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Reportaje

Flora Fong: de Cuba a China y de vuelta

Perteneciente a la primera generación de artistas plásticos cubanos forjados en la isla luego de la revolución de 1959, Flora Fong evolucionó en uno de los momentos más interesantes del arte en la mayor de las Antillas. Su propuesta concilia la intensa energía del entorno tropical que la vio nacer con conceptos filosóficos heredados de sus ancestros chinos.

Por Juan Abelardo Carles Rosas
Fotos: Cristian Pinzón

Para llegar al estudio de Flora Fong, en el barrio habanero de Playa, hay que recorrer un sendero de ladrillos rojos, que atraviesa un patio lleno de plantas voluptuosas y coloridas, presidido por dos árboles gigantescos: uno de mango y otro de aguacate. El mar, aunque no se ve, se siente en el regusto de sal que lleva la brisa. Solo diez minutos han bastado para entender que la musa que inspira a Flora es omnipresente y que, más que insinuarse, se impone con la fuerza de los huracanes que azotan a la isla y que en su obra se revelan en los palmerales agitados que siempre figuran en sus pinturas.

Lienzos medio conquistados por el color nos rodean, mientras iniciamos la conversación, lubricada por jarradas de jugo de mangos cosechados del mismo árbol que contemplamos. “Aún no es temporada de cosechar los aguacates”, nos aclara mientras hablamos sobre sucesos recientes: se le ha obsequiado una réplica del machete del generalísimo Máximo Gómez, otorgado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, y se ha publicado un disco multimedia completísimo, que reúne biografía, críticas, obra catalogada y múltiples referencias a su vida y obra.

¿Estamos contemplando los honores debidos a quien concluye su carrera y sus aportes a la plástica? Nada más alejado de la realidad, según la artista. “A mí eso no me asusta. En el arte, mientras tenga salud y pueda seguir pintando, sigo haciendo mis obras porque creo en mí misma y en mis posibilidades. Hay momentos de reconocimiento que son importantes y que uno necesita, porque trabaja para un público, para los amantes del arte. Es bien bonito saber que la gente realmente se identifica con uno”.

Flora pertenece a las primeras generaciones de artistas formados siguiendo las aspiraciones y dianas de la revolución cubana de 1959. Junto a ella, surgieron otros notables creadores plásticos cubanos, como Nelson Domínguez (padre de sus hijos, Li y Liang), Ernesto García Peña, Pedro Pablo Oliva, Eduardo Roca y Roberto Fabelo, entre otros, que han abierto trocha y levantado sitial en el mundo para las artes de la isla. Nacida una década antes, en Camagüey, ingresó en su Escuela Provincial de Artes Plásticas, donde inició su formación. Prosiguió en la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán, en La Habana, de donde egresó en 1970.

Ella no pinta sola. Entre los lienzos y caballetes sobresalen como guardianes silentes de su creadora varias esculturas de bronce y otros materiales. La artista inició esta faceta en 2008, basándose en una serie de bocetos de papalotes chinos hechos entre 1980 y 1990 de acuerdo con recuerdos de su padre, oriundo de Cantón, y otros patriarcas de la comunidad china en la isla. Las cometas semejaban cajas, lo cual sentó las características de su trabajo escultórico. “Los bocetos los hacía con cajas de zapatos y dentro incorporaba todos los elementos que siempre habían formado parte de mi imaginario creativo”.

La crítica de arte cubana Yolanda Wood advertiría, en su momento, que las esculturas de Fong tenían una particularidad: la tradicional volumetría de otros escultores no estaba allí. Sucedía exactamente al revés, insinuándose en el espacio vacío contenido dentro del papalote de bronce. Los afanes creativos de Flora no solo se han desbordado de la pintura hacia la escultura, sino también a otros campos, como cerámica, vitral, tapiz y cometa tradicional china.

Al principio de su búsqueda creativa, Flora se reencontró con elementos filosóficos y estéticos de sus ancestros chinos. “Hay conceptos de espiritualidad en la cultura china que he utilizado para enriquecer mi trabajo. Por ejemplo, los peces simbolizan mucha energía, por eso creé la serie Peceras tropicales. Por otro lado, la numerología en China es muy importante: el 8 significa prosperidad y el 9, longevidad. Si yo coloco ocho peces rojos en una obra y agrego un noveno pez en otro color y nadando en dirección contraria, esto va dotando a la pintura de nuevos significados y balances. Me gusta que mis cuadros integren varias sublecturas”.

Los múltiples niveles de lectura también suponen un ejercicio constante de integración. Flora se nutre de la riquísima y vibrante naturaleza de la isla, pero la lleva al lienzo o la forja tamizada en alguna medida, y siguiendo preceptos filosóficos orientales. “El girasol, por ejemplo, es una flor que me gusta incluir en mis obras por su color, belleza y el simbolismo oculto en su movimiento en busca de la luz solar. Desde el punto de vista técnico, me permite moverme entre el método de pintura europeo y el asiático, pues puedo insinuar pictogramas chinos en las formas del tallo de la flor”.

Algo que sí es eminentemente cubano en su propuesta es la alusión constante al carácter insular de la cultura cubana. “Yo he pintado siempre en Cuba, pero siendo una isla del Caribe, lógicamente estoy sensibilizada con escenas y sucesos como el horizonte interminable del mar, con la furia de los ciclones tropicales, con el sol radiante y con la rapidez con la que podemos transitar entre cada una de estas condiciones. En estos aspectos, he sido siempre muy cubana, incluso incorporando elementos chinos a mi obra”.

El resultado es un discurso gráfico cargado de color, energía y punteado por los elementos más característicos del ser cubano: los horizontes infinitos del mar, las palmeras ondeadas por la brisa o azotadas por el ciclón, las hojas voluptuosas de plátano, el sol, tan intenso y dorado como las plumas de los gallos y los girasoles que frecuentemente protagonizan sus cuadros. Una celebración exuberante de vida, a la que los conceptos chinos de balance aportan una especie de codificación sincrética inaudita hasta la llegada de Flora.

Actualmente, la artista cubana se encuentra en una fase de introspección, de revisión de los elementos incorporados a su propuesta a lo largo de todos estos años. “Uno tiene que mirar atrás y ver qué está quedando por hacer, a qué otro terreno de exploración puede llegar. Una de las motivaciones principales para mí es la vivencia espiritual. Por ejemplo, cuando Fidel se enfermó por primera vez, pinté un cuadro donde él está sentado, Martí viene a su encuentro y entre ellos hay un papalote. Lo titulé Encuentro espiritual y de alguna manera reflejaba mi aproximación al complejo momento histórico que vivíamos. Es lo que hago como artista: plantearme la situación y protegerme con mi espiritualidad. Es lo único que me permite seguir pintando y mantenerme con los pies puestos en tierra y en contacto con tanto ser humano que piensa como yo. Así soy feliz”.

Y mientras la pintora se aventura, feliz, en la búsqueda de terrenos pictóricos por conquistar, una nueva generación de artistas plásticos cubanos hacen de este su momento estelar. La isla se abre, tras años de tensión geopolítica, y los creadores plásticos cubanos avizoran nuevos horizontes para explorar. Muchos de ellos, sin embargo, hendirán la senda abierta por artistas como Flora Fong que, de Cuba, fue a China y volvió.