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Reportaje

El mundo según Piero

Si es cierta la definición borgiana según la cual un clásico es algo que nos conmueve y nos hace falta para siempre, Piero de Benedictis es el artífice de una suma de pequeños clásicos. Sus canciones expresan cabalmente nuestra rebeldía, miedos, pasiones, soledad y ansias de comunión. Panorama de las Américas concertó un reencuentro con el icono argentino, cuya actividad continúa siendo fecunda y en 2014 lanzará oficialmente la organización filantrópica América Viva.

Por: Iván Beltrán Castillo
Fotos: Lisa Palomino

 

 

El nacimiento de un viejo

Era un apartamento ubicado en la Buenos Aires clásica, la extrañamente europea, la curiosamente americana; la muy poética y famosa ciudad del tango, los arrabales, los escritores fantásticos, el cine inteligente, las mujeres misteriosas, los sangrientos golpistas, los eternos cafés y los eruditos de las carnes, la metafísica y el vino. Turística y real, mítica y prosaica, gentil y violenta.

La pequeña vivienda tenía todas las características del refugio de un artista cachorro en camino de hacerse conocer por medio de la música, con vecinos tolerantes y benévolos ante los fraseos repetitivos de las guitarras y las tediosas cantinelas de los noveles autores.

Corría el año de 1968 y Piero de Benedictis, joven italo-argentino que incursionaba en el mundo del espectáculo, había hecho una alianza creativa con José Tcherkaski, periodista con inquietudes literarias, filosóficas y existenciales, capaz de encapsular en letras de apariencia sencilla hondos sentimientos sobre la vida cotidiana, el amor, la justicia, el deseo, la política y la historia colectiva de los latinoamericanos.

De allí salieron piezas que se transformarían en compañeras de camino de distintas generaciones: “Tengo la piel cansada de la tarde”, “Juan Boliche”, “Llegando llegaste”, “Caminando por Caracas”, “Tomemos un café”, “De vez en cuando viene bien dormir”, “Soy pan, soy paz, soy más” y ‚Äï¡recuerdo imperecedero¡ una canción dedicada a los contradictorios, dulces, a veces ariscos, amargos o angustiados, en ocasiones mansos, un poco derrotados y a veces vencedores: a los amados, memoriosos y sublimes viejos.

Piero de Benedictis lo recuerda ahora como si hubiese sido ayer, como si viniera de componer aquella canción y aún tuviese la mano tibia y el músculo de la imaginación exhausto. Sabe lo que pasó después de que el tema vio la luz del día. Una horda de ciudadanos de las tres Américas y parte de la Europa latina adoptó el tema como suyo y lo integró a su vida. Mágicamente, cada persona sentía que allí estaba escrita la biografía única y sublime de su progenitor, que las líneas del tema le describían tal y como si lo conocieran. Cantar “Mi viejo” se transformó desde entonces en una ceremonia ritual hispanoamericana repetida en los cumpleaños, las navidades y las más importantes fiestas de comunión y encuentro.

“En realidad no era una canción para mi padre. Sucede que una mañana, con José Tcherkaski nos dimos cuenta de que había una gran necesidad de hacer una canción que funcionara como un homenaje a esos personajes sustanciales de nuestra vida que siempre están ahí, que nos donan sabiduría y tibieza, enseñanzas y experiencia, protección y amparo, pero que lastimosamente, en un momento determinado, empiezan a descender por la pendiente arrastrados por la ventisca del mundo y de los años. Entonces aquella creación fue todo un laboratorio, y no se escribió en un solo día, ni siquiera en dos o tres. Fue toda una temporada, con discusiones, con dudas, con sorpresas.

Cuando yo se la llevé a mi padre, apenas tenía cuarenta y ocho años y distaba mucho de ser una criatura crepuscular. Pensé que su lozanía iba a impedirle sintonizarse con el espíritu de la canción; pero de todas maneras se la canté en una suerte de presentación privada, la prueba de fuego, la entrada en el mundo de la pieza.

Estaba cantándola muy inspirado y cuando levanté los ojos para mirar al hombre, lloraba a mares, de una manera tan honda y sentida que lo único que atiné a hacer fue acompañarlo en el llanto. Fue un instante de comunicación prodigioso e irrepetible.

Después, el hombre reflexionó por unos instantes, se secó las lágrimas, pareció repasar lo escuchado y discutió: ‘¿Cómo que camino lento? La puta que te parió’… Y ya sabemos lo que ocurrió con esta canción. Fue un homenaje, una devolución”.

Y entonces, Piero de Benedictis, sentado en una poltrona de un hotel de Bogotá, más de cincuenta años después, se paseó por sus recuerdos con liviandad, fragmentaria y velozmente, de manera casi anárquica, sin las amarras del tiempo lineal, dejando que los recuerdos entraran y salieran libremente, como pájaros o mariposas.

Tiempos difíciles

“Alguna vez tuve una crisis en la que pensé abandonarlo todo. Fue en los años 70 como el resultado de una serie de circunstancias dramáticas y opresivas. La muerte súbita de mi primer hijo recién nacido, la desaparición del líder Juan Domingo Perón, nutriente y brújula de la vida política argentina, y la persecución que la dictadura militar desató en mi contra, fueron los principales motivos para el transitorio triunfo del desaliento.

