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Ecología

El potencial de la producción orgánica

Una finca escondida entre las montañas de la cordillera central panameña es ejemplo de la revolución agrícola que se está gestando en un país tradicionalmente orientado a los servicios, y que podría equilibrar, fortalecer e impulsar la plataforma económica del país canalero en el futuro.

Por Gaspar Victoria
Fotos: Carlos Gómez, Javier Pinzón

Siempre se ha ponderado la fortaleza de los servicios en la economía panameña, se sabe que el pequeño país es un coloso latinoamericano que transfiere personas y mercancía a través de su clúster interoceánico. Pero el coloso parece tener pies de barro, ya que los sectores agrícola e industrial se han ido debilitando por falta de innovación tecnológica y estrategia empresarial. Sin embargo, desde hace algunos años, parece surgir una revolución que tiene el potencial de cambiar esto. Las pistas del movimiento hay que buscarlas en fincas como El Jade, perdida entre las montañas de la provincia central de Coclé, y en el creciente aprecio del consumidor por los productos orgánicos.

Si nos dejáramos llevar por los conceptos de la agricultura convencional y con ojo de lego, El Jade tendría que considerarse en barbecho. Localizada en la comunidad de Sabana Larga, al norte de la provincia, no se notan filas ordenadas de cultivos; por el contrario, plantas y árboles se intercalan en aparente desorden, ofreciendo un paisaje exuberante y silvestre. No obstante, es una propiedad muy productiva, que genera interesantes lotes de café y limón persa, principalmente, y que ya tiene una ávida clientela entre la industria alimentaria del país. Al frente de ella está Adolfo Sen, hasta hace poco ejecutivo aeronáutico, que ahora aplica sus habilidades gerenciales para perfeccionar y mercadear su producción, compartiendo su conocimiento y experiencia con sus colegas productores.

“Hace 16 años compré está finca junto con mi hermana, más que todo por correrle el gusto a ella con sus hobbies y emprendimientos”, recuerda Sen. “A mí siempre me había llamado la atención la agricultura orgánica, pero en esa época no había realmente nadie haciendo siembras orgánicas. Me tocó aprender y experimentar. En Panamá no hay suficientes agrónomos, así que, al final, me metí a estudiar agronomía para poder atender yo mismo la finca y comenzar a visionar qué se podía hacer con ella”.

La falta de agrónomos es solo uno de los síntomas de la crisis que padece, desde hace muchos años, el sector agropecuario en Panamá. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censo (INEC) de Panamá, el sector primario de la economía (agricultura, ganadería, caza y silvicultura) emplea al 14,7% de la población económicamente activa del país; a pesar de ello, su participación en el PIB panameño ha ido decayendo sistemáticamente desde 2011, cuando aportaba el 4,6% en dicho rubro, al 0,4%, que aportó en 2015.

Las consecuencias de esta desproporción se sienten con más dureza, por supuesto, en las zonas rurales del país. “Me llamó la atención que debíamos dejar el carro a la vera de la carretera y caminar un trillo de dos kilómetros para llegar a la finca. A los lados vivían las personas en casas de barro. Se trataba de las personas que, luego, fui contratando para que me ayudaran a sacar la finca adelante. Yo había escuchado que en la agricultura se perdía plata, pero no podía creer que estas personas no sembraran, teniendo la necesidad de comer. Me senté con mi hermana y elaboramos un proyecto. Decidimos plantar menos piña y, aplicando técnicas orgánicas, sembrar yuca, plátano y otros productos usuales que se encuentran en la sopa del panameño. Queríamos que la comunidad creciera con nosotros”. Y creció: poco a poco, las casas de barro fueron reemplazadas por casas de bloques y cemento. Los hermanos Sen ayudaron a restaurar la escuela de Sabana Larga y el campo de futbol comunal, entre otras mejoras.

Hoy la finca abarca ochenta hectáreas y suple diversa clientela, sobre todo restaurantes y pequeñas tiendas que están apostando por el consumo creciente de productos orgánicos. Un ejemplo es el Mercadito Biológico, que cumple el doble papel de tienda y restaurante. Raquel Marco, una de las propietarias, nos explica cuáles son las expectativas del negocio. “Nosotros somos una plataforma para productores que desean exponer lo que hacen, ya sea jabón y cosméticos, hasta carnes y vegetales. Tenemos estándares de calidad muy altos y nuestros proveedores deben contar con certificación orgánica, ya que si mostramos productos que no son orgánicos estaríamos dañando el mercado”, puntualiza.

Un mercado pequeño, aunque prometedor. Para poner un ejemplo, en 2015, y según datos del Ministerio de Desarrollo Agropecuario (MIDA) de Panamá, el país destinó cerca de 32.000 hectáreas al cultivo comercial de cuatro frutos principales: naranja, piña, plátano y banano; sin embargo, apenas el 7% de esa superficie fue trabajada utilizando métodos de cultivo orgánicos, de acuerdo con el Instituto para la Investigación en Agricultura Orgánica (FiBL, por sus siglas en alemán), entidad internacional que monitorea el desarrollo de estas tecnologías agrícolas en el mundo. Tan delgada tajada en el pastel quizá pueda explicarse por la percepción de que la agricultura orgánica se practica de un modo casi artesanal entre pequeños productores, mientras los empresarios agrícolas optarían por monocultivos extensos tratados con procesos y agroquímicos habituales.

