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Personajes

El viaje de Susana

Susana Baca, la cantante peruana color de azabache y pies descalzos, danza sobre el escenario a miles de kilómetros de su tierra o camina por su país en busca de las huellas que dejaron sus ancestros.

Por  Marcela Gómez
Fotos: Demian Colman

Partir del punto A al punto B. Casi siempre un viaje es un cambio de lugar físico. Y casi siempre busca un destino determinado, con las sabrosas excepciones que nos brindan las distracciones que nos pueda regalar el camino. Emprender un viaje en el tiempo es algo mucho menos usual, es apenas una fantasía posible en el universo de la imaginación. Y con mayor razón si lo que se pretende es viajar al pasado con el fin de encontrar los hilos que tejieron tu presente y, desde las oscuras cavernas del pretérito, están tejiendo tu futuro.

Pero para algunos ese viaje también es posible. Hoy vemos a Susana Baca, la cantante de pies descalzos, la diva peruana color de azabache, dentro de su manta azul danzando sobre el escenario a miles de kilómetros de su tierra, y es posible imaginarla caminando por su país en busca de las huellas que dejaron sus ancestros y que permanecen vivas y orgullosas haciendo parte de la cultura del Perú.

Susana Baca, la misma que fuera rechazada por un grupo de danza en su infancia y cuyo colegio le impidió gozar de una beca ganada en franca lid para asistir al Conservatorio Nacional de Música. Todo a causa de su color. Chabuca Granda lo había dicho antes: Será Susana la que dé a conocer Perú al mundo. Y sí, apenas unos años después, en un período de depresión, cuando su país no se destacaba en nada, trajo no uno sino dos premios Grammy Latino y fue recibida con las más altas condecoraciones que puedan entregarse en Perú.

Su melodiosa voz resuena en las inmensas islas de Atlapa, en Panamá, durante un fastuoso evento en honor a la etnia negra que organizó la Alcaldía de Panamá bajo el nombre áfrica en América. Se escuchan los tambores y los bongós mientras ella parece flotar en medio de un juego de luces. Su voz es sedosa, su paso suave, su movimiento rítmico. Pareciera más bien un ángel negro, una paloma de ébano.

Se ve tan débil, tan delicada. Es difícil imaginarla en los ajetreos de una carretera, empeñada en una expedición casi arqueológica. Se propuso buscar en el Perú de hoy la presencia viva del afroperuano en la cultura popular que comparte todo el país. El resultado quedó plasmado en el libro El amargo camino de la caña dulce, que pretende reconstruir el mapa posible de la presencia africana en Perú.

Ricardo Pereira, su esposo, productor y compañero de aventura, lo explica. “Cuando eres blanco conoces tu origen. También si eres negro, en áfrica. Y pese a los profundos vacíos que generó la violenta conquista europea, incluso el indígena americano puede recuperar su origen. Pero para el africano traído a América esclavizado, los hilos que lo comunicaban con su pasado, su árbol genealógico, sus tradiciones ancestrales, se rompieron para siempre en los barcos negreros”.

La pregunta que motivó a la pareja, por ello, es simple: ¿qué fue de aquella gente que después de ese largo recorrido quedó varada en otro continente? ¿Cómo sobreviven sus descendientes? ¿Qué tienen en común, qué conservan de lo que trajeron sus abuelos y, lo más importante, han logrado que el peruano actual, de cualquier color o clase social, sienta alguno de sus rasgos culturales como algo propio?

La idea del libro surgió hace 25 años, cuando propusieron a la Comisión del Quinto Centenario del Descubrimiento hacer un mapa de la africanidad en Perú, que implicaba buscar dónde estaban los asentamientos negros y darles visibilidad, mientras divulgaban toda la información disponible en las bibliotecas producida por investigadores académicos muy especializados.

“Nos necesitábamos el uno al otro para entablar el diálogo. Yo, desde mi esquina racionalista, de sociólogo, y Susana, desde la esquina de la emoción. Yo no busco respuestas académicas, busco la cotidianidad, y Susana es el puente hacia esa cotidianidad”, explica Pereira. De ese primer trabajo surgió su primer libro: Del fuego y el agua (1992).

En veinticinco años surgieron nuevas preguntas. Las estadísticas poblacionales del Perú sólo marcaban un 2% de población negra. “Acaso ¿nos estábamos despintando? ¿Vamos a desaparecer como minoría? ¿Qué elementos culturales permitirán que la negritud siga existiendo en el conjunto de la cultura peruana?”. Y con esas preguntas niciaron su viaje. Hicieron en total 6.000 kilómetros desde la frontera con Ecuador hasta la frontera con Chile. Pueblo a pueblo identificaron familias con nombre y apellido, oficios, aficiones, gustos, amores.

