complejo de defensas. El Fuerte Grant, por ejemplo, tenía las baterías en Naos, Culebra, Perico y Flamenco, un conjunto de islas unidas al continente por una calzada rompeolas, construida con el material extraído en la construcción del canal.

Convertida hoy en un escenario maravilloso con muelle para yates, restaurantes y compras libres de impuestos, resulta increíble que la isla Flamenco hubiera sido la más fortificada, ya que se calculaba que, en caso de guerra, sus cañones serían los primeros en entrar en combate. Aquí se construyeron cuatro baterías: Prince, Carr, Warren y Merrit, aprovechando las características del terreno, en especial su disposición topográfica. Entramos por un túnel de 93,75 metros, tenuemente iluminado, que comunica con toda una red de túneles reforzados con acero y hormigón. Al fondo encontramos lo que fue un ascensor que permitiría brindar con celeridad los suministros, en especial pólvora y balas de cañón para la Batería Warren. Las baterías de morteros estaban en la base de la colina.

Como militar en retiro, Puleio me informa que la organización de una batería de artillería (un cañón o mortero) estaba compuesta por 150 soldados, incluidos sus oficiales, con todo el equipo de logística, comunicación, mantenimiento, pelotón de fuego, artilleros, sanidad y seguridad. Las instalaciones subterráneas disponían de luz, agua, dormitorios, servicios médicos, plantas eléctricas, depósitos de municiones, puestos de observación dotados de grandes reflectores para el combate nocturno, líneas de comunicación, rieles para el movimiento del cañón de un sitio a otro y trenes para suministros logísticos.

El proceso de construcción de las defensas comenzó justo al final de la fastuosa inauguración del canal y el pretexto fue la Primera Guerra Mundial, que estalló 18 días antes: el 28 de julio de 1914. Con la presencia norteamericana, Panamá se convirtió en un posible objetivo de guerra y el canal pasó a ser un símbolo del poderío técnico, industrial, político y militar de aquella potencia.

No sabemos si hubiese resultado igual si esta obra hubiera sido realizada por ingenieros civiles. Pero sucedió que, ante la renuncia del ingeniero John Stevens, el presidente Roosevelt decidió nombrar al teniente coronel George Goethals como nuevo ingeniero jefe de la obra. Al fin y al cabo, dijo, los militares no dan excusas. Y fue esa decisión la que dio inicio a la militarización del istmo, que se mantuvo hasta el 31 de diciembre de 1999, cuando el canal fue devuelto en su totalidad a manos panameñas. Mimetizadas entre la selva, hoy las ruinas de este complejo sistema dan testimonio de su inutilidad, pues hasta aquí jamás llegaron los vientos de guerra y Panamá cumplió, finalmente, con el propósito con el cual surgió como nación “Pro Mundi Beneficio”, según reza su escudo.

Mayor información en: paolosanfilippo@yahoo.com

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