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Destino Chile

Torres del Paine: Los Colores de la Patagonia

Las famosas Torres del Paine, formaciones de granito que le dan nombre al Parque Nacional más importante de Chile, se alzan a más de tres mil metros de altura, presidiendo una serie de paisajes: un espejismo que concentra montañas, cascadas, glaciares, bosques de lengas y lagos de deshielo.

Por  Camil Frois
Fotos : Tom Alves

Con cada estación, la Patagonia chilena ofrece un espectáculo cromático diferente, que varía entre valles de un blanco infinito, bosques anaranjados o lagunas turquesas pintadas por el sol poniente a las diez de la noche.

Las famosas Torres del Paine, formaciones de granito que le dan nombre al Parque Nacional más importante de Chile y que se alzan a más de tres mil metros de altura, son las protagonistas de esta serie de paisajes: un espejismo que reúne montañas, cascadas, glaciares, bosques de lengas y lagos de deshielo.

Ya entrar a la exuberante región de Magallanes, hogar de la zona protegida, a más de dos mil kilómetros al sur de Santiago, anuncia experiencias poco comunes. La manera más sencilla de llegar allí es desembarcar en Punta Arenas, de donde es posible hacer un traslado de 250 kilómetros hasta Puerto Natales, última ciudad antes de despedirse de la civilización propiamente dicha rumbo al Parque. Ya en camino, el viaje es silencioso: se hace buena parte del recorrido sin encontrar un alma, acompañados apenas de cóndores que sobrevuelan las cordilleras o de rebaños de ovejas.

Los exploradores y turistas tienen varias posibilidades para alojarse aquí, desde hoteles muy elegantes ―uno de ellos al pie de las Torres, otro suspendido en un lago― para quien quiera vivir días muy acogedores y de relajación cerca de una chimenea y con la vista circundante, que abarca unas 240.000 hectáreas de naturaleza; hasta una red de refugios de montaña y zonas de campamento a lo largo de los senderos que ofrece el parque. Hay dos recorridos: el W (cuatro días de caminata) y el O (que da la vuelta completa al parque, en ocho días). Ambas opciones pueden culminar con un vino, que calienta la noche y relaja el cuerpo, después de haberlo medido con las trochas que avanzan entre las montañas, a tres mil metros de altura, o en las expediciones en lancha o a caballo.

La fascinación que su naturaleza salvaje ejerce sobre personas de todo el mundo no es reciente. Contada entre las regiones más aisladas del planeta, la Patagonia empieza al sur de Buenos Aires y se extiende hasta Tierra del Fuego, el famoso fin del mundo. Dentro de sus límites, los picos nevados de los Andes cortan el horizonte, los glaciares se desmoronan diariamente y el Pacífico se adentra, a través de los fiordos, entre bosques que emocionan a los marinos. A pesar de que cada estación tiene su encanto, la época más inspiradora para disfrutar las bellas experiencias propuestas para el aire libre es el verano, cuando las temperaturas son más amenas y los días, más largos.

Rústica y encantadora

Hoy, además de recibir caminantes y excursionistas muy dispuestos, Torres del Paine atrae a quien quiere celebrar la vida al aire libre con estilo y comodidad. Todas las actividades giran en torno de las cadenas montañosas y a los lagos como Sarmiento, Pehoé, Nordenskjöld y Grey ―este último al extremo suroeste de la zona―, que son algunos de los atractivos más visitados. Al otro lado están las imponentes torres de granito que dan nombre al parque. Además de las trochas, las actividades al aire libre incluyen paseos en carro, navegar hasta los pies del glaciar Grey, además de clases de cabalgata, paseos en kayak y pesca deportiva. Si la expedición es corta, siempre se puede volver a tiempo para celebrar los placeres de una abundante mesa de parrillas y asados,  regada con el mejor vino. En el tiempo libre aún existe la posibilidad de pedir un masaje en un cobertizo rodeado de vegetación nativa, cosechar frutas del pomar del hotel o no hacer absolutamente nada al frente de una chimenea.

Las Torres

Aunque está entre las opciones más fáciles, la trocha hasta las Torres del Paine exige algo de esfuerzo, lo que implica cerca de ocho horas de recorrido entre ida y vuelta. Reserve botas y bastón para caminata, chaqueta cortaviento, capa impermeable, gafas de sol y buena disposición.

El día que dedicamos a la crème de la crème del parque, la naturaleza patagónica nos mostró todos los obstáculos que puede poner al senderista. Salimos del hotel con cerca de 6 °C, celebramos que el sol calentó los bosques de lenga en el camino, sentimos la fuerza de los vientos de hasta ochenta kilómetros por hora, enfrentamos una lluvia repentina y llegamos triunfantes a las Torres, acariciados por pequeños copos de nieve.

El primer trecho de la caminata, entre el río Ascencio y el cerro Almirante Nieto es plano y se puede hacer a caballo. A la mitad del recorrido ganamos el derecho a un relajante descanso en el Refugio Chileno, que incluye un mate sencillo, caliente y fuerte, para combatir el hostil frío. Los senderistas comparten las mesas de madera con otros viajeros, reconfortándose con una bebida caliente y algún tiempo de charla. A pesar del simpático ambiente, no podemos esperar para alcanzar las Torres y por eso volvemos rápido a la trocha. La segunda parte del itinerario es necesariamente a pie, por un trecho más escarpado de cinco kilómetros (solo de ida). Muy a mi pesar, veía cómo los caminantes europeos de la tercera edad pasaban por mi lado a todo vapor, mientras yo, casi sin aliento, pedía pausas al guía so pretexto de tomar unas fotos. Felizmente nadie se percató de la estrategia, a no ser algunos turistas que se volvían con palabras de ánimo. “¡La vista vale mucho la pena: falta poco!”

Tenían razón. Cuando finalmente vi de frente aquellas piedras enigmáticas, entendí la magia que el lugar ejerce. El cielo despejado iluminaba las montañas tras un lago insistentemente verde. Después de decenas de clics, nos acostamos a la orilla del agua para intentar analizar la escena. Es como si una ciudad de granito con rascacielos de hasta tres mil metros de altura hubiese sido caprichosamente puesta en aquel lugar, para permanecer por siempre, sola e imponente. Eso, de hecho, fue más o menos lo que sucedió. Las rocas graníticas se irguieron por grietas tectónicas, mientras las rocas sedimentarias, menos resistentes, sufrieron la acción de idas y vueltas de glaciares y vientos fuertísimos, generando una cadena de picos independiente de los Andes. La composición, un tanto excéntrica, convirtió a este parque chileno en uno de los más famosos del mundo.

Entre lagos y glaciares

Al día siguiente, hay quienes renuncian a las caminatas largas o se dedican a senderos más sencillos como el de Salto Grande, una cascada que cae con fuerza en el lago Pehoé. Los lagos también son imperdibles: el viento azota las aguas produciendo chisguetes que bailan un fascinante ballet. El espectáculo es perfecto para apreciarlo en un tranquilo picnic en la orilla, cuando la programación sea menos intensa.

Otro paseo obligatorio es a las galerías Gray, al otro lado del Parque. En el camino es posible conocer otros lagos, estepas y bosques andinos, habitados por guanacos, zorros, cóndores y venados. Ya en el lago Gray navegamos en un catamarán hasta el glaciar homónimo. Fue la primera vez que estuve tan cerca de un glaciar y observé que se habían desprendido varios bloques pequeños de hielo. El estruendo es emocionante y evidencia cuán intensa y salvaje sigue siendo la vida en la Patagonia, cuyos paisajes son desafiados por las tercas excursiones turísticas.