El relato es sencillo y a la vez fascinante. Susana luce sus mantas en medio de los camiones de caña y el relator nos cuenta que la ruta está llena de caletas y puertos, de catedrales y capillas, de restaurantes minúsculos de oferta sabrosa y de melancólicas casonas republicanas.

Los rastros de las sucesivas oleadas de inmigrantes (europeos, pueblos esclavizados, nuevos patronos) se hacen visibles en el paisaje, la arquitectura urbana, los rostros de hombres y mujeres de todas las edades, los decires, los sabores y la sabiduría para expresar la vida, con sus goces y desafíos.

Encuentran que las comunidades negras, tanto del sur como del norte, estuvieron vinculadas a la producción de caña de azúcar. Incluso Tumán está hoy sobre el territorio de una hacienda que fue capital del azúcar y es habitada por afro-descendientes, que luego de cuatro siglos forjaron una identidad de trabajo, lucha y fiesta.

Es un retrato humanista, una mirada amorosa que busca en la cotidianidad ese rastro africano perdido en el tiempo. Ya no es la piel, ya no es la condición social; es la herencia cultural convertida en música, platillos, artesanías…

“Nadie escoge el color con el que nace”, dice Pereira “Pero detrás de cada uno hay una importante multitud de padres, abuelos y bisabuelos que portan su experiencia social de prestigio o desdén, de lucha con expectativas o de resistencia terca y pasión por sobrevivir a pesar de las circunstancias”. Según él, cuando hay un contexto racial homogéneo, la negritud cuenta con una sensación de pertenencia. En cambio, cuando hay diversidad racial, ser negro puede resultar una experiencia dolorosa: ¿Me parezco a los más apreciados o a los menos? ¿A los que hacen lo que quieren o a los que deben hacer lo que se les ordena?

Y si esto es difícil, es mucho peor cuando hay diversidad racial con racismo, “donde la diferencia señala inferioridad, límite en las capacidades, parentesco con lo lumpen, lo que está al borde de lo ilegal”. Aquel lugar social donde la decencia es tan escasa que debe remarcarse: “Es una familia negra, pero decente”.

Mientras tanto, Susana añade: “No hubo un negro que quisiera ser negro hasta el año 70”. A partir de esa época hay una toma de conciencia, y en América Latina comienza una lucha por la reivindicación con una rebeldía implícita, fuerte, contestataria. Entonces el negro ahora quiere ser negro, ya no quiere ser moreno. “A mí, llámame negro”.

Esos movimientos empiezan en sectores urbanos, dentro de ciertas élites, clase media citadina con acceso a la universidad. “Yo tomo conciencia cuando termino mi universidad y me rodea gente mayor. ¿Has leído tal libro? ¿Has visto tal película? y entonces descubro por qué mi colegio decidió darle la beca a otra niña… ¡Ah, es que soy negra! Eso fue racismo simple”.

“Pero la negritud no es sólo vivencia de lo actual, con sus vicisitudes, sus claroscuros y su carga semi-legitimada de ofensas cariñosas”, dice Pereira. Ese río de sangre negra que atraviesa el tiempo y los continentes ha preñado las culturas en donde fueron esclavizados, ha enriquecido las identidades nacionales de las tres Américas y lucha por una alternativa original de desarrollo en áfrica.

Ambos insisten en que hay una negritud en pie, consciente de su valor y exigiendo el reconocimiento global del legado de los afro-descendientes, sus derechos cívicos, económicos, políticos y culturales, afirmando una identidad orgullosa y creativa, como lo manifiestan las consignas: “Negro es bello, black is good, black is hot y noire est douce”.

¿Qué concluye Susana luego de su largo recorrido? Que áfrica nos devolvió la crueldad con arte. Contaminó con su color a la población, con su ritmo a la música, con su sabor a la gastronomía. Que áfrica sobrevivió, permaneció y vive en cada una de las manifestaciones culturales que hacen al Perú actual y a toda América aunque todavía falta crear una voluntad política para castigar el racismo, cultivar en la cotidianidad la tolerancia y acercar al prójimo para abrazarlo en lugar de rechazarlo. Es un tema de educación.

La nueva misión de Susana es organizar el Museo de la Etnia Negra, 130 kilómetros al sur de Lima, en el lugar donde su bisabuela fue esclavizada. “Y la idea no es colgar allí ignominia, cadenas o dolor. Un joven ve eso y odia o se odia a sí mismo. Tenemos que encontrar los puntos que permitan minimizar las malas memorias y rescatar las buenas memorias”. Es poner en valor ese tinte cultural que aportaron los negros y ahora hace parte intrínseca del ADN peruano.

El concierto continúa. Se escucha la música de tambores mezclada con orquestación suave y melodiosa. La voz incomparable de Susana entona las palabras de Chabuca Granda: “En una hora triste quise cantar. Y dentro de mi canto quise gritar. Y dentro de mi grito quise llorar.Pero tan sólo canto para callar. Al lucero le gusta la claridad. Y al agua del arroyo la libertad”.