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Destino Argentina

En los cerros de colores: Purmamarca

A 1.576 kilómetros de Buenos Aires, en la provincia de Jujuy, yace entre montañas un verdadero arcoíris terrestre: la Quebrada de Purmamarca.

Por Julia Henríquez
Fotos: Julia Henríquez

La leyenda dice que si uno descubre el final del arcoíris hallará una olla repleta de oro para poder vivir muchas vidas sin preocupaciones económicas; pero como el oro no me interesa, caminé en dirección contraria, en busca del lugar en donde nace, y lo encontré: a 1.576 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en la provincia de Jujuy, yace plácido sobre los cerros de la Quebrada de Purmamarca.

El panorama abarca montañas enormes que demarcan el surco del Río Grande. Aparentemente desnudas, dejan entrever sus abruptas formas, sus picos irregulares, sus quebradas y ariscas jorobas; pero visten coquetos ponchos tejidos de arenisca: rojos, naranjas, violetas y amarillos. Y entre todos ellos destaca el más llamativo, con su poncho de siete colores que se intercalan en franjas horizontales, estableciendo así su relación estrecha con el aroiris.

Abajo, en el valle rodeado por estas desoladas montañas, casi mimetizadas con el imponente paisaje que las rodea, se alzan las paredes de adobe del pueblo homónimo de Purmamarca. Su nombre en lengua aimara significa “desierto” (purma) y “ciudad” (marca); pero en esta cultura el “desierto” también es aquello “no tocado por la mano humana”, así que Purmamarca sería “ciudad en tierra virgen”.

Desolada diría yo, si juzgara por la primera imagen que me brindó la ciudad. Y es que aquí el tiempo se detiene después del almuerzo para dormir la siesta y fue a esa hora que llegamos, envueltos en nuestros torbellinos de cosas, con la velocidad de la ciudad, y con hambre. Pronto notamos que era imperativo dejar de lado teléfonos celulares, portátiles, tabletas y todo vestigio de tecnología, para permitir que la magia del lugar hiciera lo suyo: transformarnos lentamente. Así pues, bajamos no uno sino dos cambios, y nos dedicamos a vagabundear por estas calles invadidas por el sopor del silencio. El sol irradiaba un calor agobiante y el paisaje se desdibujaba, como ocurre en las películas cuando el héroe se pierde en el desierto. Todos los almacenes estaban cerrados y destacaban los carteles de: “Vuelva más tarde”. Las persianas bien cerradas de los restaurantes eran un mal augurio para el apetito.

Buen momento para observar las rústicas fachadas, construidas en adobe en el siglo XVII y, sin embargo, aun perfectas. Nos detuvimos frente a la iglesia de 1648 que, por su belleza simple, fue declarada Monumento Histórico Nacional; detallamos el algarrobo, también histórico, donde se dice, descansó el general Belgrano durante su aguerrida campaña contra la Corona española. Y encontramos, altivo, exactamente atrás de la iglesia, la razón de nuestra visita: el cerro de los siete colores en todo su esplendor, al que subiríamos al día siguiente.

Finalmente vimos un restaurantito con las persianas medio abiertas, en cuyo interior se percibían señales de vida. Allí nos rescataron unas ricas empanadas de llama. Sí, aquí la carne de llama es más común que la de vaca: hay estofado, empanadas, cazuelas, milanesas… todo con carne de llama, y aunque algunos no se atreven a probar su sabor, debido al cariño y la simpatía que sienten por el animal, el hambre de aquel día me permitió disfrutar mi comida con naturalidad.

Contagiados de la rutina del lugar y tratando de protegernos del sol, volvimos a nuestro campamento y nos sentamos a la sombra de un árbol a esperar que el mundo despertara. Hay destinos y paisajes que te envuelven en su rutina de quietud y esto hace parte de su encanto. Y sí, poco a poco el mundo cobró vida nuevamente, algunos salieron de sus carpas con el termo bajo el brazo y el mate en la mano, y comenzó entonces la ronda de intercambio de información.

Nos enteramos de que, geográficamente, una “quebrada” es un paso estrecho entre montañas que bajan abruptas hacia un valle, tal como la que estamos viendo (y así se conocen también en Chile y Bolivia). En la de Purmamarca hay otros rústicos pueblos coloniales de adobe que guardan esta sutil armonía con los paisajes que la circundan, lo cual resulta ser un verdadero deleite para la vista. No en vano, la Unesco declaró esta zona Patrimonio de la Humanidad en 2003.