Yo pensé en el exilio. Creo que su imagen es una de las más reconfortantes en las horas difíciles, en los días aciagos. Estaba abrumado porque cantaba una cosa y pasaba otra. Nombraba la libertad y arribaban las cadenas, convocaba el amor y advenía el odio; resultaba desalentador. Entonces acaricié la idea de abandonarlo todo, marcharme a una granja a cultivar legumbres y hortalizas en una pequeña huerta, a amistarme con la naturaleza, con la música amada y mis libros. Finalmente no sucedió.

Aquellos fueron también los días de la diáspora. Los militares no me veían con buenos ojos, la amarga noche de los lápices pasaba por sus más cruentas fechas y la muerte era sembrada con una facilidad pasmosa.

Una noche, encontrándome en casa, me telefonearon para avisarme que los feroces servicios de seguridad de la junta militar se encaminaban hacia mi domicilio con el firme propósito de llevarme consigo. Ese sería el final. Pocos de los que entraban en aquellas mazmorras de espanto vivían para contarlo.

Yo hice maletas con gran rapidez y me encaminé al aeropuerto. Tomé un avión en el término de la distancia y ‚Äïpara mi escalofrío‚Äï cuando ya había despegado fue devuelto a tierra. Juré que mi hora había llegado, pero milagrosamente la razón de la devuelta era del todo distinta a la que había imaginado.

Sí… Yo me salvé de una crisis espiritual y de una muerte segura en los cuarteles del terror”.

Una esperanza de vida

“A veces tengo la sensación de que todos los procesos de paz terminan en silencios prolongados y alarmantes”, afirmó recordándose como un muy activo agente de la pacificación en distintas partes de América Latina. “Es como si todas las esperanzas sembradas en el camino, cada vez que vislumbramos la posibilidad de que el tiempo de las metrallas y el fusil llegue a su fin, se vean frustradas y nos devuelvan al tiempo de la espera y la postergación”.

“Sin embargo”, prometió Piero espantando el fantasma del desaliento y la duda, “yo tengo una esperanza no a muerte sino a vida, una suerte de aliento renovado que parece nutrirse de cualquier destello para prolongarse y vivir. Pienso que aunque, aquí y allá, los diálogos y las tentativas se frustran, hay un poder inmenso que las regresa a la existencia con más ímpetu que antes. Sucede lo mismo que con las plantas: cortas aquí y nace allá. Algún poeta dijo que podar una determinada cosa es hacerla crecer en otra parte”.

Los abrazos

Piero saltó ahora al recuerdo, tan hermoso que en ocasiones parece irreal, de los encuentros prolíficos con artistas que le son invaluables, tanto en lo puramente estético como en la esfera, más sutil y definitiva, de la filiación espiritual.

“Instantes únicos, en muchos casos ya irrepetibles debido a la ausencia de quienes fueron los copartícipes. Cómplices, hermanos de sangre, aliados fecundos en la gran empresa de contar y cantar al mundo, de convocar a la belleza, al milagro, a la justicia.

Muchas son las noches y tardes y mediodías rumorosos que acuden al recuerdo, muchos también los nombres que regresan: Mercedes Sosa, Soledad Bravo, León Gieco, Joan Báez… En ocasiones una determinada pieza, al ser interpretada con alguno de ellos, adquiría un contorno y unos significados inéditos, como si hubiese nacido de otra manera. Recuerdo que esta experiencia me ocurrió muchas veces con la negra Sosa. Por ejemplo, una vez en Tucumán, cambiamos la mayor parte de la letra de “Soy pan, soy paz, soy más” para fraternizar con un público delirante que había hecho del tema una pertenencia, un amuleto contra los malos tiempos, un tesoro de la resistencia interior.

Pero hay un recuerdo que, además de maravilloso, tuvo cierta comicidad y fue el que tuve con el gran cantautor norteamericano Bob Dylan. Fue en Nueva York, en el Madison Square Garden. Yo había entrado a uno de sus baños a orinar y cuando me apliqué a la tarea me percaté de que al lado mismo, ejecutando el mismo oficio, se encontraba el monstruo. Tuve ganas de saludarlo con las fórmulas y el estilo requeridos para las ocasiones solemnes.

Cantar con otros es siempre gratificante, como lo es cada espectador, cada persona que te pide un autógrafo, cada voz que sabe tus temas y los corea en un estadio. Recuerdo que cuando estuve en San Vicente del Caguán, en Colombia, durante el principio del despeje, terminé cantando a coro con una monja y una prostituta. Estas cosas no las engendra sino la generosidad del arte”.

Usos de la conciencia

Desde hace unos meses, capturando la atención de decenas de personas de América Latina, puede leerse un llamado fraterno escrito de una manera sencilla pero estimulante: “Ustedes me conocen. Soy un tipo sencillo como mi viejo, como Pedro Nadie, como Juan Boliche. Me gusta ir por la vida tirando buenas ondas, porque la única guerra que merece librarse es la del amor. Por eso les propongo América Viva”.

Se trata del llamado que Piero, frisando casi los setenta años, hace a los latinoamericanos para que se unan en la construcción de una gran organización humanística dedicada a compilar la información grave e imperiosa de cómo están nuestros países en cuanto a educación, cultura, medio ambiente, civilidad, costumbres y recursos humanos.

“Será una nueva oportunidad para fomentar el camino de la utopía”. Luego se queda pensando y exclama: “A mí lo que siempre me interesó fue convocar a los hombres para que usen la conciencia, para que sientan su voz penetrante, para que no la amarren ni la dejen dormirse… ¡Y hasta el último día mi felicidad será joder y perturbar a aquellos que parecen no tenerla!”.

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