Pero comienzan a surgir productores que buscan cambiar esa percepción y demostrar que los cultivos orgánicos pueden ser emprendimientos comercialmente atractivos. Sen, por ejemplo, fundó a finales de 2014 Grupo Verde Agroindustrial S.A. (GRUVASA), empresa desde donde ofrece asesoría integral a productores de las provincias centrales de Panamá. GRUVASA puede intervenir en todas las fases del emprendimiento agrícola, desde la evaluación de su viabilidad financiera y técnica hasta la comercialización, pasando por la consecución de capital y la gestión de las propiedades. “Soy algo así como un bróker agrícola”, resume Adolfo, “nuestros campesinos son artistas de la tierra: siembran la semilla con amor, la cuidan con paciencia mientras germina y cosechan el fruto con cuidado, para que no se malogre, pero no son comerciantes y, muchas veces, pierden la ganancia de su trabajo. Nosotros queremos evitar eso”.

GRUVASA concentra su asesoría en emprendimientos orientados a productos orgánicos, guiando a sus clientes de acuerdo con procesos de firmas certificadoras como Biolatina, con sede en Perú. Esto no solo garantiza una producción apegada a los principios orgánicos, sino el acceso a los mercados que demandan este tipo de alimentos. Incluso, trabajadores de El Jade están aplicando las técnicas orgánicas en sus tierras, y algunos calificaron para un programa de cultivo de café robusta promovido por la empresa local Café Durán. José Tamayo es uno de ellos. “Tengo cuatro hijos y a uno de ellos le gusta la tierra, así que me ayuda. Esta es una opción de vida, y más en una finca sin químicos”, explica.

Ricardo Tovar, director de proveeduría de Café Durán, nos explica qué busca la empresa con esta alianza. “Nosotros necesitamos desarrollar la caficultura. Adolfo quiere desarrollar proyectos para ayudar a los productores a salir de la pobreza y vio en el café una oportunidad de hacer buen negocio, sobre todo porque actualmente hay una demanda mayor por café robusta”. Aunque Café Durán se dedica a la compra de café, más que al cultivo, cuenta con un Departamento de Fomento Agrícola para ayudar a los productores a desarrollar sus fincas. “Nuestros campesinos quieren trabajar su tierra. Lo único que hay que hacer es darles un empujoncito para que arranquen”, resalta Tovar. Café Durán fija un precio de compra con el productor que le permite a éste la cobertura de sus costos de operación más una rentabilidad. La empresa mantiene dicho precio, incluso si la cotización comercial del café se fija por debajo de la cifra acordada. Por el contrario, si el grano se valúa por encima de la misma, Durán reconoce la ganancia al productor. “De este modo, incentivamos al productor a invertir en esa finca que tiene en desuso y consolidamos nuestra provisión de café para procesar”, concluye Tovar.

El papel de la agricultura orgánica para redistribuir la riqueza fuera de la región interoceánica también es claro para el estado panameño. Según Eduardo Carles, ministro de Desarrollo Agropecuario, “aunque el 90% de nuestra economía se base en servicios, hay un componente agrícola muy fuerte en el interior del país. La agricultura orgánica está especialmente indicada para que el pequeño productor deje atrás la mal llamada ‘agricultura de subsistencia’ y pase a una agricultura familiar, más diversificada y rentable. Nosotros no queremos crear bolsones de pobreza en las provincias del interior del país y que sus habitantes migren a alguna barriada de Ciudad de Panamá y pasen a ser subsidiados por el gobierno”.

No solo se trataría de atender la demanda interna, alcista y sostenida, que el crecimiento económico del país ha provocado (el pequeño país cuenta con seis hipermercados, doscientos supermercados y 12.000 abarroterías para atender su consumo), sino de utilizar la agricultura orgánica como una de las puntas de lanza para desarrollar las agro-exportaciones del país. “El mercado de productos orgánicos ha crecido mucho en el primer mundo. En Estados Unidos representa un mercado de 12.000 millones de dólares y en Europa su valor es el triple. Al revisar la lista de los principales exportadores orgánicos, República Dominicana y Costa Rica ocupan las posiciones 5 y 6, respectivamente, y son países relativamente parecidos al nuestro, en tamaño, población y economía”, explica Carles.

La oportunidad para el país es enorme. La agricultura en general, y la orgánica en particular, permiten la exportación más rápida de sus productos, logran mejores márgenes de ganancia, amplían el impacto laboral hacia zonas rurales y ayudan a diversificar más productos en menor espacio de sembradío. Por ejemplo, “en República Dominicana, primera economía en crecimiento en Latinoamérica este año, hay mil productores con certificación orgánica para exportar a Estados Unidos. Ellos no tienen el canal, ni los ríos que tenemos acá, pero tienen ingenio y voluntad. ¿Te imaginas dónde estaríamos si combináramos nuestro sector de servicios financieros y logísticos con una agricultura fortalecida?”, se pregunta el ministro panameño. Si la apuesta de Adolfo Sen y de otros agro-empresarios panameños tiene éxito, pronto lo sabremos.