Esta es una región donde se conservan las costumbres de los pueblos ancestrales de Argentina; por eso es tan valioso el mercado artesanal, que cada mañana se alza en diversos puestos callejeros. Nos contaron también que al otro de la quebrada, donde comienza la puna, se hallan las Salinas Grandes: un verdadero desierto blanco. Y que la de Purmamarca se cruza con otra quebrada: Humahuaca, también caracterizada por sus bellos paisajes y arraigada tradición indígena, en donde se destaca la fortaleza prehispánica Pucará de Tilcara. Nos contaron además que es posible realizar caminatas y paseos a caballo. Intercambiando paisajes y recomendando actividades, el sol fue cayendo lentamente y la noche se abrió ante nosotros con todo su esplendor de estrellas y constelaciones visibles con claridad.

Al amanecer, salimos de la carpa a enfrentarnos a un cielo azul espectacular y un clima tibio, que nos incitaba a caminar entre los colores del cerro. La curiosa distribución cromática de esta montaña, que atrae a miles de turistas, se debe a su compleja historia geológica, pues los sedimentos marinos, lacustres y fluviales fueron elevados por los movimientos de la tierra a lo largo de los siglos, decorando la vista que hoy se aprecia desde cualquier ventana y deja que los sueños de la siesta se llenen de acuarelas.

Al azul intenso del cielo se le fueron sumando los distintos tonos de morado, verde casi celeste o terracota de la tierra, y nos dedicamos solo a disfrutar de la explosión de colores. Desde la altura, los cardones parecían vigilar nuestros pasos y así fue como nos perdimos entre tanta belleza. No sabemos cómo ocurrió, pero en algún momento dejamos el camino señalado y nos encontramos entre ramas y piedras gigantes sin saber para dónde ir y sin poder volver. Lo tomamos con calma, nos reímos del hecho y seguimos caminando sin rumbo entre los colores de este arcoíris de montañas y piedras, que nos asombraba con tonos nuevos a cada instante, cuando de la nada salió a nuestro encuentro un perro grande, que no parecía tan perdido como nosotros, y decidimos seguirlo.

El animal caminaba adelante y si por alguna razón nos demorábamos para tomar una foto o simplemente disfrutar del paisaje, él nos esperaba sentado o nos venía a buscar si el tiempo de espera ya era mucho. Al rato, la espesura empezó a ceder y algo parecido a un camino se vislumbró en el horizonte. Cuando ya nos ubicamos en la senda correcta y sabíamos por dónde seguir, nuestro nuevo amigo nos despidió con un ladrido y se fue corriendo tras otro grupo de visitantes. Nosotros seguimos caminando en medio de este increíble paisaje surrealista, escalando cerros para conseguir hermosas vistas del pueblo desde la altura. Desde allí ubicamos los lugares que conocimos y nos recostamos en la tierra a disfrutar del silencio que nos regalaba la naturaleza. Cuando el sol del mediodía empezó a calentar emprendimos la retirada. Caminando por la calle vimos a nuestro amigo canino sentado a la puerta de un almacén y así nos enteramos, por sus dueños, que todos los días al salir el sol este insólito admirador del lugar sale a hacer el paseo que hacemos todos los visitantes y disfruta las mañanas rodeado de gente nueva, enseñándoles el lugar.

Esa era nuestra última noche allí. Como despedida, fuimos a cenar a un pequeño lugar que ofrecía música y baile, disfrutamos la comida, bailamos chacarera y otras danzas folclóricas. Mientras los duendes del norte argentino (que, según la leyenda, salen a jugar entre las montañas al escuchar la música de tambores norteños) bailaban sin dejarse ver, nosotros nos asombramos con algunos instrumentos autóctonos como el típico charango y el erke. Fue toda una ceremonia gastronómica y musical en donde el vino fluyó incluso para la Pachamama, en agradecimiento por una velada que se confundía entre mitos y realidades. Luego, casi al alba, cuando la fiesta terminó, fuimos por nuestras cosas, desarmamos el campamento en silencio, admiramos este increíble arcoíris terrenal por última vez y nos fuimos con el amargo sabor a “poco” en nuestras mentes: poco tiempo para tanta belleza.